Archivos para Enero 2008

30
Ene
08

Poesía en el supermercado (AHORA)

Hay un poema, de un tal Antonio (de apellido, Machado) que consta únicamente de un verso.

Esta tarde, al salir de la piscina, camino de la Residencia, recordé que había olvidado comer. Así que entré en el supermercado, y cuando vivía una apasionante lucha interna para ver si me decantaba por el paquete de galletas de chocolate, el litro de horchata o un racimo de uvas (finalmente compré las uvas, más tres peras dulces y acuosas), me ha venido a la mente dicho poema.

Es de los Proverbios y Cantares (Nuevas Canciones). Es el octavo. Dice así:

Hoy es siempre todavía.

Legendario pensamiento. Lo he recordado porque un amigo al que le gusta mucho eso de tocar la guitarra y hacer vibrar el aire con poemas en forma de onda sonora, ha tenido a bien regalarme, a cambio de mi fugaz visita (tras mucho tiempo) una canción que se llama Ahora. Y que, en concierto, un día, fue presentada con estas palabras:

Crecer recordando aquel verso de Machado: Hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde, ahora.

Mi amigo, un genio a la altura del poeta de aquella generación del 98, con el que comparte incluso cierta similitud física -aunque no tiene la frente, de momento y solo de momento, tan despejada como el autor de Nuevas Canciones- no ha podido atinar mejor a la hora de cantarme una canción que se antoja ridículamente actual. No me resisto a copiar aquí la letra, porque quizás merezca la pena.

Ahora que la adolescencia es un septiembre lejano,
humo de cerveza en un portal, un verano inacabado.
Algunos años en la facultad de ciencias,
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba,
un tren dormido en una vía muerta,
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.

Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú,
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul,
los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos,
la luz de una cafetería, los amores conversos.

Ahora que te cansas y las piscinas cierran,
y apura el último baño la luz de las estrellas.
Ahora que regreso a los lugares a donde quise huir
y nadie me espera allí.
Ahora que casi llego a fin de mes,
que amo a una mujer.

Que amo a una mujer.

Ahora que pago las facturas, que me besé en La Habana,
que sueño con Lacandona, que ya no escribo cartas,
que cumplimos más añós que promesas,
que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia,
que llego tarde a los cines y al fin del planeta,
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena.

Ahora que duelen las resacas y cortan como una navaja.
Ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña,
que pido auxilio, besos y comida por teléfono,
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo.
Ahora que tiemblo como un niño abandonado.
Ahora que viejos amigos nos han traicionado.

Ahora es el momento de volver a empezar, que empiece el carnaval,
la orgía en el Palacio de Invierno, de banderas y besos.
Se cayeron mis alas y yo no me rendí,
así que ven aquí,
brindemos que hoy es siempre todavía,
que nunca me gustaron las despedidas.

(Ismael Serrano)

Pues eso. Pasando de aventurarme en terrenos cenagosos, de escribirle a nadie su guión, de bucear en subconscientes vetados, de luchar contra dragones que vomitan fuego, en castillos perdidos de antemano…, me resisto, como dice la canción, a “ser libre… libre para venderme y caer muerto donde mi libertad prefiera”. Yo solo sé, y no es poco, que porque ayer no lo hicimos, porque mañana será tarde, ahora parece un buen momento.

28
Ene
08

Aquel rincón

Bueno, aquí estoy: el inevitable exilio se consumó, y esta habitación 213 vuelve a sentirse un poco huerfana. Ya nadie acaricia los cojines, ni dobla cuidadosamente la manta de colores que yo descuidadamente había tirado al sofá. Imposible, por más que busque y rebusque en los pocos rincones de este habitáculo, encontrar dos ojos que remolonean y se cierran, entregandose al sueño vago. No queda nada, más que hueco y silencio.

Flor en un balcón de MadridAsí que, después de unos ejercicios de microeconomía, y antes del paseito a la piscina, llegó el momento de contar una historia. ¿Alguien, siquiera aquella anciana a la que afortunadamente perdoné la vida, recuerda el librero de barba poblada, el rótulo abandonado, la librería misteriosa?

La semana pasada, volviendo una noche por aquellas calles de Getafe, paré a observarla. Dice el rótulo, madera reseca, mal sujeta por clavos que indudablemente sucumbirán mas pronto que tarde:

LIBRERÍA SILVERIO LANZA

Las estrechas ventanas de la librería miran a las tapias de lo que antes era el Cuartel de Artillería y hoy es nuestra universidad. Tengo entendido que en la parte más cercana a la librería, donde ahora se levanta la biblioteca y se ubican las pistas de tenis, era donde estaban las pocilgas. Todo eso da igual, porque hoy solo queda una entrada trasera a la universidad, una callejuela llena de coches mal aparcados y donde a duras penas pasan los autobuses verdes de la EMT.

En aquel rincón se constituyó un templo de la sabiduría, y ninguno de los alumnos que pasan a toda prisa camino de la copistería parece saberlo. He tratado de buscar algo más sobre aquel lugar, con las lógicas limitaciones impuestas por las exigencias académicas, y apenas un nombre, alguna referencia. El librero se llamaba (¿se llama?) Emilio García Gómez -como el arabista- y en aquel bajo de un edificio simple y vetusto dió alas a un movimiento cultural que, posiblemente, no tenga equiparables hoy en la zona, aunque varios miles de estudiantes nos enclaustremos diariamente a su vera.

Cuando pasen los examenes, cuando regrese de Rumanía, intentaré contactar con alguna de las personas que desde allí se sumergió en el revuelto y cálido mundo de la literatura. Intentaré conseguir la llave de aquel lugar, echar un vistazo.

De momento, me voy a la piscina. A ver si ahogo la morriña.

25
Ene
08

Política de sobremesa

Hace tres horas era un ignorante; ahora, pasada la una de la madrugada, me atrevo a encender el ordenador porque sé que soy un hombre más sabio.

Sé lo que es un intervalo de confianza, un contraste de hipótesis. Y ello me da otra visión del mundo, con matices más sublimes, más completa.

Como las horas y horas de discusión de sobremesa que comenzaron a despuntar anoche y que hoy, entre ensalada -tomate, queso fresco y albahaca- y entrecott, han confirmado que nos encontramos en exames. No sé por qué, pero las discusiones más entretenidas y apasionadas nacen en estas fechas. Todo ha empezado con una tranquila charla con Diego, compañero del Despacho de Cultura, reprochandole que quiera traernos a la Residencia a ciertos personajillos oscuros del panorama política nacional. Hemos terminado con quince personas atendiendo a una lucha de titanes (Diego, Tomás, Vellisca y un servidor, con Miki como invitado estrella) sobre la universidad y el equipo rectoral, entre otras muchas muchísimas cosas. Si no hemos discutido sobre el color del cielo no ha sido porque nos resultase obvia la solución; con algo más de tiempo, hubiesemos llegado a pelearnos por lo azul del mismo (personalmente opino que, si alguien en Madrid se atreve a calificar el cielo de azul, es porue no conoce el mar cantábrico el día después de una tormenta de verano).

Hablar, rebatir, gritar, y de vez en cuando, lanzar algún trozo de pan. (Escuchar alguna burrada tambien, pero esas las ahorro, no son necesarias profanaciones de tal índole en este templo).

Me encanta la época de examenes. Y a efectos prácticos, ha comenzado hoy.

P.D.: Feliz, a pesar de que nadie sabía quien fue Kropotkin…

23
Ene
08

Confundido

Así va la vida, entre apuntes y mensajes, piscina y cafes,  correos y canciones, charlas y clases:

 

Optimista, porque esta tarde encontré un disco de Tracy Chapman (Crossroads, 1989) que daba por perdido. Pesimista, porque un tío cultivado como Caparso no la conocía.

Optimista, porque  acabo de llegar de la piscina y vuelvo a recuperarle el gusto al líquido elemento. Pesimista, porque mi corazón late al ritmo que le da la gana: acelera de 50 a 120 en segundos, pero luego no hay quien lo haga frenar. Como dijo el maestro (aunque con diferente sentido…) ¿Podrido de latir?

Optimista, porque empiezo a entender las asignaturas. Pesimista, porque no termino de entenderlas.

Optimista, porque me ofrecieron mentir y decidí no hacerlo. Pesimista, porque la honestidad sale cara.

Optimista, porque hay mucho camino por recorrer. Pesimista, porque sigue siendo un camino lleno de fronteras, pasaportes y visados.

Optimista, porque esta mañana, al despertarme, la luna llena estaba dando golpecitos al cristal de mi ventana. Pesimista, porque me hubiese gustado que una mujer pudiese ver aquello desde el mismo colchón, y ella estaba a kilómetros.

22
Ene
08

Soy solo un niño ¿Y bien?

Bonito día el de ayer. Por la mañana, muy pronto, imaginando al librero de barba poblada, sonrisa sincera y catálogo interminable que alguna vez hubo de ocupar aquel local de Getafe donde hoy solo queda un rótulo de madera abandonado al tiempo, una bella dama me acusó -saltándose toda presunción de inocencia- de tener demasiada imaginación. En aquel momento le perdóne la vida porque, en el fondo, aquello era un halago y sobre todo porque sospecho que mi vida mañana supondría más rutina (¡más todavía!) y tendría menos color si ella no estuviera. Además la pobre está ya un poco mayor, y estas cosas, a la gente anciana, hay que perdonarselas.

Luego, a última hora de la tarde, en la cafetería de la Facultad, Clara me advirtió que no soy el único que convive con un pingüino y se atreve a relatarlo. Yo no sabía nada de que alguien hubiese escrito ya su historia con el pingüino, pero me entristeció profundamente saber que incluso cuando creemos estar creando, solo rebuscamos en lo pasado.

A la noche me empaché con galletas napolitanas, nuevamente, y estudié planteamientos raros que llaman problemas (del consumidor, de la empresa, etc.) pero que no son más que una sucesión cuasi-infinita de obviedades formalizadas matemáticamente a las que los economistas se empeñan en denominar “materia de estudio”.

Y todo esto, ¿a qué viene? Bueno, son los argumentos que expongo en mi legítima acusación. Porque si soñar con librerías antiguas en un dulce momento mañanero, convivir con pingüinos fanfarrones y comer cantidades ingentes de galletas supone ser un niño, entonces me declaro culpable, con todas sus consecuencias.

18
Ene
08

Una super-abuela: la mía.

Creo poder afirmar, sin demasiado miedo a equivocarme, que las tres personas que más han influido en mi vida, y en consecuencia en mi manera de ser, son mis padres y mi abuela.

Aita, por sus broncas y su complicidad. Aunque cuando se pone a chillar tenemos que sujetar las paredes de la casa para que no se venga abajo, esto es algo que soportamos con relativa calma, porque tanto ama como yo tenemos el mismo fallo de fábrica -Alvaro no, mi hermano tiene una capacidad casi japonesa de permanecer impasible ante todo-. Con mi padre comparto en gran parte la manera de ver el mundo, y por ello tenemos una complicidad que no requiere de muchas palabras o gestos.

Ama, por su parte, en esos largos paseos que dabamos por los caminos de Arazosas, entre pinos y robles, desde Bizkargi hasta Autzagane -pasando por el refugio abandonado y por el estanque de los peces rojos- me guió en las reflexiones que me llevarían a decidir estar hoy aquí, escribiendo en esta ciudad con apuntes de Econometría en la mesa. De ella he aprendido a escuchar a los sentimientos y saber darles la debida importancia. No me importa decir que extraño cada día aquellos paseos después de comer, escuchando solo pajarillos y a nuestra perra alborotando a los desprevenidos animales de algún caserio.

Luego está mi abuela, que es el motivo de que escriba hoy esta entrada: cumple 80 años. No se imagine ningún lector la imagen de una señora mayor que a duras penas lleva en una mano la bolsita de recados del mercado mientras con la otra sujeta el bastón. No, mi abuela desafía todas las leyes de la cronología física. No tiene reparo alguno en marcharse de ruta por los glaciares argentinos, y si se lo plantean, recorrerse Egipto hasta llegar a una escuela en un pueblito nubio en Sudán. Me hubiese encantado acompañar esta entrada de una fotografía tomada en aquel último viaje, para que se entendiese a lo que me refiero cuando digo que lo de su edad debe ser alguna broma pesada de un funcionario del Registro. Es una señora de mente y espíritu libres: conservadora y antimonarquica, creyente y anticlerical, una victoria de la razón sobre la ideología. Solo le pide a la vida salud para que sus piernas le sigan llevando allá donde la curiosidad le pida, y afortunadamente, ésta le es concedida de buena gana.

De mi abuela lo he aprendido casi todo. Ella quiso estudiar Medicina, pero no le dejaron porque en su época solo podía estudiarse en Madrid: como era mujer, su padre no quería que se fuese sola a la ciudad. Así que se conformó con Enfermería en Bilbao, donde se diplomó. Nunca llegó a ejercer. Con el tiempo tuvo clara su vocación, y estando más cerca de los cincuenta años que de los 30, volvió a las aulas para licenciarse en Historia. Cuando escucha noticias sobre la situación de las aulas en la actualidad, no llega a comprenderlo del todo. ¿Por qué os cuento esto? Porque es un ejercicio, para tratar de comprender lo que ella me ha dado a cambio de nada. Desde que siendo un crío que apenas levantaba un metro del suelo, nos contaba a mi prima y a mí, paseando por las playas del sur, cómo se suicidaron Cleopatra y Marco Antonio, las epopeyas de Napoleón y su ocaso en Santa Helena. La Historia era para ella un drama ameno, el mundo su escenario, y así nos lo transmitió. Ella me enseñó quienes fueron Van Gogh, Hitler, Assurbanipal, Atila, Gaughin, Chillida, Baroja, Abraham Lincoln, Isabel la Católica. De ella aprendí, y siempre como si la vida fuese un bonito cuento digno de ser contado con todo el entusiasmo, lo mejor y lo peor de la Humanidad a través de su memoria, eso que llamamos Historia. Nunca, nunca olvidaré el día que entramos de la mano en Les Invalides y, cómo anticipandome lo que estaba a punto de ver, me confió al oído:

- Napoleón era un chiquitajo, pero su tumba es como una onza de chocolate gigante, ya verás…

Y me apretó la mano fuerte la mano, como diciendome: estás aquí, aprovechalo.

Cuando le digo a la gente que me voy a Rumanía, y si me dejase la burocracia mundial que conspira contra mi derecho al libre desplazamiento, hasta Moscú, mientras otros claman por mi locura y piden que el destino se apiade de mi integridad física, a ella se le abren los ojos como platos y se le ilumina la mirada.

- Moscú…

Ella ha sido mi defensora en todos y cada uno de los proyectos que he emprendido, desde que a los 16 años casi me escapé a Perú con una pequeña mochila y gran ilusión (que no viene de iluso, aunque tambien sería aplicable al caso) hasta que decidí saltar a Madrid en busca de algo, sin saber exactamente qué. Ella ha sido el principal acicate para mi curiosidad, ese virus que desde la más tierna infancia me inoculó y ha ayudado a mantener. Todo lo mejor que no he abandonado de mi infancia es, en gran parte, debido a su actitud positiva y decidida ante los retos y los proyectos.

Ha sido y es mentora, asesora, mecenas, crítica, guía, refugio, impulso, confidente. Cómplice desde que empecé a hablar, leer y escuchar (creo que ocurrió en ese orden).

Por ello, y por el día a día, gracias infinitas. Y felicidades.

En la foto, nuestra madre y nuestra abuela, en la playa de Laga. La foto es de este otoño.

16
Ene
08

¿Quiénes son?

Mendigo en VarsviaLos programas de televisión, tan sedientos de telerrealidad y desgracia, nos muestran contínuamente a la gente de la calle, los mendigos, como una compleja amalgama de alcohólicos, perturbados, desheredados y enfermos mentales.

Sin embargo, en esta ciudad de la que soy vástago en acogida, a veces me he cruzado con mendigos simpáticos (incluso a la hora de pedir limosna), educados, que no renunciaban a su dignidad y que encerraban en la mirada más empatía, vitalidad, curiosidad y comprensión (todo eso que hoy en día la gente tiene la costumbre de llamar inteligencia, con sus efectos secundarios) que muchas de las personas de las que a diario encuentro en los pasillos de la Facultad.

¿Quienes son esas personas? ¿Por qué están ahí, en la calle? ¿Qué secreto esconden?

Hoy al mediodía, al salir de la linea 12 – Metrosur en una céntrica estación de una ciudad del cinturón sur de Madrid, una petición amable, una palmada confidente en la espalda y un gesto de comprensión con un tío joven pero hecho jirones me han dejado fuera de combate. Ahora es de noche, y hace frío en la calle. Mucho frío.

16
Ene
08

Una sobremesa peliaguda

En la Residencia, el lunes tuvimos la oportunidad de escuchar a María Escudero, diputada socialista por Granada. Es psicóloga especialista en intervención social y tiene una larga trayectoria en lo que respecta a la lucha contra la violencia doméstica, como directora provincial del Instituto Andaluz de la Mujer. No he tenido tiempo para documentarme detalladamente de los logros de su gestión, pero he de decir que es una persona decidida y con una vitalidad envidiable.

Después de la charla, unos cuantos pudimos cenar con ella. Siempre he pensado que en un ambiente distendido, las ideas fluyen mejor si van animadas por algo de comida y un poco de vino. Anoche, la experiencia volvió a demostrarlo.

Una mujer mira al horizonte en la playa de Laga

Tratamos muy diversos temas, desde la prostitución a la violencia de género, pasando por las polémicas cuotas en las listas electorales, consejos de administración, etc. Prevaleció, a lo largo de toda la charla, la peligrosa sensación de que problemas tan diversos se trataban como uno solo. Cierto es que tienen el mismo origen histórico -la discriminación hacia la mujer, la sociedad patriarcal- pero han vivido un desarrollo y evolución diferentes, y como tal deben ser analizados de forma diferente. En la pobreza de los países subdesarrollados hay un cúmulo de circunstancias históricas, pero cada lugar ha evolucionado de un modo diferente, y si se quiere atenuar la pobreza no puede uno quedarse en el análisis de los grandes motivos: tiene que avanzar -evidentemente sin olvidar el origen- hacia las consecuencias concretas y ver cómo solucionarlas. Así, a nadie se le ocurre culpar de las recesiones que ha vivido Bolivia al expolio de plata, minerales y capital humano que sufrió en la invasión española, aunque el origen de muchas de sus desgracias puede que esté ahí. Analizamos las balanzas comerciales, la inflación, la estructura productiva. Ello no quiere decir que olvidemos la historia, pero esa no podemos cambiarla. Lo mismo ocurre con los problemas que afectan a la mujer. Si se tratan como uno solo -y por tanto al mismo nivel- casos de discriminación laboral y otros de maltrato y asesinato, dificilmente podrán solucionarse.

Dicen que para erradicar los problemas hay que arrancarlos de raiz, pero cuando hablamos sobre la discriminación de la mujer, se trata de un árbol tan grande que, si no se le cortan primero las ramas una por una, no hay nadie capaz de arrancarlo desde dicha raiz.

Evidentemente, en el maltrato, la prostitución, la discriminación social, está implícito el desprecio que históricamente han sufrido las féminas. Pero si creemos que por ello hay que tratarlo como un único problema, hablamos de extirpar un lastre social, y ello conlleva varias generaciones. El problema es demasiado grave como para esperar varias generaciones de brazos cruzados, con tímidas lecciones de moralidad en las escuelas y campañas de concienciación estériles.

Me hace gracia la inamovible solución de nuestra clase política a los problemas más diversos: ponencias, y después, más leyes. Una ley de violencia de género, está genial, pero… ¿no sería mejor que tambien -y sobre todo-, el Estado se preocupase de hacer cumplir las leyes ya vigentes, en las que se contemplan como delito la agresión, el secuestro, el acoso, la violación, y en definitiva, todas las manifestaciones de la violencia doméstica? A veces me da la impresión – ojalá me equivoque- de que el Estado se demuestra incompetente a la hora de aplicar las leyes que rigen nuestra sociedad, incapaz de mantener un orden básico, y dado que tal incapacidad alcanza dimensiones vergonzosas -no olvidemos que el Estado es una maquina muy grande, que nos cuesta mucho dinero, y que tiene unos deberes que cumplir- tratan de solucionarlo con parches muy coloridos, llamativos, pero poco eficaces. Lo que la policía no puede o sabe solucionar, se arregla con una votación en el Parlamento y anuncios en televisión-

Bueno, pues resulta que uno trata de plantear esto, otorgando al problema la misma gravedad solo que planteando soluciones alternativas -ante el evidente fracaso de las iniciativas hasta ahora llevadas a cabo, con 70 victimas mortales en España en 2007 frente a las 68 del 2006 o las 62 del 2005- y le llaman machista. Le dicen que, inconscientemente, es machista porque se ha criado en una sociedad machista. Que todos los somos; “incluso yo” – apostilla alguna amiga- “porque la sociedad así me ha hecho”-. Me molesta esto especialmente, porque, partiendo de la base de que identificamos el mismo problema y con las mismas dimensiones, si uno es criticado por buscar otras vías, significa que quien critica se cree en posesión de la verdad universal, una especie de iluminación, y esto, a parte de ser ciertamente improbable, resulta cuanto menos bastante vanidoso.

Tambien me acusa una amiga de teorizar mucho; me dice que ella cuando piensa en violencia de género se acuerda de una familiar suya y de la posibilidad de que el hombre que duerme con ella y es padre de sus hijos la mate cualquier día. Me llamarán cínico, pero sintiendolo mucho, creo que la única manera de estructurar soluciones es manteniendo la cabeza fría. Yo vengo de un lugar donde hay familias divididas por un voto, donde han muerto personas por defender unas ideas. Si en vez de plantearme el problema fríamente, viendo su origen y buscandole soluciones, me dejase llevar por el recuerdo de quien para pasear a su perrita tiene que llamar al escolta, del nudo en el estómago de la humillación que supone agacharse para comprobar que los bajos del coche estén limpios, entonces, probablemente, hace tiempo que hubiese comenzado una guerra civil (aunque he de decir que yo no hubiese luchado, porque ninguna de las causas me es propia). Si dejamos que los impulsos se sobrepongan a la razón, hemos perdido la batalla.

Escultura de dos niños leyendo (Recoletos)En la cena del lunes, tuve inquietante sensación de que tod@s l@s que participaban en aquella discusión -excepto la propia Escudero y alguna compañera – repetían una cantinela sobre la que no habían reflexionado en profundidad. Saben, su intuición -o la experiencia- les dice que estamos ante un problema inmenso y repulsivo, pero no se han planteado las soluciones más allá de jalear y aplaudir a aquellos políticos que se han autonombrado defensores únicos de las víctimas. No fue dificil escuchar, en boca de universitari@s, frases como “pues no, porque eso está muy mal, porque es así” y respecto a medidas polémicas como las cuotas en las listas electorales “pues porque tiene que ser así, y ya está”.

Por favor. Un poco de rigor. Estamos de acuerdo en el problema -si no lo estuvieramos, entonces sí que sería grave-. Ahora solo falta que nos pongamos de acuerdo en la solución. Pero para eso hace falta escucharse, discutir, reflexionar. No hay tiempo, evidentemente, para debates eternos. Pero tampoco para soluciones que, más que soluciones, son cuentos.

P.D: Sobre las cuotas, la prostitución… Hablamos otro día.

16
Ene
08

El mar. La mar.

  El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

   ¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?

   ¿Por qué me desenterraste
del mar?

   En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.

   Padre, ¿por qué me trajiste
acá?

(Rafael Alberti, 1924) 

15
Ene
08

Fechorías compartidas

Hoy no tengo mucho tiempo; estoy redactando una larga entrada sobre la cena que compartimos anoche con lal diputada Escudero. Fue una velada amena, pero tambien polémica. Como no está terminada y las prisas no son buenas (aunque no esté totalmente de acuerdo con esta afirmación) lo dejamos para mañana.

PROLEGÓMENOS:

Día aburrido, estudio sin sobresaltos. Lluvia intermitente. Comedor vacío, una araña que agonizaba en el suelo, patas arriba, mientras desayunabamos por segunda vez. Me acerco y resultaba ser una cucaracha, desesperada, fea.

Al mediodía, empacho de galletas napolitanas. Vuelve a chispear. Gema, compañera del Despacho de Cultura, me regaña por dudar -en un mail- de la capacidad intelectual de la clase política actual.

Por otro lado, en plena negociación decidimos que, como eramos buenas personas y nunca habíamos tomado rehenes, finalmente intercambiariamos fotografías. Así se hizo en un punto indeterminado del cinturón sur de Madrid. Sin cámaras ni taquigrafos.

LA HISTORIA:

EPÍLOGO:

Toda la culpa -y por ello no cabe eximirle de responsabilidad alguna- de este descubrimiento lírico es del no-amigo CaparZo, cómplice de algunas fechorías y salvaguarda de obsesiones ridículas. Así que los créditos “morales” del post son suyos. Los inmorales tambien, pero un poco menos.

Arrivederci.




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achusarri[arroba]gmail.com

 

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