Archivos para 18/01/08

18
Ene
08

Una super-abuela: la mía.

Creo poder afirmar, sin demasiado miedo a equivocarme, que las tres personas que más han influido en mi vida, y en consecuencia en mi manera de ser, son mis padres y mi abuela.

Aita, por sus broncas y su complicidad. Aunque cuando se pone a chillar tenemos que sujetar las paredes de la casa para que no se venga abajo, esto es algo que soportamos con relativa calma, porque tanto ama como yo tenemos el mismo fallo de fábrica -Alvaro no, mi hermano tiene una capacidad casi japonesa de permanecer impasible ante todo-. Con mi padre comparto en gran parte la manera de ver el mundo, y por ello tenemos una complicidad que no requiere de muchas palabras o gestos.

Ama, por su parte, en esos largos paseos que dabamos por los caminos de Arazosas, entre pinos y robles, desde Bizkargi hasta Autzagane -pasando por el refugio abandonado y por el estanque de los peces rojos- me guió en las reflexiones que me llevarían a decidir estar hoy aquí, escribiendo en esta ciudad con apuntes de Econometría en la mesa. De ella he aprendido a escuchar a los sentimientos y saber darles la debida importancia. No me importa decir que extraño cada día aquellos paseos después de comer, escuchando solo pajarillos y a nuestra perra alborotando a los desprevenidos animales de algún caserio.

Luego está mi abuela, que es el motivo de que escriba hoy esta entrada: cumple 80 años. No se imagine ningún lector la imagen de una señora mayor que a duras penas lleva en una mano la bolsita de recados del mercado mientras con la otra sujeta el bastón. No, mi abuela desafía todas las leyes de la cronología física. No tiene reparo alguno en marcharse de ruta por los glaciares argentinos, y si se lo plantean, recorrerse Egipto hasta llegar a una escuela en un pueblito nubio en Sudán. Me hubiese encantado acompañar esta entrada de una fotografía tomada en aquel último viaje, para que se entendiese a lo que me refiero cuando digo que lo de su edad debe ser alguna broma pesada de un funcionario del Registro. Es una señora de mente y espíritu libres: conservadora y antimonarquica, creyente y anticlerical, una victoria de la razón sobre la ideología. Solo le pide a la vida salud para que sus piernas le sigan llevando allá donde la curiosidad le pida, y afortunadamente, ésta le es concedida de buena gana.

De mi abuela lo he aprendido casi todo. Ella quiso estudiar Medicina, pero no le dejaron porque en su época solo podía estudiarse en Madrid: como era mujer, su padre no quería que se fuese sola a la ciudad. Así que se conformó con Enfermería en Bilbao, donde se diplomó. Nunca llegó a ejercer. Con el tiempo tuvo clara su vocación, y estando más cerca de los cincuenta años que de los 30, volvió a las aulas para licenciarse en Historia. Cuando escucha noticias sobre la situación de las aulas en la actualidad, no llega a comprenderlo del todo. ¿Por qué os cuento esto? Porque es un ejercicio, para tratar de comprender lo que ella me ha dado a cambio de nada. Desde que siendo un crío que apenas levantaba un metro del suelo, nos contaba a mi prima y a mí, paseando por las playas del sur, cómo se suicidaron Cleopatra y Marco Antonio, las epopeyas de Napoleón y su ocaso en Santa Helena. La Historia era para ella un drama ameno, el mundo su escenario, y así nos lo transmitió. Ella me enseñó quienes fueron Van Gogh, Hitler, Assurbanipal, Atila, Gaughin, Chillida, Baroja, Abraham Lincoln, Isabel la Católica. De ella aprendí, y siempre como si la vida fuese un bonito cuento digno de ser contado con todo el entusiasmo, lo mejor y lo peor de la Humanidad a través de su memoria, eso que llamamos Historia. Nunca, nunca olvidaré el día que entramos de la mano en Les Invalides y, cómo anticipandome lo que estaba a punto de ver, me confió al oído:

- Napoleón era un chiquitajo, pero su tumba es como una onza de chocolate gigante, ya verás…

Y me apretó la mano fuerte la mano, como diciendome: estás aquí, aprovechalo.

Cuando le digo a la gente que me voy a Rumanía, y si me dejase la burocracia mundial que conspira contra mi derecho al libre desplazamiento, hasta Moscú, mientras otros claman por mi locura y piden que el destino se apiade de mi integridad física, a ella se le abren los ojos como platos y se le ilumina la mirada.

- Moscú…

Ella ha sido mi defensora en todos y cada uno de los proyectos que he emprendido, desde que a los 16 años casi me escapé a Perú con una pequeña mochila y gran ilusión (que no viene de iluso, aunque tambien sería aplicable al caso) hasta que decidí saltar a Madrid en busca de algo, sin saber exactamente qué. Ella ha sido el principal acicate para mi curiosidad, ese virus que desde la más tierna infancia me inoculó y ha ayudado a mantener. Todo lo mejor que no he abandonado de mi infancia es, en gran parte, debido a su actitud positiva y decidida ante los retos y los proyectos.

Ha sido y es mentora, asesora, mecenas, crítica, guía, refugio, impulso, confidente. Cómplice desde que empecé a hablar, leer y escuchar (creo que ocurrió en ese orden).

Por ello, y por el día a día, gracias infinitas. Y felicidades.

En la foto, nuestra madre y nuestra abuela, en la playa de Laga. La foto es de este otoño.




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