La vida es una sucesión de etapas que somos incapaces de enlazar con suavidad y van amontonandose y chocando unas contra otras, como los vagones de un viejo tren cuyas ruedas son incapaces de frenar a tiempo. Si te dan la oportunidad,
normalmente eliges no quemar cartuchos y quedarte quieto, porque avanzar implica dejar cosas atrás creando el temido pasado. Quien no camina no tropieza, dijo alguien.
Por eso hay tantas estaciones repletas y tantos trenes vacios: por toda la gente que no se atrevió a saltar y quedó, para siempre, sintiendo en sus piernas el sedante temblor del tren al pasar a pocos metros. Se acaba el verano, pero no es otro verano más. Quedan veinte días para terminar la temporada de playas y cerrar por última vez el puesto de socorro hasta el proximo año. Desde que izamos la bandera el ocho de junio, hemos dejado la casa en la que me crié, he abandonado la segunda década de mi vida, el que ha sido compañero de habitación y muchas andanzas en el Colegio Mayor ha hecho las maletas para una nueva vida en Berlin.
Hace cuatro años, cuando regresé de República Dominicana, supe que había muerto Barry White y la humanidad me resultó mas insulsa, simple. Ahora nos han dejado Pavarotti, Umbral. Va cayendo una generación que supo exprimir lo mejor y lo peor de lo que el ser humano es capaz, y quedamos, como herencia, quienes solo somos capaces de las medias tintas o lo negativo.
Toca una nueva etapa. Y no me da miedo saltar, pero todo es incertéidumbre. No sé que hay después. Sé los recuerdos que me llevo en la mochila, qué sonrisa me acompañará cuando sienta la soledad de cuatro paredes en una gran ciudad. Sé qué horizonte veré al cerrar los ojos en la linea plagada de gruas a las afueras de Leganés.
El día que sea todo hostil en Leganés y en la estación del Cercanías huela a caucho mojado, cuando los amigos estén demasiado ocupados repasando apuntes o engatusando a sus novias novatas, voy a cerrar los ojos y me acordaré por ejemplo de la tarde del 11 de septiembre del 2007, cuando las cometas convertidas en kamikazes coloridos hace tiempo que se habían ido y solo quedabamos nosotros dos en la playa, viendo anochecer tras Mundaka, mientras comiamos una caja de bombones y hablabamos de antiguos profesores.. Me acordaré de que a ella no le gustaban los bombones de chocolate negro, porque por dentro siempre eran de café.
Y entonces, supongo, tendrá sentido haber escapado corriendo hacia adelante. Porque el verano desgraciadamente no es para siempre, y porque recordaré que una vez jugamos a ser felices, y eso queda para siempre.





Comentarios recientes