30
Abr

Un poco de chocolate

Y si no tenemos plan, lo inventamos… Anoche, bonitos momentos y sonoras carcajadas, con las croquetas de Casa Julio y las idas de olla de los compañeros de Sexpeare en el teatro Alfil, respectivamente… Ahora por delante unos días de asueto y estudio.

¿Y al regresar? Madrid puede resultar abrumadoramente gris, insensible y rutinaria si uno no se marca pequeñas aventuras. Como a estas alturas de lo académico, uno se resigna a las grandes epopeyas, solo queda abandonarse a las pequeñas alegrías.

Y una de ellas, sospecho, va a ser encerrarme en una sala de cine para ver la opera prima del ondarrutarra Aitzol Aramaio, “Un poco de chocolate“. Basada en el libro de Unai Elorriaga “SPrako tranbia” (de lo mejor que se ha escrito en euskera en los últimos años, sin duda) y con la interpretación de pesos pesados de la pantalla como Hector Alterio, Julieta Serrano, Ramon Barea… el resultado solo puede un bombón cinematográfico. Cuenta, además, con las figuras emergentes Daniel Bruhl (Salvador) y la bellísima donostiarra Bárbara Goenaga.

Lucas y María son dos hermanos ancianos, Marcos un okupa frustrado y Roma una joven enfermera, pintora de vocación. Si alguien quiere disfrutar la historia ahora mismo, que corra a comprar SPrako tranbia (Desconozco el título de la traducción al castellano, creo recordar que lo tradujeron como “Un tranvía en SP”. Si sois capaces de esperar, pasado mañana se estrena en toda España. Muy recomendable. Yo trataré de embaucar a alguna princesa que ande perdida en la ciudad; si no lo consigo, iré solo. Os dejo un teaser.

28
Abr

When you dig my grave…

Y ahora, ¿qué?

23
Abr

Nosotros nacimos de la noche, en ella vivimos…

23
Abr

Aprovechando el descuido

Ahora que se acaba de marchar, que el café despierta los sentidos y con la prisa oportuna por si decidiera regresar, declaro:

El silencio no es ni mejor ni peor que el ruido, ni tan siquiera resulta más facil. La inercia tiende a empujarnos hacia torrentes de palabras, conversaciones vacías, excusas no pretendidas y pretextos que más tarde, revisados en la distancia, resultan inevitablemente ridículos. Si me he callado, si sigo callado, si no vuelvo a hablar, es porque he llegado a la conclusión -triste quizás, abrumadora sin duda- de que no tengo nada que decir.

Estos últimos meses han sido meses extraños. Hubo un día fatal, indeterminado, a lo largo del otoño en que se cruzó esa piedra que nos hace humanos: la piedra sobre la que uno tropieza una y otra vez.

La vida desde que abandoné el norte hace ya unos cuantos años, viniendo a Madrid en busca de no-sé-qué, parece estar siendo un viaje contínuo. De la capital a la costa, de la costa a la capital, sin una meta concreta y dejandome llevar por los caprichos de un calendario que no se ajusta, desde luego, al calendario que mi cuerpo lleva de serie. Uno se plantea los años de estudio como algo temporal. El después queda muy lejos. Al fin y al cabo, siempre queda el hogar, se dice. Pero pasan los años, las asignatura van siendo incorporadas -con mayor o menor gloria- al expediente académico, y entonces viene el “y ahora qué”.

Pues resulta que estaba yo empezando a intuir esos conflictos existenciales, cuando me pilló el final de verano. Dije hasta luego al trabajo, la familia, los amigos. Dije hasta luego a la sonrisa, la complicidad femenina y la paciencia de quien supo aguantarme amaneciendo, trabajando y anocheciendo, quien exprimió al verano los mejores momentos y me los regaló, sin pedir nada a cambio. Unos días disfrutando de las noches veraniegas de principios de octubre de Madrid, un abrazo en el intercambiador de Avenida América y hasta luego. Siempre digo hasta luego, que solo es una manera educada de decir adiós.

Entre cervezas, patatas bravas, noches de jolgorio, resacas académicas y alguna que otra pequeña locura, el curso avanzó. Los amigos, cada vez más amigos. La educación, cada vez menos educativa. El amor, cada vez menos amable.

Hasta un encuentro mañanero en un pasillo, hasta una asignatura elegida en mal momento. Ahí de repente todo se va al garete. La estabilidad del no pensar más a largo plazo que este fin de semana, de las confidencias poco rigurosas con los amigotes. Y es que, así sin pretenderlo ni desearlo, me enamoré. Entiendase, mi estado natural es el enamoramiento. Diariamente confieso mi devoción por alguna musa. No tengo miedo a enamorarme ni lo evito, más bien lo busco. El problema es que, jugando a enamorarme, terminé enamorandome a diario.

Y enamorarse todos los días es algo precioso, pero yo me enamoré -sospecho que sigo haciendolo- mañana tras mañana de la misma mujer.

Así que un buen -mal día- digo “vamos a hacer balance” y miro hacia atrás. Ves que la costa ya quedó lejos y que el mar en el que temerariamente te has adentrado no es navegable. Hay tormenta, corrientes confusas, calmas ecuatoriales, vientos alíseos, olas, pero ya no se puede volver hacia atrás. He soltado amarras, para bien o para mal. Y me entra el miedo, pero ¿qué hacer?

Así que en esas andamos, navegando sin rumbo. Ya he abandonado el sueño de alcanzar la otra orilla, pero quien sabe, lo mismo en medio de la tormenta aparece alguna islilla y permite clemencia por un tiempo, hasta hacer acopio de víveres y poder seguir huyendo, siempre huyendo, siempre hacia adelante, cada vez más lejos, cada vez más perdido, cada vez más solo, más hueco, más confuso, más, más, más, más… hasta que al final ya no queda nada, porque la inercia te lleva a olvidar que estas luchando, y por descuido, te rindes.

Y entonces, cuando el tiempo haya terminado de ganarnos esta batalla que le estamos permitiendo conquistar a pesar de poder pararla facilmente, (¿por qué coño le estamos regalando minutos preciosos, voluntades ocultas?) seremos solo una ilusión pasada, un recuerdo vago y dulce, una melancolía que se cura con lágrimas o chocolate o mar, seremos solo el sueño de una noche de verano.

Y si me estoy equivocando y siempre fue un sueño, entonces, permiteme decirte: yo no quiero despertar.

22
Abr

Una ventana cualquiera

Al regresar a casa de este exilio madrileño, cuando me despierto y tras los remoloneos de trámite -cuya duración es muy variable, pero gira en torno a los 20 minutos-, al levantar la persiana, esto es lo que se ve desde la ventana de nuestro cuarto:

Una loma con corderitos y caser�os al fondo

En Nochevieja, regresando a dormir, de lejos escuché un tintineo extraño, y al acercarme más, me di cuenta que eran los cencerros de las ovejas, en la loma de la parte trasera de casa. Si alguien quiere, le explico de qué va eso de la calidad de vida.

19
Abr

Itxaropena

(Astiro-astiro bueltako bidean… itxaropena galdu barik)

25
mar

Kantauri itsasoa…

Perdón, pero ando (mal)interpretando ambigüedades de esas que llegan cuando uno lee, cuando es tarde, cuando…

Últimamente me sobran las palabras, porque como dijo aquel (y si alguien no sabe quien era aquel, que no me lo pregunte porque yo tampoco sé) “Mi, no entender”. Así que me resigno a las imagenes. Al menos sé (o creo) que lo que me entra por los ojos, a diferencia de lo que llega por los oidos, no me jugará malas pasadas…  Aquí, el mar. Nuestro mar.

Mar cantábrico un dÃa de tormenta
24
mar

Donosti

Una niña en la orilla, en la playa
18
mar

Soy un soldado (make love, not war)

Soy un soldado, y como tal, nunca obedeceré a mi oficial. Lucharé contra nuestras fronteras, odiaré mi fusil.

Monumento al soldado soviético de VienaDefenderé el manifiesto colorista y me declararé hombre caleidoscópico, objetor de todo lo gris. Venderé nuestros tanques al peor postor, y con las divisas, organizaremos misiones secretas al salón de casa para encender la chimenea y desde la atalaya, observar el mar y el mundo que queda más allá.

Y si una vez realizados todos los preparativos, los jefes deciden declarar la guerra, juro solemnemente que daré media vuelta y escaparé lejos, al cielo si es preciso, para no hacer dicha guerra.

18
mar

Historias europeas (I): Paraguas de colores

Dos chicas japonesas se protegen de la lluvia bajo sendos paraguas

- Mira aquel fotógrafo con barba, ¡nos está tomando una foto!

- Ay, qué dices…

- Sí, sí, haz como si estuvieses mirando hacia allí.

- Pero si allí no hay nada, la catedral queda detrás…

- ¡Da igual, el izquierdo es mi perfil bueno!

¡Click! Y quedaron para la historia.

Aclaración: Esta conversación me la confesaron el mismo día, tras unos primeros sorbos, demostrando que ciertas actitudes superan fronteras (y que en efecto, la tolerencias de l@s japoneses al alcohol es mucho menor)




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