Es curioso. Se termina mi segundo año aquí en Madrid, esa ciudad que no termino de conocer: ha pasado otro año en este rincón ajardinado de Leganés, con las idas y venidas al antiguo cuartel de Getafe que ahora viene a llamarse Universidad Carlos III (para gusto de todos: tambien hay un lugar llamado “Parque de la Segunda República” en el camino al supermercado, el ambulatorio y la pequeña papelería-juguetería). Ya tengo las cosas embaladas; mañana viernes echamos todo al maletero y enfilo para el norte, para mi origen y hogar: toca empezar a trabajar. Me da un poco de miedo hacer balance, porque supone aceptar que termina otro curso y que el tiempo pasa por mucho complejo de Peter Pan que voluntariamente suframos. Quiero ser niño y parece que esto dejando de serlo, a la fuerza. Por eso me he propuesto, como terapia sanatoria, escribir una entrada sincera.
Unas pocas conclusiones a botepronto:
- El color ha ganado algunas batallas en la FAM desde aquel manifiesto: la otra noche Marcos comenzó a escribir poemas en servilletas de papel y cualquier día me confesará que al fin cree en el amor y todas esas bobadas que nos hacen humanos. Resulta que la poesía es contagiosa.
- Todavía hay esperanza para el mundo, a deducir por la gente que ha cruzado sus caminos con los mios. Entre estas paredes curvas he conocido un poquito mejor a personas que ya conocía, empezando por mi compañero de habitación y terminando por el arandino que acaba de descubrir su vocación fotográfica. Entremedias quedan un político burgues socialista (y sin embargo honesto), un poeta que se dedica con tesón a la ingeniería, un futuro Spielberg que de momento utiliza muy provechosamente el disfraz de Perea… Gente diferente con la que he reido y he llorado y seguramente seguiré haciendolo. Me queda el sabor agridulce de tod@s aquell@s compañer@s del grupo 66 que por vivir en esta burbuja no he terminado por conocer. Estarán ahí, cuando vuelva en octubre, o noviembre, pero este curso se quedó un poco cojo. Además, siempre nos quedará Berlin
Es curioso que, cuando uno hace quinielas sobre cómo son las personas que le rodean, el tiempo termina por corregirlas: me equivoqué con la Dirección de este Colegio Mayor cuando entré en él hace dos años, viendolos como la élite tecnocrática alejada de las debilidades humano-residenciales. Al conocerlos he descubierto lo que han hecho por el Colegio Mayor sin que nos diesemos cuenta. Se equivocan como todos -de hecho aún tengo una pequeña lista de promesas por cumplir: el mural del comedor y un par de sofás con una maquinita de café en el comedor…- y sin embargo, eso demuestra que son humanos. Ellos se irán cuando termine el curso: me alegro de haberlos conocido y es justo agradecerles su trabajo.
Hay otras personas, sin embargo, con las que es dificil equivocarse.
- No termina de gustarme la mercadería barata del Plus, aquí mismo, al final de la calle: creo que se trata de un experimento biológico financiado con fondos secretos estadounidenses. No puede existir fruta tan mala y además comerciable, por muy barata que sea.
- Madrid es una ciudad de paso y mucho me temo que incluso aquellos que confiesan sentirse a gusto aquí y querer vivir y morir aquí, nunca llegarán a sentirse plenamente en casa. Quizás sea la sensación de encontrarse en un inmenso cruce de caminos; hablas y vives con gente de todas partes, en la Universidad, el metro, por la noche. Cada uno tendrá sus razones para haber llegado hasta aquí, pero sobre todo, lo que intuyo detrás de muchas caras son expectativas, ilusiones mastodónticas y generalmente incumplidas: es dificil sobrevivir si uno no tiene muy claro a qué ha venido y cuánto tiempo se da a si mismo para realizarlo. No solo actrices, cantantes e inmigrantes con visado de turista naufragan en la Gran Vía.
- Me ilusiona saber que aún hay gente que cree en mi capacidad para sentir. Eso significa que creen en los sentimientos por norma, y no es moco de pavo. El otro día tuve una discusión vespertina con una compañera: me echó en cara que me enamorase de chicas a las que apenas conocía. No entiende que no aspiro a enamorarme ni de ella ni de nadie, y que cuando lo hago, es siempre (por desgracia) ficticiamente y por distracción -como tenazmente apuntó mi amigo rojo con otras palabras-.
Habló -basandose en un comentario que yo no había escrito pero que no me hubiese importado escribir- de Cristina, la chica del grupo bilingüe. Y reconozco que en realidad no me hubiese importado enamorarme de esa chica, pardiez. En el mundo hay dos clases de mujeres: las que son capaces de cambiar el mundo con su sonrisa y todas las demás. Esta chica pertenece al reducido grupo de las primeras. Os mostraría una foto suya, pero no la tengo, porque no hablamos, porque soy un poeta y los poetas no hablan con musas a menos que ellas les hablen primero. Una vez hablé con una musa y al instante me encandiló, pero esa musa ha cedido a la existencia terrenal y se ha echado novio obviando una ley secreta que establece historias felices, istriónicas y tiernas entre los poetas y sus musas. Nos quedarán las cartas y los momentos transatlánticos.(Las poetisas están a un nivel superior, no necesitan nada ni a nadie).
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Y no es broma.
- El jardín de la Residencia empieza a recuperarse de los ataques indiscriminados del jardinero; es increible lo bien que obran unos días de lluvia y ausencia del corta-lavandas. Ahora empiezan los examenes, ahora empiezan las noches interminables y las excusas surrealistas para no hacer nada sin que parezca que no estudiamos.
Y yo me lo pierdo, pero me importa un poco menos. Porque empieza el verano, y vuelvo a casa.
P.D: Doy gracias a todos los protagonistas de esta bonita película. Y pido perdón a los espectadores (voluntarios e involuntarios) a los que haya podido molestarles el ruido de las palomitas.

Acabo de explicarle a Marcos, sin venir a cuento, por qué este blog se llama Poemas de Jabón en el espejo. Creo que nunca se lo había dicho a nadie y aunque no encuentro razones para hacerlo ahora, domino Economía Mundial lo suficiente como para dedicarle una noche entera ahora que termina mayo. Es decir, no encuentro razones para no escribir.

Personalmente, siempre me han impresionado






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