Archivos para Mayo 2006

06
May
06

Udabarriko kontuak

(Nota del autor): La versión original de esta entrada está escrita en euskera. Traducir esta narracion supondría pedir a un borracho que mienta premeditadamente para que en Venecia los fabricantes de máscaras se lancen a la huelga en Carnaval.

Una posibilidad factible sería, por ejemplo, aprender nuestro idioma, risueño y susurrante, que como todos, encierra pequeñas perlas en cada estantería.

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Hanpatuta dabiltza gazteak. Ator barriak, kolore bizietakoak, eta denbora luzean -gomina hatzamarretan- orraztutako uleak. Alkohol usaina irribarren erpinetatik at darie, goiz da ondino, garagardo parea, izkinako botigan erositako vodka merkerik apika.

Fiesta FAM

Mailadiak irentsi egiten dauz, jantokian barna eroanez. Badoaz. Argi laranjak begien kontra leher, musika bihotzeraino, hanketara, ahora. Erritmoa hartu, bam, bam,bam, bam, badoaz.

* * *

Neska lirain bati eskatzen deutso ron-kola. “Tio no mezcles, que es malo” lagunak, barreka. Pi pi pi titititiri, pipipi pipi titititiri…. Neskak botilan lotzen dau begirada – “sabes que, que no ha sido capaz de mirarte a los ojos, así que algo…”- eta Coca Colaz blai eginda isiltzen dabez biok izerdi nahiak. Beti errepikatzen dabe jolas bardina, umeak dira, gara, no problem. Tuturu tu tutu tututururu…

* * *

Goizaldean, badoa, eskaileretan gora, jantokiak botaka egiten dau, gazteak logeletara, egunsentia bakardean, biluzik ikusi nahi dau kristalezko bitxoak. Ganbarara sartu eta ohearen parean daukan egutegian, maiatzeko lehen egunak ilunduta dagoz. Azaroa, txoriena litzatekean jolas honi hasiera emondako garaia, zakarrean itotako egutegian dago. Beste egutegi baten: argazki ezberdinak, esperantzaren partez oroitzapenak.

Urrunean entzuten dan musikaren -tiritiriii- azken hasperenaz, etzundu egiten da. Akaso, azkenean, hainbeste joatearren, ez da helduko.

05
May
06

Turistas en Bosnia

“Estamos muy contentos con ellos. No molestan, dan sus paseos, y gastan mucho dinero, como cualquier turista”. Lo dice en alemán elemental, aprendido durante los tres años que trabajó en una cadena de manufacturas en Stuttgart y gastado con el paso del tiempo.

La señora utiliza su gran sonrisa plástica, idéntica para todos los clientes de la pensión, como punto y seguido en la conversación. “Además, a veces vienen sus mujeres. Suelen dormir aquí, donde estais vosotros.” Sonríe, señalando con el brazo derecho al piso sobre nuestras cabezas. Regenta una pensión que ocupa las 2ª y 3ª plantas de un edificio totalmente reconstruido tras la guerra. La 1ª planta es la vivienda familiar, donde viven ella y su marido, venidos de pueblos cercanos a Mostar hace varias decadas. En el salón, decorado con varias virgenes de porcelana y plástico y tapetes de todo tipo, hay una gran televisión panorámica, al estilo de los bares donde se reunen hinchas de equipos futbolísticos a ver los partidos de pago. De fondo, sin volumen, una telenovela sudamericana, con subtítulos en bosnio.

Sarajevo

“Lo vereis los próximos días. Ahora no hay muchos, pero les vereis paseando por la ciudad, seguro”. Preguntamos cúantos soldados quedan. Los tres compañeros que estabamos viajando teníamos en mente cifras parecidas, a juzgar por nuestras miradas incrédulas al escuchar la respuesta. “Ya os dije que pocos, unos 2.000”. Dos mil soldados extranjeros en una ciudad con cuerpo de policia propio, efectivos del ejército nacional y que no llega a los 100.000 habitantes.

Durante la guerra, la UNPROFOR, fuerza de paz de las Naciones Unidas que inicialmente estaba destinada a Croacia, amplió su campo de actuación a Bosnia – Herzegovina. Más tarde, una vez firmados los acuerdos de Dayton en noviembre del 1995, la OTAn tomó el relevo, y en el 2004, siguiendo el calendario establecido, la Unión Europea desplegó sus tropas en sustitución de las de la organización atlántica.

El primer día, las banderitas pintadas en la matrícula del todoterreno, las hombreras de las camisas, son lo único que nos permite diferenciar si estamos junto a personas francesas, alemanas, italianas o españolas. Pero la vista se va acostumbrando. Los alemanes son los más parcos, apenas los distingue nada. Las tropas españolas llevan banderitas españolas ondeando en algún rincón de la carrocería, y conducen algo más rápido, confiados. A los italianos es facil distinguirlos: todoterrenos azules de techo blanco, siempre en formación de varios vehículos, furgonetas con dos o tres ocupantes. El macabro juego paisajístico se asimila en dos días y aburre al cuarto; es comprensible la indiferencia tras quince años de presencia.

Aún así, nos fuimos de Mostar sin ver soldados turistas. Los pocos que vimos parar en la ciudad -las bases están a 10 km.- caminaban relajados, pagaban al hombre que vigilaba el aparcamiento. Pero no eran turistas. El uniforme, las botas, el contínuo movimiento, marcan una barrera infranqueable.

Dos días más tarde, en Sarajevo, un autobús blanco con la bandera de la Unión Europea paraba frente a la Biblioteca Nacional, corazón del Stari Grad, parte antigua de la ciudad. De él salian, risueños y despreocupados, unos cuarenta hombres con una pequeña bandera alemana en el hombro izquierdo. Muchos, la mayoría, corren a la primera terraza y piden una Ozjusko, la cerveza croata. Bromean y fuman. Tres soldados algo mayores, oficiales de rango mayor -los delatan sus gorras- pasean junto al río. Se paran en el primer puente, buscan la posición adecuada. Apuntan, y disparan.

Salta el flash, la cámara debe estar estropeada. Ninguno va armado.

05
May
06

Croacia, la perla en peligro

Lo único que advierte al viajero de que ha abandonado Italia y está en Eslovenia son los puestos fronterizos y los bosques, que al este de la frontera aún no han sido sacrificados en nombre del progreso. Los tonos amarillentos de las casas, las estaciones, el sol, dan paso a un sin fín de tonalidades marrones y verde pálido, tanteadas por pequeñas balsas de hielo que agonizan con la llegada de abril. Pero nada más. Las mismas ventanas, los mismos autobuses, alguna señal de tráfico nueva. Idem en Croacia. Incluso el mar, que marca con su carácter la identidad de infinitos pueblos, es idéntico a uno y otro lado de la frontera.

Lo único que diferencia a Croacia de Eslovenia es que Croacia no ha entrado aún en la Unión Europea, mientras que la segunda si lo ha hecho. A pesar del sentimiento nacionalista imperante en Croacia, con sus héroes nacionales de nueva impronta, símbolos varios y rivalidades vecinas, la juventud croata y las personas de formación más ámplia reconocen que han de tratarse de tú a tú con sus vecinos, hermanos en mil batallas y penurias. Es la única manera de mirar al pasado en perspectiva y dejar que la herida cicatrice. Cualquier otra aproximación a la memoria es suicida, solo busca el placer de arrancarse una y otra vez las pequeñas costras para sentir infinitamente escozor en la piel.

Felix en Dubrovnik

Aún así, Croacia recela de entrar en la Unión Europea. A pesar de el convencimiento de sus líderes políticos, a nivel de calle la opinión es extremadamente cautelosa cuando no negativa, y ven Europa como el contexto en que dejaran de poseer lo propio y perderán el control que tantos muertos les costó. Existe de hecho la convicción de que Ante Gotovina -oficial croata buscado durante largo tiempo por el Tribunal Internacional y arrestado hace pocos meses en Tenerife- es la moneda de cambio que la UE utilizará para forzar a Croacia a entrar en el juego. En Dubrovnik todas las pintadas idolatran, sistemáticamente, a dos “astros” nacionales: Torcida, equipo de futbol local, y Ante Gotovina. La sed de ídolos en una constante en los pueblos que buscan reafirmarse como tales.

Al margen de los efectos económicos que pudiera tener la integración de Croacia en la Unión, la preocupación por su impacto es constante. Croacia, paraiso del Adriatico, costa de mil islas y refugio de pueblos colgando hacia el mar, teme la llegada masiva de altas chimeneas, autovias en cada esquina, camiones de mercancias y todo lo que un gran tejido industrial conllevaría. Con un sueldo medio inferior a la media europea -unos 600 euros mensuales- son conscientes de que en un mercado abierto serían plato preferido de empresarios ávidos de mano de obra barata. Y los croatas, que habían depositado su esperanza en la baza del turismo, en un desarrollo paulatino, se sienten agobiados por el torbellino que les acecha.

Su opinión se balancea en dos planos: el amor por la tierra que pisan quiere seguir viendo verdes pinos cayendo hasta el mar, rincones inespugnables… el encanto de lo original en definitiva, pero la lógica matemática despierta un sentimiento avaricioso: poder comprar sin preocupación esas galletas tan sabrosas, aquella parcela junto al mirador, un nuevo coche… Cierran los ojos e imaginan la costa llena de urbanizaciones en las colinas, fábricas en el interior, turismo facil llegando cada Semana Santa… y eso les horroriza, como les horroriza que sus problemas los discuta en Bruselas un burócrata nacido en Hamburgo. Pero luego abren los ojos y sienten el peso de los bolsillos vacios, y ya no saben si abrir o cerrar los ojos, y ni para suspirar tienen fuerza.




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