Ahora que se acaba de marchar, que el café despierta los sentidos y con la prisa oportuna por si decidiera regresar, declaro:
El silencio no es ni mejor ni peor que el ruido, ni tan siquiera resulta más facil. La inercia tiende a empujarnos hacia torrentes de palabras, conversaciones vacÃas, excusas no pretendidas y pretextos que más tarde, revisados en la distancia, resultan inevitablemente ridÃculos. Si me he callado, si sigo callado, si no vuelvo a hablar, es porque he llegado a la conclusión -triste quizás, abrumadora sin duda- de que no tengo nada que decir.
Estos últimos meses han sido meses extraños. Hubo un dÃa fatal, indeterminado, a lo largo del otoño en que se cruzó esa piedra que nos hace humanos: la piedra sobre la que uno tropieza una y otra vez.
La vida desde que abandoné el norte hace ya unos cuantos años, viniendo a Madrid en busca de no-sé-qué, parece estar siendo un viaje contÃnuo. De la capital a la costa, de la costa a la capital, sin una meta concreta y dejandome llevar por los caprichos de un calendario que no se ajusta, desde luego, al calendario que mi cuerpo lleva de serie. Uno se plantea los años de estudio como algo temporal. El después queda muy lejos. Al fin y al cabo, siempre queda el hogar, se dice. Pero pasan los años, las asignatura van siendo incorporadas -con mayor o menor gloria- al expediente académico, y entonces viene el “y ahora qué”.
Pues resulta que estaba yo empezando a intuir esos conflictos existenciales, cuando me pilló el final de verano. Dije hasta luego al trabajo, la familia, los amigos. Dije hasta luego a la sonrisa, la complicidad femenina y la paciencia de quien supo aguantarme amaneciendo, trabajando y anocheciendo, quien exprimió al verano los mejores momentos y me los regaló, sin pedir nada a cambio. Unos dÃas disfrutando de las noches veraniegas de principios de octubre de Madrid, un abrazo en el intercambiador de Avenida América y hasta luego. Siempre digo hasta luego, que solo es una manera educada de decir adiós.
Entre cervezas, patatas bravas, noches de jolgorio, resacas académicas y alguna que otra pequeña locura, el curso avanzó. Los amigos, cada vez más amigos. La educación, cada vez menos educativa. El amor, cada vez menos amable.
Hasta un encuentro mañanero en un pasillo, hasta una asignatura elegida en mal momento. Ahà de repente todo se va al garete. La estabilidad del no pensar más a largo plazo que este fin de semana, de las confidencias poco rigurosas con los amigotes. Y es que, asà sin pretenderlo ni desearlo, me enamoré. Entiendase, mi estado natural es el enamoramiento. Diariamente confieso mi devoción por alguna musa. No tengo miedo a enamorarme ni lo evito, más bien lo busco. El problema es que, jugando a enamorarme, terminé enamorandome a diario.
Y enamorarse todos los dÃas es algo precioso, pero yo me enamoré -sospecho que sigo haciendolo- mañana tras mañana de la misma mujer.
Asà que un buen -mal dÃa- digo “vamos a hacer balance” y miro hacia atrás. Ves que la costa ya quedó lejos y que el mar en el que temerariamente te has adentrado no es navegable. Hay tormenta, corrientes confusas, calmas ecuatoriales, vientos alÃseos, olas, pero ya no se puede volver hacia atrás. He soltado amarras, para bien o para mal. Y me entra el miedo, pero ¿qué hacer?
Asà que en esas andamos, navegando sin rumbo. Ya he abandonado el sueño de alcanzar la otra orilla, pero quien sabe, lo mismo en medio de la tormenta aparece alguna islilla y permite clemencia por un tiempo, hasta hacer acopio de vÃveres y poder seguir huyendo, siempre huyendo, siempre hacia adelante, cada vez más lejos, cada vez más perdido, cada vez más solo, más hueco, más confuso, más, más, más, más… hasta que al final ya no queda nada, porque la inercia te lleva a olvidar que estas luchando, y por descuido, te rindes.
Y entonces, cuando el tiempo haya terminado de ganarnos esta batalla que le estamos permitiendo conquistar a pesar de poder pararla facilmente, (¿por qué coño le estamos regalando minutos preciosos, voluntades ocultas?) seremos solo una ilusión pasada, un recuerdo vago y dulce, una melancolÃa que se cura con lágrimas o chocolate o mar, seremos solo el sueño de una noche de verano.
Y si me estoy equivocando y siempre fue un sueño, entonces, permiteme decirte: yo no quiero despertar.
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