En la Residencia, el lunes tuvimos la oportunidad de escuchar a María Escudero, diputada socialista por Granada. Es psicóloga especialista en intervención social y tiene una larga trayectoria en lo que respecta a la lucha contra la violencia doméstica, como directora provincial del Instituto Andaluz de la Mujer. No he tenido tiempo para documentarme detalladamente de los logros de su gestión, pero he de decir que es una persona decidida y con una vitalidad envidiable.
Después de la charla, unos cuantos pudimos cenar con ella. Siempre he pensado que en un ambiente distendido, las ideas fluyen mejor si van animadas por algo de comida y un poco de vino. Anoche, la experiencia volvió a demostrarlo.

Tratamos muy diversos temas, desde la prostitución a la violencia de género, pasando por las polémicas cuotas en las listas electorales, consejos de administración, etc. Prevaleció, a lo largo de toda la charla, la peligrosa sensación de que problemas tan diversos se trataban como uno solo. Cierto es que tienen el mismo origen histórico -la discriminación hacia la mujer, la sociedad patriarcal- pero han vivido un desarrollo y evolución diferentes, y como tal deben ser analizados de forma diferente. En la pobreza de los países subdesarrollados hay un cúmulo de circunstancias históricas, pero cada lugar ha evolucionado de un modo diferente, y si se quiere atenuar la pobreza no puede uno quedarse en el análisis de los grandes motivos: tiene que avanzar -evidentemente sin olvidar el origen- hacia las consecuencias concretas y ver cómo solucionarlas. Así, a nadie se le ocurre culpar de las recesiones que ha vivido Bolivia al expolio de plata, minerales y capital humano que sufrió en la invasión española, aunque el origen de muchas de sus desgracias puede que esté ahí. Analizamos las balanzas comerciales, la inflación, la estructura productiva. Ello no quiere decir que olvidemos la historia, pero esa no podemos cambiarla. Lo mismo ocurre con los problemas que afectan a la mujer. Si se tratan como uno solo -y por tanto al mismo nivel- casos de discriminación laboral y otros de maltrato y asesinato, dificilmente podrán solucionarse.
Dicen que para erradicar los problemas hay que arrancarlos de raiz, pero cuando hablamos sobre la discriminación de la mujer, se trata de un árbol tan grande que, si no se le cortan primero las ramas una por una, no hay nadie capaz de arrancarlo desde dicha raiz.
Evidentemente, en el maltrato, la prostitución, la discriminación social, está implícito el desprecio que históricamente han sufrido las féminas. Pero si creemos que por ello hay que tratarlo como un único problema, hablamos de extirpar un lastre social, y ello conlleva varias generaciones. El problema es demasiado grave como para esperar varias generaciones de brazos cruzados, con tímidas lecciones de moralidad en las escuelas y campañas de concienciación estériles.
Me hace gracia la inamovible solución de nuestra clase política a los problemas más diversos: ponencias, y después, más leyes. Una ley de violencia de género, está genial, pero… ¿no sería mejor que tambien -y sobre todo-, el Estado se preocupase de hacer cumplir las leyes ya vigentes, en las que se contemplan como delito la agresión, el secuestro, el acoso, la violación, y en definitiva, todas las manifestaciones de la violencia doméstica? A veces me da la impresión – ojalá me equivoque- de que el Estado se demuestra incompetente a la hora de aplicar las leyes que rigen nuestra sociedad, incapaz de mantener un orden básico, y dado que tal incapacidad alcanza dimensiones vergonzosas -no olvidemos que el Estado es una maquina muy grande, que nos cuesta mucho dinero, y que tiene unos deberes que cumplir- tratan de solucionarlo con parches muy coloridos, llamativos, pero poco eficaces. Lo que la policía no puede o sabe solucionar, se arregla con una votación en el Parlamento y anuncios en televisión-
Bueno, pues resulta que uno trata de plantear esto, otorgando al problema la misma gravedad solo que planteando soluciones alternativas -ante el evidente fracaso de las iniciativas hasta ahora llevadas a cabo, con 70 victimas mortales en España en 2007 frente a las 68 del 2006 o las 62 del 2005- y le llaman machista. Le dicen que, inconscientemente, es machista porque se ha criado en una sociedad machista. Que todos los somos; “incluso yo” – apostilla alguna amiga- “porque la sociedad así me ha hecho”-. Me molesta esto especialmente, porque, partiendo de la base de que identificamos el mismo problema y con las mismas dimensiones, si uno es criticado por buscar otras vías, significa que quien critica se cree en posesión de la verdad universal, una especie de iluminación, y esto, a parte de ser ciertamente improbable, resulta cuanto menos bastante vanidoso.
Tambien me acusa una amiga de teorizar mucho; me dice que ella cuando piensa en violencia de género se acuerda de una familiar suya y de la posibilidad de que el hombre que duerme con ella y es padre de sus hijos la mate cualquier día. Me llamarán cínico, pero sintiendolo mucho, creo que la única manera de estructurar soluciones es manteniendo la cabeza fría. Yo vengo de un lugar donde hay familias divididas por un voto, donde han muerto personas por defender unas ideas. Si en vez de plantearme el problema fríamente, viendo su origen y buscandole soluciones, me dejase llevar por el recuerdo de quien para pasear a su perrita tiene que llamar al escolta, del nudo en el estómago de la humillación que supone agacharse para comprobar que los bajos del coche estén limpios, entonces, probablemente, hace tiempo que hubiese comenzado una guerra civil (aunque he de decir que yo no hubiese luchado, porque ninguna de las causas me es propia). Si dejamos que los impulsos se sobrepongan a la razón, hemos perdido la batalla.
En la cena del lunes, tuve inquietante sensación de que tod@s l@s que participaban en aquella discusión -excepto la propia Escudero y alguna compañera – repetían una cantinela sobre la que no habían reflexionado en profundidad. Saben, su intuición -o la experiencia- les dice que estamos ante un problema inmenso y repulsivo, pero no se han planteado las soluciones más allá de jalear y aplaudir a aquellos políticos que se han autonombrado defensores únicos de las víctimas. No fue dificil escuchar, en boca de universitari@s, frases como “pues no, porque eso está muy mal, porque es así” y respecto a medidas polémicas como las cuotas en las listas electorales “pues porque tiene que ser así, y ya está”.
Por favor. Un poco de rigor. Estamos de acuerdo en el problema -si no lo estuvieramos, entonces sí que sería grave-. Ahora solo falta que nos pongamos de acuerdo en la solución. Pero para eso hace falta escucharse, discutir, reflexionar. No hay tiempo, evidentemente, para debates eternos. Pero tampoco para soluciones que, más que soluciones, son cuentos.
P.D: Sobre las cuotas, la prostitución… Hablamos otro día.
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