Archivos para 10/01/08

10
Ene
08

Momentos legendarios (I)

¿Quién dice que aquello de “todo tiempo pasado fue mejor” es mentira? ¡Ja! Que se lo digan a quien el 13 de julio de 1985 estaba en Wembley y vivió esto:

Aquí, ahora, ¿qué tenemos? Los conciertos de “Los 40 principales”.

How can I just let you walk away, just let you leave without a trace…

10
Ene
08

Perú, Perú…

Descubierto a la altura de Orcasitas, en el último Cercanias de vuelta a Leganés:

Hay mañanas en que me levanto, miro por la ventana, veo la cara del día y me niego terminantemente a recibirlo. Hay algo en él de turbio, de solapado, de mezquino, de hipócrita que me impide darle cabida. Son los días acreedores, los que llegan para llevarse algo y no para dejarnos algo. Les tiro entonces las puertas en las narices, como a cualquier vendedor de pacotilla o como a esos viejos conocidos que nos caen de improviso para que les firmemos un manifiesto o para reavivar una amistad ya extinguida. Días sellados, muertos, transcurren fuera de nuestra vida y nos confinan a la cavilación y al silencio. Pero a ellos les debemos quizás lo mejor de nosotros.

(147, Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro)

El libro me lo regaló Sergi, un buen amigo, a su regreso de Perú, donde se fue para unos meses. El texto ha tenido una doble función: por un lado, reconfortarme al saber que hay ciertos días en los que no soy sencillamente un holgazán, sino un escritor. Por otra parte, el separador del libro desvela que éste fue comprado en La Casa Verde. Ésta es una librería que, al menos cuando yo estaba en Lima, tenía un local muy centrico en la Avenida Larco, en Miraflores. Recuerdo mi primer día de libertad en aquella ciudad gris invadida por la garua, tras salir del hospital, cuando fuí con Antonio, María y Lucía a Miraflores -nos habíamos instalado en San Borja, y queríamos ver el mar-. Apenas sé nada de ninguno de los tres desde hace años, pero recuerdo aquel día con todo detalle. Lucía tambien había salido del hospital, ella lo había pasado mucho peor. Fuimos a pasear por Miraflores y tomar algo en alguna terraza del Larcomar. Esa no era quizás la Lima auténtica en sí, pero sí desde luego una parte de ella: la parte más grotesca (por ecléctica y barroca en su capitalismo). Y era lo que nos pedía el cuerpo, muy a pesar de nuestros bolsillos acostumbrados a los soles desde hacía mucho.

Camino a Larcomar, bajamos por la Avenida Larco y María quiso entrar en una bonita librería: La Casa Verde. Ojeamos libros mientras Antonio nos apresuraba: se iba por patas. Para cuando salimos y llegamos al paseo que bordeada los precipicios sobre los que caía la ciudad hasta la playa, ya no podía aguantarse más y se escondió tras un arbusto en pleno paseo. La cara de la niña bien de Miraflores que le descubrió aliviando sus necesidades nos hizo reir durante mucho tiempo. Tambien aquel dependiente mariposón de una agencia de viajes ubicada en la planta primera del Larcomar, mientras nos explicaba con una goma de borrar -simulando que ésta era un turista- cómo estaba organizado el camino inka, sus controles y puentes, y porque debíamos contratar por 300 dólares su paquete -incluía acceso, porteador, avituallamiento- y ni modo intentar colarnos en la ruta sagrada. Desde que conocimos los 210 dólares que costaba el permiso de acceso teníamos claro que no haríamos el camino y que, en caso de hacerlo, sería clandestinamente. Sin embargo, le dejamos explayarse a aquel limeño rollizo y de gafas redondas. Fue una tarde agradable.

Y todo esto lo recuerdo ahora, tres años y medio después, gracias a un pasaje de un libro que me regala un amigo, con el que coincidí muy lejos de aquel país que -me temo- a los dos nos ha cambiado, aunque rodeasemos sus cuadras, montasemos sus combis y saborearamos sus ceviches y pacaes en momentos y con ritmos diferentes. Gran parte de lo que soy es “por culpa de” y “gracias a” Perú y a quienes allí conocí.

Y ahora me acuerdo, y quiero volver. Pero el Atlántico está muy frío para nadarlo a estas alturas del año, y los billetes de avión, caros. Al menos disfruto con cada anécdota, cada recuerdo, cada apreciación del setabense, y es como si estuviera allí, de vuelta.




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