¿Quién puede permitirse dedicar la mañana de un martes cualquiera a charlar con un buen amigo mientras pasean por la playa y después, una vez alimentada la mente, moverse unos pocos kilómetros para disfrutar d e las olas que el Cantábrico nos regala?
Yo sí.
Por diferentes motivo he realizado una breve escapada a casa, y allí esperaba -ya me lo habían chivado el domingo mediante una llamada in situ, desde la carretera que une Laida y Laga – un mar rabioso, rebelde y limpio. No podía negarme pues a madrugar, rezar para que mi pobre viejito Renault Clio -sin duda una gran adquisición- arrancase (lo hizo a la primera) y escaparme a esos rincones a los que la vida me ha ido empujando con recuerdos, grandes amistades y no sé qué más ingredientes adictivos.
Quedé con Iosu en Laga; allí no había nadie salvo un hombre paseando y alguien en la cocina del Toki – alai, que emanaba unos vapores gastronómicos muy tentadores. Dimos varios paseos por la orilla mojada, viendo cómo las olas -grandes, incontrolables- engullían reiteradamente la esponja y cualquier otra roca que se atreviera a sobresalir del nivel del mar. Actualizamos vidas, opiniones, planes de futuro, esperanzas, y antes de agotar la dimensión de lo real para dejarnos llevar por la imaginación, completando lagunas de conversación con invenciones estrambóticas, decidimos poner rumbo a Ogeia. Ogeia es una cala de piedra situada en Ispaster, a la que se llega por un camino con el asfalto mordido por la naturaleza en varios puntos y rodeada de bosques de pinos. Yo apenas la recordaba de algunas excursiones en la infancia, hasta que este verano, asumiendo el puesto de coordinador de playas y teniendo como compañera coordinadora de Ogeia -y otras cuantas playas más- a Naiara, comencé a acercarme frecuentemente -Ogeia está a unos 20 minutos en quad desde Laga, 15 si es una urgencia y llevas las sirenas de ambulancia encendidas-. Se trata de un lugar increible al que os recomiendo que no vayais nunca, porque lo queremos para nosotros solos.
Allí fuimos pues, ayer martes, a entregarnos al mar y lo que éste deparase. Olas limpias, en series regulares, entre dos y tres metros de altura… Un regalo que la naturaleza tenía preparado solo para nosotros, los diez o quince desamparados que un martes cualquiera, a las once de la mañana, podemos permitirnos sentir la espuma que levantan las olas mientras el resto sufren con el transporte público, aguantan la bronca de su jefe, toman apuntes de Econometría en la Universidad, y se se dedican a un sinfín de actividades más que al final de su vida, probablemente, resulten poco o nada productivas.
Hubo tiempo para todo -y cómo no- tambien para fotos. Pero sobre todo, hubo tiempo para dejar que los engranajes de la sesera patinasen y se pusieran en marcha por si mismos, quizás alentados por el salitre, quizás porque el entorno invita -y obliga – a la abstracción.
Así, entre ola y ola, cuando la espuma rompiendo furiosa era ya un suave murmullo que se aleja impasible, han surgido varias preguntas que por mucho que trataba de expulsar, el mar traía a mí de vuelta…
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