Supongo que escribir será como una droga, cuanto más consumes, más quieres. Sin embargo, en esta ocasión no hubo síndrome de abstinencia. Despues de varios meses escribiendo -casi- diario, a finales de junio, al volver de Madrid, abandoné este pequeño rincón para dedicarme por completo al trabajo. Y hasta hoy, casi dos meses de silencio inconsciente. Laida y Laga, esos rincones paradisiacos de la costa cantábrica, han ocupado cada momento de mi rutina. He descubierto nuevos socorristas que prometen (aunque alguien les ha dicho que soy enamoradizo y que repito cada día “estoy enamorado”, cosa que no he hecho públicamente, y con mucho esfuerzo, en todo el verano), y confirmado que los compañeros de la vieja guardia forman ya parte de mi historia personal.
Prometo (aunque no pueda prometer) una serie de entradas sobre dichos personajes. Me ha gustado la sección “Playeros” de El Correo, que va describiendo individualmente la fauna que habita las playas, y voy a copiarla sin miramientos. Quienes vivimos en la playa sabemos que hay un catálogo de personas que forman parte del entorno, desde el señor que limpia cada mañana Las Arenas (república independiente) hasta el hondartzaina de Ondarroa, pasando por el jubilado que nada cada mañana, la señora que limpia los servicios públicos, los niños del columpio de la izquierda… Sería muy egoista guardar para nosotros mismos ese elenco que desfila a diario ante nosotros, únicos testigos de la monotonía veraniega (con permiso de las gaviotas). Dentro de lo que el tiempo permita, pasará por aquí.
Han pasado muchas cosas extrañas, ni buenas ni malas, que me da muchisima pereza compartir. He llegado a la conclusión de que la vida invernal en Madrid, la atmosfera que respiramos en el colegio mayor, es una ficción insostenible y que por ello me recreaba constantemente y sin remilgos en ella. Pero cuando te enfrentes a la realidad, tu propia vida, resulta más complicado enfrentar las letras Supongo que en los cientos de entradas anteriores hubo sinceridad, no lo recuerdo, pero ahora se me antoja imposible escribir aquí qué es lo que me hace llorar alguna vez, porque sería como desnudarse en una playa donde nadie hace nudismo. Puedo decir sin embargo qué me hace sonreir (afortunadamente no recuerdo el último día que lloré y sí que esta semana he reido muchas veces).
Por ejemplo, me arranca una sonrisa recibir la mejor visita posible en la playa y conocer de primera mano, mientras disfrutamos de la tarde en Urdaibai desde lo alto de una terraza, la increible historia de Sindy, la socorrista de arena que el mar trajo y nadie conocía.
Existe cierta playa, de cuyo nombre hasta hace poco no me acordaba, donde cada mañana l@s socorristas otean la orilla en busca de tesoros -o basura-. En el mundo en que vivimos a veces la mierda difiere poco del diamante, y por si las moscas -y a pesar de ellas- resulta recomendable buscar con la esperanza casi perdida de sacar algo de provecho. Una luciernaga es mucho más bonita en un descampado por la noche que en medio de la ciudad. La cuestión es que en cierta playa donde todos los días buscan -infructuosamente hasta el momento- la botella que traiga el mapa del tesoro, una mañana se encontraron una socorrista tumbada en la orilla. Llevaba el uniforme tal y como dice el pliego de condiciones técnicas de la Diputación, no soltaba la boya torpedo y lucía melena rubia. Tenía la piel bronceada a pesar de los días nubosos que se habían decretado un par de meses antes. Sonreía y miraba al infinito. Le preguntaron si se encontraba bien y no contestó: se limitó a seguir sonriendo. Trataron de pellizcarle para ver si dolía, pero no pudieron: era de arena, y su cuerpo se deshacía entre los dedos. En la playa sabían muy bien qué era eso de encontrarse seres de arena, porque unos días antes había llegado un galápago gigante de la misma materia, desapareciendo con la siguiente marea. Tenían miedo de que pasara lo mismo con la socorrista, y empezaron a discutir qué hacer con ella.

Alguien sensato propuso solicitar una ambulancia y dejar que el hospital decidiera su futuro, pero todo el mundo sabe que a las personas sensatas nadie les escucha. Por ello el resto siguieron discutiendo:
- Deberiamos ponerle nombre. Cuando a las cosas les pones nombre, es mucho más facil mantenerte unido a ellas.
- Pero no es una cosa, zopenco. Es una persona. De arena, pero persona al fin y al cabo -reprobó alguien-.
- Bah, tonterias. Las personas tambien son objetos, por mucho que se estimen a sí mismas.
Así que acordaron ponerle nombre con la esperanza de que a la mañana siguiente la marea no se la hubiese tragado, y en caso de que así hubiera sido, traerla de vuelta a la playa llamándola por su nombre. Al principio cada usuario de la playa propuso un nombre, y se constituyó una asamblea para someter a votación tan serio asunto. Pero alguien propuso comprobar si en la camiseta, por casualidad, la socorrista había escrito su nombre antes de quedar sonriendo inmovil. A todos les pareció una gran idea y por ello disolvieron la asamblea y procedieron a mirar en la etiqueta de la camiseta. No había inscripción alguna, por lo que volvieron a fundar la asamblea y comenzaron las votaciones para darle nombre. Las primeras sesiones solo hablaron los más extrovertidos, pero con el tiempo hasta las gaviotas comenzaron a tomar parte en los debates. Cuando la situación se había vuelto insostenible y estaban a punto de convocar elecciones para formar un parlamento que decidiera el nombre (todo tenía que ser rápido, por la cercanía de la noche y la pleamar) una señora que paseaba bañandose, con el vestido remangado, bolsa de playa y el agua por las pantorrillas, hizo callar a todos.
Yo no la veo muy bien, porque tengo cataratas y además el perro y el canario están enfermos, pero creo que esa chica por la que todos discutis se llama Sindy. Con S. Como en las películas. Parece americana, seguro que viene de allí (y señaló hacia los montes en dirección a Asia).
Nadie se atrevió a ponerlo en duda, porque la señora era demasiado ridícula como para mentir. Decidieron que se llamaba Sindy, lo anunciaron por megafonía y se fueron todos a dormir tranquilamente.
A la mañana siguiente, al abrir el puesto de socorro, buscaron a Sindy por la orilla. No estaba. La llamaron desesperadamente:
- Sindyyyyy. Siiiindyyy.
Pero no apareció. Tampoco la señora que la había bautizado. Hay diferentes hipótesis sobre su paradero; la más extendida de ellas es que la DYA la raptó para llevarsela a trabajar a la playa de Mutriku (extremo que nadie ha podido demostrar). Personalmente creo que se deshizo porque era de arena, y quedó un poquito en la orilla de aquella playa, un poquito en la hélice del ferry que partió al amanecer del día que desapareció, un poquito entre las teclas de mi ordenador, un poquito entre Barinatxe y Arrietara, y el resto vagando por el mar, esperando volver a estar aburrida para convertirse en un ser que atormente a los apacibles paseantes de cualquier playa del planeta.
(Esta historia me la contó a ratos, sin darse cuenta del todo, una socorrista que afortunadamente no es de arena mientras charlabamos en algun que otro sitio entre el Puente Colgante y Ogoño.)
Ya puestos, por qué no decir qué me entristece. Me ha entristecido recordar hoy que vivo en un lugar donde la gente está dispuesta a odiar por una patria, una bandera, y donde la policía y la gente forman parte de este teatro de lo irracional, habitualmente reservado a los políticos. Hoy se celebraba en Amorebieta una manifestación en homenaje a un etarra muerto. Me he escapado de la playa un rato antes para evitar atascos, sustos y por qué negarlo, para acercarme, curiosear, y si era posible, echar unas fotos. He podido hacerlo todo. Y he recordado de golpe que vivo en un rincón del mundo donde la gente es capaz de odiar por defender los colores de una bandera. Me parece ridículo e incomprensible que alguien sea capaz de llegar a odiar para defender “España” o defender “Euskal Herria”. ¿Qué coño se supone que es mi patria? ¿Cómo se pueden defender fronteras? La historia ya demostró hace mucho que son la peor invención del hombre… Me entristece que haya gente, tanta gente, capaz de defender ningun himno, bandera, frontera o patria.
Yo seguiré defendiendo nuestro derecho a dormirnos al sol en cualquier playa a la que el mar pueda llevarnos, en cualquier lugar donde podamos seguir inventando historias de naufragos de arena sin más pasaporte que nuestros miedos e ilusiones.
Mientras tanto, quede este mensaje en la botella cibernética (por si alguien quiere leerlo) y seguimos navegando. Que la brisa mece y parece que viene buena mar. A ver si encontramos el mapa del tesoro.
(C) Fotos: de Sindy, alguien que ya se declarará culpable si le apetece; de la manifestación, un servidor. Más fotos pinchando aquí.
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