Esta mañana he tenido que acercarme a Bilbao por cuestiones de trabajo. El cuarto de hora en los autobuses de Bizkaibus es una buena ocasión para reconciliarme con mi hogar y ver si algo ha cambiado desde la última vez: nuevas edificaciones, el color del óxido en las verjas del mercado, las gasolineras, la carcel, los hayedos y el color de los omnipresentes pinos.
Hoy sin embargo solo he podido fijarme en un detalle que me ha obsesionado y turbado, y que está relacionado con una noticia reciente que ha suscitado un importante debate: la muerte de Inmaculada Echevarria. La cristalera del autobús estaba mojada por la humedad, y una avispa se había quedado atrapada contra el mismo cristal, porque las alas se le habían pegado con el agua. Agitaba sus patas frenéticamente. Cuando me he fijado que estaba ahí, precisamente delante de mí, acababamos de salir de Amorebieta. Al descender junto a la estación de Abando seguía luchando contra la muerte.
¿Tenía que intentar separarla del cristal? Estaba sufriendo. Me descojono de aquellos que atribuyen la capacidad de sufrir únicamente a los humanos. Ellos son, por lo patético de su afirmación, los más inhumanos. Pero era una avispa, al fin y al cabo: con sus colores que parecen estar diciendo: como te acerques te mato de un picotazo con shock anafiláctico incluido. Y de solidaridad no entienden los insectos, de eso estoy casi seguro. He llegado a la conclusión de que aún en el improbable caso de que separase al bicho del cristal sin destrozarlo, no conseguiría salvarse. Sus alas estaban mojadas y moriría aplastada por suelas de goma. Porque la gente, cuando ve un bichito sin potentes mandibulas retorciendose en el suelo, tiende a aplastarlo: es un acto reflejo de inferioridad interiorizada.
Aún sabiendo que no servía de nada tratar de salvar al bicho, la duda apuntalaba mi conciencia: lo mato, o lo dejo sufrir, agonizar desesperadamente ante mis ojos.
Y de pronto, por culpa de una avispa que podría posarse sobre mi dedo corazón sin que lo notara, me he dado cuenta que todas las discusiones, mi opinión, la de mis enemigos en las tardes de discusión, la de los grupos de presión, en lo que a eutanasia respecta, es pura palabrería. Solo quienes tienen la muerte llamando a la puerta, quienes tienen que hacer el último movimiento, quienes tienen que reafirmar su última voluntad, están legitimados para opinar. Porque la muerte no puede entenderse sin sentirse. Todos los demás estamos de sobra.
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