Archivos para Septiembre 2006

03
Sep
06

El paseo (Marc Chagall)

“No sé, a mí me parece muy simple: verde, azul, rojo, blanco, negro y fucsia, bloques bien definidos, y ya está. Cuestión de destreza, quizás práctica”. “No, no, te equivocas. Dejame explicartelo. Esas ramas, son azules como los dibujos animados,como un caballo de Kandynski. Azul niño. ¿Y ves el paisaje? Es el verde de los abetos del norte, pero elastizado en la paleta. Es verde chicle, pero tambien verde de ramilletes de menta dejados a secar. El cielo está manchado, como todo lo grandioso. ¿Y el mantel? El mantel es un espejo que alguien rompió, y se ha quedado salpicado de rojo rabia. La iglesia es rosa místico, como las flores que quieren ser blancas y no pueden. Ella lleva un traje púrpura y mejillas espolvoreadas con melocotones livianos, y el traje del chico está tan ausente como su carácter… ¿Lo ves ahora?”

 

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“Pero…” “Y además, fijate en las formas. La mirada se te escapa inevitablemente a una sonrisa hipócrita, a sus vértices, siempre más forzados que los de la sinceridad. Un brazo tobogán se desliza hasta las curvas femeninas que flotan, una bandera que ondea con elegancia, voluptuosidad. Las casas, la catedral, el paisaje, son retazos del plano en que se basaron, representaciones imperfectas del orden. La culpa es de las manos que las pintaron, que intentando cuadrar el círculo, quedaron cerca de la meta. Como mucho, la catedral, empinada hacia el cielo, parece albergar alguna pretensión en el horizonte de ladrillo cuadriculado.” “No olvides el mantel…” “No, claro. Es… es un caleidoscopio destripado, papilla de prismas coloreados. Y te devuelve a las formas del chaval, formas de nadador, acróbata, o quizás bailarín”.

“Bien, pero ahora dejame a mí”. La chica se queda sorprendida, acaba de caer en la cuenta de su monólogo. “Texturas”. Y señala a las hojas del arbol: “Las hojas del arbol son pequeños trazos lisos, pinceladas casuales enhebradas por un hilo tosco. El pueblo por su parte es una maqueta de madera, se pueden investigar sus recovecos hurgando con todos los dedos en cada rincón regalado al espacio por el artesano. La catedral se escapa, sin embargo. Parece de celulosa, o seda, pero algo elaborado, esponjoso, masticado, sin duda. La pareja parece lo único natural… Ellos son carne, eso es innegable. Él, venido a menos por culpa del terciolpelo deslavado, un poco como el pajarraco que sostiene, el del vientre de algodón compactado. Ella es algo completamente diferente, una muñeca de escaparate, retazos de lino y porcelana.”

El estudiante sonríe, para rubricar su breve poema. Es una mezcla de sueño y humildad, una sonrisa de las que solo nacen cuando el primer café del día aún está por llegar o se está escribiendo demasiado tarde por la noche. Ella le regala un pequeño beso, y en silencio ven el resto de la exposición.

 

03
Sep
06

Un pie, mi pie

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03
Sep
06

El sombrero remendado

Esto es como un juego de magia: meto una moneda en el sombrero, saco dos, y todo el auditorio aplaude con la boca abierta, ensimismado en el brillo del metal. Lo que no alcanzan a comprender es que si yo supiese duplicar por arte de magia monedas de oro, no tendría el mismo viejo sombrero remendado que hace quince años, ni iría de pueblo en pueblo con las dos monedas.

Trabajaría como mucho, y por amor al arte, los sábados. Pero ya no haría trucos de cartas.

03
Sep
06

The Big Mundaka

Increible, pero cierto: 18 de febrero en Mundaka (Vizcaya). Las imagenes están grabadas desde la playa de Laida y el pueblo de Mundaka. Uno de los mejores momentos del año.

02
Sep
06

Buscando un chimpancé que apacigüe mi vanidad

 

 

“Deja de mirarme así, no soy un simple dibujo de curvas planas”, dijo el perro
urbanita.

“Callate, habitación oscura. Que eres una habitación. Una habitación con poca luz y
esquinas definidas.” respondió la bella pintora que lo había trazado.

El perro urbanita, en un inexplicale ataque de ruralidad, se echó a llorar. Entre sollozo
y carcajada, tras eruptar algún sol, respondió, defendiendose. “¿Te crees inteligente
verdad? Cualquier día saldré de aquí y untaré tu presunción en el frasquito de
ignorancia concentrada que te reservo.” Tomó aire, se apoyó sobre sus planas patas
delanteras, pintadas de verde venido a negro, saltó, gano una dimensión, y volando,
desde arriba, continuó:

“¿Qué creías? Yo te tenía el respesto de la criatura a su autor, pero has superado los
límites de la insolencia, o de la solemnidad.” Tras pensarlo durante medio segundo,
mirando a las estrellas que apuntalaban las grietas de aquella vieja construcción de
algodón, se explicó: “En realidad, no sé cual de las dos es peor. Creo que deberías
terminar con ambas. Lo mejor que puedes hacer, sin duda, es dibujarte en un papel
arrugado, con ese lapiz raquítico de color blanco, y después de marcar con saña un
gran punto, de esos que no dan pie a ninguna duda sobre su carácter, hacer una bola
con la hoja, tirarla, y luego, de un gran salto, lanzarte hacia arriba hasta chocar con
tus sueños, esos con forma de boa maquillada y chimpancé risueño que te hacen tan
feliz por las noches, si es que puede llamarse felicidad a aliviar la desdicha, claro.” La
ira había dejado paso a un tono de lástima. ”Sí, sí, eso es lo que debes hacer, ya que
pareces tan poco capaz de excavar lo mínimo”.

La artista quería responder a su creación, pero ésta hablaba con tanta rapidez que era
imposible encontrar ningún resquicio por donde colar el sonido. “Y sí. Me he
introducido en tus sueños. No había ningún cerrojo que lo impidiera. Por eso estoy tan
pálido”. Aquel era sin duda el motivo de su repentino enfado, incubado durante
demasiadas noches sin iluminación.

Y así, resignada ante la abrumante realidad que retrataba su propia creación, la gran
artista, sensible a la desgracia comunal que la estrangulaba como al resto de piezas
del mecano que está olvidado en un vertedero cualquiera de la galaxia sideral, pintó
su propio retrato, ya sin ganas, marcó un gran punto, punto y final sin duda, y se
lanzó con un inmenso salto hacia el cielo, esperando chocar pronto contra cualquier
chimpancé que hiciera olvidar a su desagradecida creación, la única a la que en
secreto había amado durante tanto tiempo.

 




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