Hace tres horas era un ignorante; ahora, pasada la una de la madrugada, me atrevo a encender el ordenador porque sé que soy un hombre más sabio.
Sé lo que es un intervalo de confianza, un contraste de hipótesis. Y ello me da otra visión del mundo, con matices más sublimes, más completa.
Como las horas y horas de discusión de sobremesa que comenzaron a despuntar anoche y que hoy, entre ensalada -tomate, queso fresco y albahaca- y entrecott, han confirmado que nos encontramos en exames. No sé por qué, pero las discusiones más entretenidas y apasionadas nacen en estas fechas. Todo ha empezado con una tranquila charla con Diego, compañero del Despacho de Cultura, reprochandole que quiera traernos a la Residencia a ciertos personajillos oscuros del panorama política nacional. Hemos terminado con quince personas atendiendo a una lucha de titanes (Diego, Tomás, Vellisca y un servidor, con Miki como invitado estrella) sobre la universidad y el equipo rectoral, entre otras muchas muchísimas cosas. Si no hemos discutido sobre el color del cielo no ha sido porque nos resultase obvia la solución; con algo más de tiempo, hubiesemos llegado a pelearnos por lo azul del mismo (personalmente opino que, si alguien en Madrid se atreve a calificar el cielo de azul, es porue no conoce el mar cantábrico el día después de una tormenta de verano).
Hablar, rebatir, gritar, y de vez en cuando, lanzar algún trozo de pan. (Escuchar alguna burrada tambien, pero esas las ahorro, no son necesarias profanaciones de tal índole en este templo).
Me encanta la época de examenes. Y a efectos prácticos, ha comenzado hoy.
P.D.: Feliz, a pesar de que nadie sabía quien fue Kropotkin…





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