Breve brevísimo desde el exilio momentaneo y pretendido:
Qué bonita es la felicidad, aunque vengan en pequeñas dosis y a destiempo.
La vita é bella.
Breve brevísimo desde el exilio momentaneo y pretendido:
Qué bonita es la felicidad, aunque vengan en pequeñas dosis y a destiempo.
La vita é bella.
Quienes me conocen saben de mi debilidad por la literatura y mi mayor sueño material: retirarme a escribir, entre viaje y viaje, a un caserío entre Laida y Laga, en Anzoras, viendo Mundaka, Bermeo, Izaro y la inmensidad del Cantábrico. Allí quiero tener un fuego bajo y una gran biblioteca, el resto es secundario.
Pues bien. En la asignatura de Periodismo Social, la profesora Celia Fustes, innovando como de costumbre (qué contradicción más suave) nos ha psado una lista de libros a leer. Os la transcribo ordenada según libros leidos, siendo leidos (tengo la mala costumbre de leer varios libros a la vez, uno para momento del día) y los que faltan por leer:
Leidos:
- Los cínicos no sirven para este oficio (Kapuscinski)
- Ébano (Kapuscinski)
- Ensayo sobre la ceguera (Saramago)
- Historias de cronopios y famas (Cortazar)
- Opiniones de un payaso (Böll)
- A sangre fría (Capote)
- Hamlet (Shakespeare)
- Romeo y Julieta (Shakespeare)
Están en la mesilla (entre otros):
- La metamorfosis (Kafka)
- La rebelión de las masas (Ortega y Gasset)
Esperan en Amorebieta:
- Archipielago Gulag (Solzhenitsyn)
- Esta noche la libertad (Lapierre / Collins)
- Los miserables (Victor Hugo)
Requieren donativos para ser comprados o inevitablemente se tomarán en préstamo de la biblioteca:
- Dibujando la tormenta (Sorela)
- La conjura de los necios (Kennedy Toole)
- El hombre que fue jueves (Chesterton)
- Paris era una fiesta (Hemingway)
- Artículos y reseñas en el Observer (Orwell)
- Homenaje a Cataluña (Orwell)
- Otra vuelta de tuerca (James)
- La insoportable levedad del ser (Kundera)
- Calígula (Camus)
- Plataforma (Hollebecq)
- Ya verás (Sorela)
- El honor perdido de Katherina Blum (Böll)
- Relato de un naufrago (García Márquez)
- Luz de agosto (Faulkner)
Pues bien. En septiembre gasté lo que no está escrito en la mayor inversión que hice nunca, una cámara reflex digital que me está enganchando al mundo de la fotografía (ahorita mismo salgo de aquí, aula de informática de la biblioteca de la Universidad, a un acto de Pilar Manjón que me ha tocado cubrir). Resultado, estoy sin blanca. Las salidas nocturnas se han reducido a su mínima expresión y cualquier conato de viaje es pura utopía, sabiendo que su financiación resultará imposible. Ahí resonaban cercanos Egipto, Europa del Este, regreso a Perú, todos factibles y todos en buena compañía, pero van a quedarse en el baul de las buenas intenciones. Así, mientras sigo buscando trabajo, éste es un llamamiento a cualquiera que desee realizar la impagable labor de mecenas de un envejecido soñador, que tirando de edicciones de bolsillo en la Casa del Libro, ha calculado 143 euros de liquidez necesaria para completar esa biblioteca que si bien aún no tienen espacio físico (el caserío será el último paso), va siendo completada a la par que repartida entre la residencia FAM, la casa de mis padres y la de mi abuela.
Interesados en mecenazgo, contactadme por correo. Prometo derrochar todo lo donado en libros y viajes sin control alguno.
P.D: No es broma.
Dice Jeffrey Sachs en su libro The End of Poverty que “en algunos aspectos, la economía del desarrollo actual es como la medicina del siglo XVIII, cuando los médicos usaban sanguijuelas para extraer sangre a sus pacientes, a quienes a menudo mataban en el proceso”. Los países económicamente desarrollados se han entregado al rescate del tercer mundo a través de organismos multilaterales como el Banco Mundial, la ONU y múltiples agencias estatales. Se han inyectado grandes cantidades de dinero y proyectado infinidad de actuaciones. Sin embargo, los principales indicadores económicos no dejan lugar a la esperanza: según el informe Indicadores de Desarrollo Mundial 2007 publicado en abril por el Banco Mundial, más de 2.600 millones de personas viven con menos de dos dólares al día y la esperanza de vida en África continúa cayendo debido, principalmente, al azote del VIH.
El peso de la deuda
¿Cuáles son las causas de este fracaso en la lucha contra la pobreza? Hay opiniones encontradas entre los especialistas, pero el peso de la deuda externa aparece en todos los diagnósticos. Los responsables de la campaña “Quién debe a quién”, que aglutina a decenas de organizaciones no gubernamentales en la lucha común para la condonación de la deuda externa, creen que “el pago de la Deuda Externa se cobra diariamente la muerte de personas” y hacen especial hincapie en que “las deudas que se reclaman del Sur son ilegítimas y por lo tanto, no deben ser pagadas”. Se da la paradoja de que gran parte de la deuda que los países soportan actualmente fue contraida por régimenes dictatoriales anteriores y utilizada para el lucro y despilfarro de las clases gobernantes, apoyadas o al menos consentidas por las principales naciones acreedoras -Estados Unidos y los países europeos, a través del FMI (Fondo Monetario Internacional) y el Banco Mundial-. Se trata de la conocida como “deuda odiosa”. Mobutu Sese Seko, dictador y dueño único de la República de Zaire desde 1965 hasta 1997 con el beneplácito de Estados Unidos y Francia, amasó una fortuna personal que en 1984 superaba los 4.000 millones de dólares -el equivalente a la deuda externa del país- y estaba convenientemente depositada en cuentas suizas. La dictadura argentina de los años 1976 a 1983 contrajo una deuda externa de 40.000 millones de dólares, que fue utilizada principalmente para financiar la compra de armamento y enriquecer la estructura represiva del Estado. ¿Deben pagar los argentinos la factura de los instrumentos con los que fueron torturados?
Por diversos motivos, que algún día si la nevera, las nubes y los boligrafos verdes se ponen de acuerdo, podré explicaros.
Nadie comprende cómo pudo llegar pero la cuestión es que está aquí. Una tarde, recogiendo los vasos vacíos que alguien había dejado en los sofas, una de las camareras de Olmata gritó como si hubiese visto un muerto. Quienes estudiabamos allí abajo -todo ocurrió en plenos examenes- corrimos a auxiliarla, y al llegar, vimos un pingüino, un gran pingüino con cara de haber dormido poco y razonable buen humor. Una novata maquillada como un payaso de feria trató de acariciarlo, pero todo el mundo sabe que a los pingüinos no les gustan las caricias. Le picó y casi le arranca un anillo. Yo, en cambio, me agarré de las axilas e imité a un mirlo, por aquello de que entre bichos de su misma clase uno siempre se siente más a gusto. El pingüino se rió, acercandose a mi pierna izquierda, y desde entonces no se me ha despegado.
Causó un gran revuelo en su momento. Dirección se apresuró a recordar, mediante un decreto escrito en verso, que la tenencia de pingüinos estaba prohibida en la Residencia y que pronto tendría que comenzar a pagar noches de hotel. El Consejo convocó una asamblea y se decidió tomar una decisión en la siguiente asamblea. Llamamos al zoológico y nos dijeron que no, que ellos nunca habían tenido pingüinos, si acaso un guacamayo que se les escapó hace tiempo y podía haber perdido las plumas. “Desde que existe la Línea 12, muchos bichos se nos escapan en metro hacia el sur.” recalcaron.
- Pero este bicho come pescado. Le damos chirimoyas y no quiere comer. – espetó Cristian, el conserje, al responsable del zoo que se había trasladado hasta Leganés, cuando éste mostró sus dudas sobre si era realmente un pingüino o el guacamayo fugitivo desplumado.
- Ah. Entonces no cabe duda, no es nuestro guacamayo.
Y sin más palabras, se fue, pidiendonos que si por algún casual aparecía el guacamayo, no tuviesemos la genial idea de llamarle. Con lo caro que estaba el abono de transportes, le salía más barato comprar un pájaro nuevo.
Poco a poco, el pingüino fue acostumbrandose a la vida residencial. Bajaba a desayunar pronto -porque le habían dicho que la novata más guapa bajaba para ir a clase de las nueve- y sobornó a un amigo para que le sacase la TACO. Así pudo asegurarse el suministro de café cinco céntimos más barato. Descubrío que en el Comedor Lola cantaba, Marcos estudiaba Historia del Derecho después de haberse cortado el pelo, los espantapájaros continuaban en huelga, los becarios de Cultura colgaban folios y más folios, la batalla de colores había sido olvidada, aquellas novatas ya no se disfrazaban para salir al jardín porque hacía frío… Pronto captó que cualquiera de esas cosas podría por sí sola cambiar el mundo, pero aquí nadie se preocupaba. Tampoco había sindicatos porque, según los libros de historia de la Residencia, la maquina del hall, que había sido la primera presidente del sindicato, en seguida se mostró corrupta. Al pingüino todo esto le hacía muchisima gracia según se lo contaba su anfitrión. El anfitrión era un residente abrumado por una historia de amor y varias de desamor, que había tenido la desgraciada ocurrencia de imitar a un mirlo en el momento menos adecuado: ése era yo.
* * *
Antes de que hubiese llegado el pingüino, yo había ido anotando en un cuaderno de tapas amarilas de plástico las frases que había inventado, y también aquellas cuya autoría había olvidado ya. Por ejemplo, una vez, a las cuatro de la mañana y regresando de una habitación empapado por una ducha a mal tiempo, escribí:
“Es maravillosa la absurda serenidad de los japoneses. Son los mejores compañeros en la guerra y los peores en una borrachera sucia.” Y nadie me llamó racista.
Otra vez, aburrido de contar las flores que no hay en el jardín, garabateé con una tiza: “Quien crea en la Humanidad sin haber leido a García Márquez es un fanático.” Acto seguido, subí a la habitación y lo anoté en el cuaderno. Escribía allí como si aquél fuera el cofre de mi inspiración: cuando tuviese que escribir cartas con las que enamorar a mis obsesiones o responder a la única que me quiso de verdad, o cuando tuviese que ganar algún concurso de relatos porque no tenía un chavo para invitarla a un té en la Habibi de Lavapiés, abriría aquel cuaderno y escribiría todas las frases juntas, hilvanandolas con las conjunciones que aprendí de carrerilla en el colegio, y entonces los miembros del jurado me darían la mano diciendo:
- Chaval, tú lo que te mereces es el Nobel.
Pero apareció el pingüino y todo cambio a peor. Éste monopolizó en seguida las miradas femeninas que de todas maneras antes tampoco eran para mí, y además en un arrebato de histeria se comió el cuaderno amarillo.
“Puto pingüino.” Eso me decía cada mañana, cuando el pajarraco bajaba al comedor pegado a mí, saltando con cuidado las escaleras de acceso ( y es que más de una vez se había caído de morros, o más bien, de pico). Cualquiera comprenderá que en los planes de ningún universitario entra el de hacerse cargo de un pájaro antártico, bobo y anacrónico.
(Continuará, qué remedio…)
Cuando un escritor deja de escribir o se dedica a rellenar páginas sin sentido, la gente acostumbra a decir que éste sufre una crisis artística. La mayoría son incapaces de imaginar que el motivo suele resultar mucho más sencillo y primario: no hay ya nada que contar
Las tonterías riman con facilidad y lo insustancial se contagia sin necesidad de esfuerzo alguno. Resulta esto imprescindible para mantener bien nutridas la mayoría de las librerias colosales del planeta: conozco a quien dice que lo imprescindible puede contenerse en un par de docenas de libros, y todo lo demás nace para convertirse en objeto de decoración. Aunque tambien conozco a quien jura haberse dedicado a recomponer todas las cartas rotas de amantes despechados; conozco a mucha gente que siempre habla, dice y promete, y no a todos puedo creerles: resulta muchas veces un esfuerzo notable confiar en la palabra propia. Con el tiempo he ido cediendo terreno de duda ante la certeza de la costumbre, llegando a notables conclusiones: la gente extravagante no acostumbra a mentir, al menos conscientemente; los introvertidos esconden su extroversión en rincones menos o más oscuros: algunos terminan declarandose asesinos en serie, otros poetas. Hay gente que ha nacido para sufrir y gente que no ha nacido o no es feliz. Casi de todo hay, y la muestra completa se repite cada pocas calles de cualquier ciudad, fotografiada o no.
La idea me gustaba porque su música ha formado parte de la banda sonora de mi vida desde que un buen amigo, poco antes de marcharnos a Perú, me regalara una tarrina repleta de discos entre los que se incluía “Al final de este viaje”. Hablo de Silvio Rodriguez, trovador de la revolución cubana y de historias amor complicadas (de esas que se me dan tan bien). Inevitablemente, con tal repertorio, nustra relación estaba llamada a ser fructifera. Y lo es.
Anoche, en el Palacio de los Deportes de Madrid, escuchando la “Canción del elegido”, “La era está pariendo un corazón”, “Unicornio”… una apabullante cantidad de imágenes -recuerdos de hazañas realizadas a muchos kilómetros de este exilio madrileño- colapsaron mi cerebro y avivaron unas ascuas incontrolables a la altura del pecho, ahí abajo, a la izquierda.
Acompañado por una banda increible de músicos -magistrales la percusión y el flautista y clarinetista – y con regalo incluido en el intermedio -un cantante cubano llamado Karel García al que no deberíamos perder de vista, porque está llamado a dar continuidad a la existencia de los trovadores en el mundo aturullado y estresado en que vivimos-, el concierto superó cualquier expectativa previa que me hubiese podido hacer.
Somos madero en deriva dentro y fuera de la costa,
somos bardos sin silencio con algunas libertades,
porque todo prisionero, de sí mismo extrae verdades,
aunque la verdad no existe.Somos algunas razones con bastante fundamento,
somos lo que busca, a tientas, un futuro que persiste
en dejarnos como atados, no en mostrarnos como libres,
pues la libertad no existe.Somos parte de los pasos de la historia cotidiana,
somos como una ventana
que espera que un ojo mire para anunciar su mañana.Como una veleta nueva que no sabe dirigirse,
porque siempre los caminos,
son pocos para escogerse y largos para seguirse.Somos piedra sobre piedra, piedras de generaciones,
que actuamos como mortales y pensamos como flores,
porque una flor es la prueba, de que en medio de lo triste,
lo sensible lo renueva.(Karel García, Lo sensible se renueva)
Se me escapó alguna lágrima que la capucha de mi sudadera ocultó convenientemente de la mirada de los acompañantes -el poeta Caparso e Irene- y no pude retener las sonrisas mientras pensaba qué cara pondrían las personas que, al recibir mi llamada y descolgar, escucharon al otro lado un “Ojala” coreado por miles de personas (aunque hubo quien no respondió y quién se quedó sin llamada por falta de tiempo…). Tampoco pude ocultarla cuando vi aquel niñito que, al tercer regreso de Silvio al escenario por aclamación, seguía riendo junto a sus jóvenes padres y regalandonos la esperanza de que hay una infancia que no será criada por Tele5 o Digital Plus, sino que será llevada a conciertos y algún día escuchará de boca de sus padres:
- Hijo, tú fuiste a un concierto de Silvio Rodriguez. Te llevamos cuando eras un bebé. Te gustó. Escuchaste la historia del colibrí.
- Pues no recuerdo -dirá el chaval asombrado-. ¿Qué historia es esa?
Y entonces su madre le recitará lo que escuchó un 18 de noviembre del 2007, muchos años atrás:
Nació la flor, a orillas de la fuente,
más pura que la flor de la ilusión,
y el huracán tronchóla de repente,
cayendo al agua la preciosa flor.El colibrí que en su enramada estaba,
corrió a salvarla solícito y veloz,
y cada vez que con el pico la tocaba,
sumergíase en el agua con la flor.El colibrí la persigió constante,
sin dejar de salvarla en su aflicción,
y cayendo desmayado en la corriente,
corrió la misma suerte que la flor.Así hay en el mundo seres,
que la vida cuesta un tesoro,
yo soy el colibrí si tu me quieres,
mi pasión es el torrente y tu la flor
Esto nos lo confesó Silvio, antes de acabar el concierto. Fue la primera canción que escuchó de pequeño, la primera que recuerda. La que hizo que germinase la semilla de lo que culminó en la inexplicable magia de anoche.
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