Bonito día el de ayer. Por la mañana, muy pronto, imaginando al librero de barba poblada, sonrisa sincera y catálogo interminable que alguna vez hubo de ocupar aquel local de Getafe donde hoy solo queda un rótulo de madera abandonado al tiempo, una bella dama me acusó -saltándose toda presunción de inocencia- de tener demasiada imaginación. En aquel momento le perdóne la vida porque, en el fondo, aquello era un halago y sobre todo porque sospecho que mi vida mañana supondría más rutina (¡más todavía!) y tendría menos color si ella no estuviera. Además la pobre está ya un poco mayor, y estas cosas, a la gente anciana, hay que perdonarselas.
Luego, a última hora de la tarde, en la cafetería de la Facultad, Clara me advirtió que no soy el único que convive con un pingüino y se atreve a relatarlo. Yo no sabía nada de que alguien hubiese escrito ya su historia con el pingüino, pero me entristeció profundamente saber que incluso cuando creemos estar creando, solo rebuscamos en lo pasado.
A la noche me empaché con galletas napolitanas, nuevamente, y estudié planteamientos raros que llaman problemas (del consumidor, de la empresa, etc.) pero que no son más que una sucesión cuasi-infinita de obviedades formalizadas matemáticamente a las que los economistas se empeñan en denominar “materia de estudio”.
Y todo esto, ¿a qué viene? Bueno, son los argumentos que expongo en mi legítima acusación. Porque si soñar con librerías antiguas en un dulce momento mañanero, convivir con pingüinos fanfarrones y comer cantidades ingentes de galletas supone ser un niño, entonces me declaro culpable, con todas sus consecuencias.






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