Hace seis meses pensaba que por estas fechas estaría en Monterrey, estudiando por las mañanas en una prestigiosa facultad y brindando con tequila por las tardes. Ocioso y muy lejs de Madrid.
Escribo estas líneas desde una buhardilla de Getafe. Por las tardes, voy a la redacción de la agencia Reuters a juntar letras.
Es curioso como un día te la juegas a todo o nada, y partir de ahí te dejas llevar por la inercia, y tu vida toma un rumbo que nunca hubieras podido predecir, y un día, echando la vista atrás, te das cuenta de que no tomaste ninguna decisión, de que todo era asombrosamente inevitable y de que en realidad “solamente” te has dejado llevar.
En este tiempo sin escribir, en este periodo de aislamiento expresivo, he incumplido alguna promesa. Por ejemplo, prometí que contaría la fiesta de los demócratas en el Círculo de Bellas Artes en la noche que Barack Obama fue elegido presidente de los EE.UU., y no cumplí. Tampoco es tan grave: son letras.
Pero he cumplido una promesa que me había hecho a mí mismo y que aquella noche del 4 de noviembre, mientras veía todo Madrid a mis pies desde la azotea del CBA, rubriqué en un sms que fue enviado a altas horas de la madrugada: que no me iba a rendir. Que por muchos disgustos, lágrimas, decepciones que pudiera suponer la decisión, no iba a renunciar a mis sentimientos o a levantar la bandera blanca por comodidad y para secar las lágrimas.
Por que siempre lo tuve claro, desde un primer día, desde una primera conversación en la que mis manos jugueteaban con las cuentas de colores de un precios collar: nosotros podíamos.
Pudimos, pudimos.

Y dejé de escribir en este blog porque durante aquella batalla, durante aquellos días grises de otoño, un día descubrí, como una sonora bofetada en plena cara, que las líneas que escribía aquí, a veces taquigrafía distorsionada de mis sentimientos y en ocasiones pura narrativa infantil, eran confundidas con un registro realista de mi vida.
Me acojoné, y me retiré a las páginas sepia de una moleskine de tapa dura, una de esas que nadie que te respete lo más mínimo se atrevería a abrir para cotillear.
Pero ya es primavera, las lilas de la universidad están en flor, Madrid está llena devacas que pacen tranquilas dejandose fotografiar por los turistas, yo me remango los vaqueros en cuanto salgo de la uni y meterse al agua en la piscina es una sensación dulce.
Tengo un mapa de Lavapies que iré llenando de chinchetas de colores.
A veces siento un escalofrío en el estómago cuando vibra el móvil.
Así que, por qué no: es un buen momento para volver a escribir.
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