El título de la entrada es un regalo que me ha hecho Marcos. Él vive a 36 habitaciones de distancia, en la 249. Como estamos en el lado impar, el que da al jardín, al parque, en realidad solo nos separan la mitad de habitaciones, 18, que en la jerga residencial se traduce en pasillo y medio. Relativamente lejos, físicamente cerca.
Acaba de marcharse de este pequeño microcosmos que he creado en Leganés a base de recuerdos, aburrimiento y viajes al Ikea de Alcorcón. Hemos estado charlando unos pocos minutos, él dice que desde hoy mira hacia delante, pero sabe, sabemos, que mirará de reojo a sus espaldas y es posible que vueva sobre sus pasos, por la sencilla razón de que todos lo hacemos. A cabo, le he regalado un discurso (soporífero a estas horas, imagino, te permito corroborarlo en un comentario) sobre la nostalgía que me invadía. Y es que cuando ha llegado, acababa de hablar por teléfono con una voz de niña que está junto a la Alhambra (aunque desde su piso no la vea: solo hay luz natural en el salón). Después, he sacado de la cajonera de la cama escondida tras la mesilla -un lugar recóndito en la geografía de la 213- la caja azul donde guardo, desde hace cuatro años, recuerdos de los muy mejores amigos (¿2, 3?), romances veraniegos, amigas-novias, y toda clase de etiquetas sentimentales que nunca conseguí diferenciar y terminé por depositar en el mismo zurrón: el de personas que se quieren, se aprecian, y no tienen miedo a decirselo.
Tengo allí dentro el recuerdo de una pequeña cerámica que nos regaló una familia de desconocidos tras acogernos en su casa en una isla al norte de Croacia; cartas que llegaron de Madrid (cuando aún yo tenía esta masa de hormigón y asfalto por destino turístico y no hogar itinerante), del interior de Gipuzkoa (allí donde vivía un alma andaluza en cuerpo giputxi, pecas de Zumarraga, okupa de camas y canibal al compas de la cerveza irlandesa), de Granada, siempre terminaban llegando cartas de Granada, punzadas dulces de nostalgia incontrolable y preguntas que nunca -y me temo que es así, categóricamente: nunca- serán respondidas… Hay una carta de un amigo con un poema de Gerediaga en euskera (lo dejamos para mañana), una bandera de Brasil bañada en cachaca, una ikurrina deshilachada y escrita abajo a la izquierda (donde estaba el corazón en los dibujos que nos mostraban las horribles profesoras de primaria) por aquella que se atrevió a romper la burbuja y visitarme cuando los botellones novatos aún sonaban en el parque de Leganés. Una declaración de cariño no pretendida que cómplices pícaros colaron en la 259 -cuando aún el rubio y yo vivíamos allí- bañada en perfume. Se ha perdido el olor, pero queda su recuerdo, los momentos posteriores a desenlazar -venía con lazo rojo- y leer aquellas palabras, sabiendo que se complicaba la historia.

Hay tambien una nota, la carta más breve que nunca me escribieron, una de las pocas que no trajo el cartero. Corría mi primer año de carrera (se ve ya más próximo el final que el comienzo, y da miedo) y una musa -la primera y auténtica, la que sería referente para las demás musas, la única que nunca fue alcanzada por mí más allá de la burbuja, me temo- había venido de visita a Madrid. Despidiendonos en la intermodal de Avenida América, con un inocente abrazo, un beso como el punto de la i más efímera y traviesa y dulce, me dió un papel pequeñito, rasgado po haber sido cortado a mano y doblado en cuatro partes, dos pliegues. Me dijo en silencio:
- No lo abras hasta que me haya ido.
Obedecí porque me incomodan las despedidas, porque nunca supe despedirme y siempre queda todo pendiente y en el aire, como los abrazos que vuelan presurosos y van a chocar contra el cristal del bus que ya se va, que ensucia el asfalto y roba, rodando y sin inmutarse, esa sonrisa que te daba la vida.
Camino del metro, bajando hacia la linea 7, me encontré con Helios, que entonces era para mí otro veterano -aunque ya se intuía que era buena gente- y curiosamente acababa de despedir a su novia. Él lo habrá olvidado, pero yo, mientras leía las diez -no nueve ni once, sino diez- palabras que ella había escrito con un boligrafo pilot negro, y asimilaba que un canario y un euskaldun que prácticamente no se conocían podían compartír vagón y despedidas, casi sin palabras, descubrí lo que era vvir en una residencia, y en una ciudad, y lejos de casa y de la gente que quieres o crees querer. Así las palabras de letra mayúscula y redonda fueron a caer a la caja azul, repasé lo poco que ya había guardado, y la nostalgia -dulce por ser recuerdo de pasado glorioso- abrió veredas para un sentimiento nuevo, que cuando llega es para quedarse y solo puede taparse momentáneamente -por largos que sean los momentos-con euforia bien administrada. Descubrí el significado -con muchos de sus matices- de la palabra melancolía, mientras abrigaba como podía las manos del frío gélido que invade en invierno estas tierras lejanas del mar. Si mal no recuerdo, era noviembre, y fue entonces cuando empecé a hacerme mayor.
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