“No sé, a mí me parece muy simple: verde, azul, rojo, blanco, negro y fucsia, bloques bien definidos, y ya está. Cuestión de destreza, quizás práctica”. “No, no, te equivocas. Dejame explicartelo. Esas ramas, son azules como los dibujos animados,como un caballo de Kandynski. Azul niño. ¿Y ves el paisaje? Es el verde de los abetos del norte, pero elastizado en la paleta. Es verde chicle, pero tambien verde de ramilletes de menta dejados a secar. El cielo está manchado, como todo lo grandioso. ¿Y el mantel? El mantel es un espejo que alguien rompió, y se ha quedado salpicado de rojo rabia. La iglesia es rosa místico, como las flores que quieren ser blancas y no pueden. Ella lleva un traje púrpura y mejillas espolvoreadas con melocotones livianos, y el traje del chico está tan ausente como su carácter… ¿Lo ves ahora?”

“Pero…” “Y además, fijate en las formas. La mirada se te escapa inevitablemente a una sonrisa hipócrita, a sus vértices, siempre más forzados que los de la sinceridad. Un brazo tobogán se desliza hasta las curvas femeninas que flotan, una bandera que ondea con elegancia, voluptuosidad. Las casas, la catedral, el paisaje, son retazos del plano en que se basaron, representaciones imperfectas del orden. La culpa es de las manos que las pintaron, que intentando cuadrar el círculo, quedaron cerca de la meta. Como mucho, la catedral, empinada hacia el cielo, parece albergar alguna pretensión en el horizonte de ladrillo cuadriculado.” “No olvides el mantel…” “No, claro. Es… es un caleidoscopio destripado, papilla de prismas coloreados. Y te devuelve a las formas del chaval, formas de nadador, acróbata, o quizás bailarín”.
“Bien, pero ahora dejame a mí”. La chica se queda sorprendida, acaba de caer en la cuenta de su monólogo. “Texturas”. Y señala a las hojas del arbol: “Las hojas del arbol son pequeños trazos lisos, pinceladas casuales enhebradas por un hilo tosco. El pueblo por su parte es una maqueta de madera, se pueden investigar sus recovecos hurgando con todos los dedos en cada rincón regalado al espacio por el artesano. La catedral se escapa, sin embargo. Parece de celulosa, o seda, pero algo elaborado, esponjoso, masticado, sin duda. La pareja parece lo único natural… Ellos son carne, eso es innegable. Él, venido a menos por culpa del terciolpelo deslavado, un poco como el pajarraco que sostiene, el del vientre de algodón compactado. Ella es algo completamente diferente, una muñeca de escaparate, retazos de lino y porcelana.”
El estudiante sonríe, para rubricar su breve poema. Es una mezcla de sueño y humildad, una sonrisa de las que solo nacen cuando el primer café del día aún está por llegar o se está escribiendo demasiado tarde por la noche. Ella le regala un pequeño beso, y en silencio ven el resto de la exposición.





Comentarios recientes