Archivos para 1/01/08

01
Ene
08

Regalo para el nuevo año

Calvin y la mariposa

Una tira de Calvin&Hobbes para empezar el año.

01
Ene
08

Agur, 2007, agur.

Se ha ido un año más, uno que comenzó con los ecos aún cercanos de la sinrazón del terror (un crater gigante en un aeropuerto, dos vidas robadas demasiado lejos del hogar) y el ahorcamiento de Sadam Hussein. Parecía que el “ojo por ojo” y el delirio del terror, institucionalizado o maquillado de proclama revolucionaria, tenían cheque en blanco para amargar el devenir de la humanidad durante otros doce meses. Las multimillonarias cabalgasta de Reyes, con su derroche lumínico y escénico, en seguida nos devolvieron a lo realmente importante: el sonido de la caja registradora del Corte Inglés al engullirse en euros exáctamente lo que cuestan nuestras ilusiones (quizás un poquito más).

Terminó el año con el magnicidio de Benazir Bhutto (en seguida relegado a páginas interiores de los periódicos por la manifestación de grupos católicos que me niego a describir). Así le va al mundo. Decía Mafalda:

- Paren el mundo, que me quiero bajar.

Secundando sin reserva alguna estas palabras, y sospechando que mundos vecinos no han de ser muy diferentes, continuo adaptando, al ritmo de Hakuna Matata (en swahili, vive y deja vivir ningún problema, corregido por Clara) las posibilidades que la tierra y sus personajes me ofrecen. Y lo cierto es que pese al a priori pesimista comienzo de mi repaso al 2007, éste ha sido un año plagado de satisfacciones en lo personal.

Un pie asoma por debajo del nórdicoY es que cómo no va a serlo un año en que inventamos (y posteriormente desarrollamos) el multienamoramiento.

Un año en que Berlín se estremeció y bailó al ritmo que marcaban la musica de Matrix y Narva Lounge, según ibamos descubriendo sus calles de día, y sus secretos de noche.

Un año en que el Colegio Mayor que me ha acogido los últimos tres años ha vivido sus propias intrigas y motines palaciegos.

Un año en que, con la llegada de la primavera, me convertí en patrón y conductor sin causar bajas.

Un año en que cambié de puesto pero no de lugar de trabajo. Me encomendaron la coordinación de los equipos de socorristas de algunas de las playas más increibles del Cantábrico. Sobrevivimos a las tensiones, los malos rollos, los bañistas insolentes, los niños descuidados, los chulos de gimnasio que no saben nadar, las banderas rojas, las galernas, los “¿no te había dicho que rellenases el depósito de la zodiac antes de salir?”, los partes semanales que no cuadraban, las reuniones matinales de los lunes con los gritos de Koldo(“qué cojones pasa con las torres, por qué no están en las torretas, por qué no han abierto el puesto todavía los de… “), los “oye y esos siete niños en la corriente.. que se nos van…a ver avísales que no se metan… JODER que se nos han ido, cagando leches a por ellos “, las broncas tras muchas semanas de compartir puesto y torre, paseos por la orilla y patrullas en la embarcación, los “aviso para los bañistas, debido al estado de la mar la playa se encuentra balizada con bandera roja, que como todos ustedes saben, indica que el baño está absolutamente prohibido, por favor refresquense entre las dos balizas amarillas situadas en la orilla, el uso de colchonetas queda totalmente prohibido, repito, el uso de colchonetas queda totalmente prohibido, por favor respeten las indicaciones de los socorristas”, los interminables días de lluvia y las agotadoras semanas de sol en julio. La señora cincuentona a la que una anémona le ha rozado en la ingle, el niño llorica que ha pisado un salvario y no calla, los “Coordinador para Laida… Adelante Laida… Oye Juan, pasamos a bandera roja… Vale, QSL, bien copiado, “. Sobrevivimos a todos los contratiempos que la playa y el mar quisieron hacernos vivir, y lo hicimos contentos porque recordabamos -al menos así me ocurrió a mí- cuando a los dieciseis años, en una piscina de Bilbao, un monitor de la Federación decidió que ya se nos podía llamar socorristas, y entonces nosotros soñamos con llevar una camiseta que dijese SOS y pasear por la orilla por si había que ayudar.
El pickup de CR en Laida No voy a negar que tambien nos entristeció ver a una nueva generación de socorristas que se formaron cuando la época de voluntariado en playas había llegado a su fín y que no han mostrado otra vocación que la de la cuenta corriente (con alguna honorable excepción). Confirmamos esta tendencia en diversas comidas en Ogeia, convenientemente organizada por la genial coordinadora de las playas de Lea-Artibai, dedicada compañera de varios veranos en Laida y aún mejor amiga, Naiara Aurre. A ella le debo algunos de los momentos más divertidos que me ha regalado el año, ocurridos en cualquiera de las curvas de las carreteras que serpentean entre los pinares que van desde Ibarrangelu hasta Ondarroa.

Un año que a lo largo del verano tambien me regaló algunas charlas de atardecer con otro gran amigo, Iosu Martín. Es increible las conclusiones a las que se puede llegar con una cerveza en la mano, un buen surtido de frutos secos y la visión del sol pintando de naranja el mar según se va escondiendo tras la iglesia de Mundaka. Fue Iosu quien confió en mí para ese puesto que él dejaba, y a él corresponde agradecerle: Gracias por la confianza, por dejarme disfrutar de los frutos de lo que otros sembrasteis, y sobre todo, por descubrirme el helado de chocolate negro de López en el puerto de Lekeitio.

Un año en el que tambien seguimos disfrutando de las frescas noches previas al verano, tirados en el jardín de la Residencia, jugando a brindar por la vida y su color.

Ella echa un vistazo al ordenadorUn año en el que me enamoré, me volví a enamorar, me desenamoré, continué enamorandome, olvidé enamorarme, me redesenamoré, me enamoré de verdad, me desilusioné, discutimos, volví a enamorarme, despedí al amor en una sucia estación de autobuses, y después de un tiempo (¿semanas? ¿meses? ¿medio cuatrimestre?) me enamoré, esta vez de verdad, sin antídotos posibles y temerariamente despreocupado por las consecuencias. Ah, olvidaba decir que, como habitualmente ocurre, este amor no es (aparentemente, al menos) recíproco. Todo ello ocurrió, sin que se les pueda atribuir responsabilidad alguna a los mismos, en lugares variopintos: desde un Colegio Mayor -hogar por azar- hasta los pasillos acristalados de mi querida Facultad a la que casi olvido cómo se llegaba, pasando por estrenos de cortos (qué bohemio suena) y otros lugares inconfesables por evidentes (cómo si no lo fuera todo lo anterior).

Un año en el que mujeres hubo, que fueron y vinieron, que volvieron -como carta o como casualidad de la vida, eso da igual- pero a las que, como buen truhan, como buen señor, por su bien y por el mío, y sobre todo, por hacer honor al destino, “bebo y olvido”. Porque yo amo la vida, y amo el amor. El desamor es para los poetas y esos murieron hace tiempo. Si estoy enamorado debo aparentar que no puedo acordarme, porque a ella parece no importarle, y ante la indiferencia, como único antídoto nos queda el olvido.

Un año en el que me di cuenta de que por puñetera casualidad, cuando llegue la mujer de mi vida (si es que no ha llegado y se va, si es que no la dejé o dejo o dejaré pasar), me pillará con otra.

Un año en que tuve que enfrentarme a la dificil realidad de que me engaño a mí mismo, reiterada e implacablemente, y que no parece importarme lo más mínimo.

Un año en que seguí disfrutando de mis muy mejores amigos, no-amigos y enemigos en esa ciudad de expatriados llamada Madrid. Algunos se fueron, a realizar conquistas europeas o a descubrir contrastes andinos, pero la distancia es un camino de ida, y con fecha de regreso anticipada, todo se hace más soportable. Sigo creyendo que haber ido a caer en ese rincón de Leganés al que solo nosotros y los experimentos bioquímicos del Plus le dan algo de vida, es una de las mejores cosas de mi vida.

Un año en que quizás por el avance inexorable de la distancia y el tiempo, y por poder verlo desde fuera en perspectiva con el suficiente sosiego, he reafirmado la sensación de ser muy afortunado por los padres y el hermano que tengo, con sus manías y sus genialidades, con los momentos de tranquilidad y felicidad cómplice, con las inevitables broncas que hacen temblar las paredes y los malos tragos que quedan callados en la complicidad de estas cuatro paredes. Ahí quedan los últimos momentos que nos vieron vivir en San Juan 20, con un salón vacío y cuatro personas (y una perrita que ni con la edad endulza su carácter) comiendo bocadillos de lomo con pimientos, entre cajas y paquetes. El traslado de toda una vida hasta Ixer 20 (aaayyy payo, ¡arranca la flagoneta!) y la ilusión por seguir adelante. Gracias. Porque sois todo, y sin vosotros nada puede entenderse.

Comiendo en Ogeia el d�a de mi cumpleañosUn año en que seguir aprendiendo a pintar con la luz y disponer, al fin, de los pinceles necesarios.

En fín, son muchas las cosas que quedan en el tintero, algunas voluntaria y la mayoría involuntariamente, pero es lo que tiene el directo. Si no lo remiendo posteriormente, es por el respeto que tengo al presente -lo improvisado- y la profunda aversión hacia los guiones prestablecidos.

Un año que se va sin grandes aspavientos, con recuerdos de pequeñas y contínuas satisfacciones, muchos momentos de felicidad, alguna lágrima y varios proyectos de futuro (como este blog va del presente, permitidme la omisión de dichos proyectos). Agur, 2007, agur. No te echaré de menos, pero he de reconocerlo, lo hemos pasado muy bien juntos.




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