Bueno, aquí estoy: el inevitable exilio se consumó, y esta habitación 213 vuelve a sentirse un poco huerfana. Ya nadie acaricia los cojines, ni dobla cuidadosamente la manta de colores que yo descuidadamente había tirado al sofá. Imposible, por más que busque y rebusque en los pocos rincones de este habitáculo, encontrar dos ojos que remolonean y se cierran, entregandose al sueño vago. No queda nada, más que hueco y silencio.
Así que, después de unos ejercicios de microeconomía, y antes del paseito a la piscina, llegó el momento de contar una historia. ¿Alguien, siquiera aquella anciana a la que afortunadamente perdoné la vida, recuerda el librero de barba poblada, el rótulo abandonado, la librería misteriosa?
La semana pasada, volviendo una noche por aquellas calles de Getafe, paré a observarla. Dice el rótulo, madera reseca, mal sujeta por clavos que indudablemente sucumbirán mas pronto que tarde:
LIBRERÍA SILVERIO LANZA
Las estrechas ventanas de la librería miran a las tapias de lo que antes era el Cuartel de Artillería y hoy es nuestra universidad. Tengo entendido que en la parte más cercana a la librería, donde ahora se levanta la biblioteca y se ubican las pistas de tenis, era donde estaban las pocilgas. Todo eso da igual, porque hoy solo queda una entrada trasera a la universidad, una callejuela llena de coches mal aparcados y donde a duras penas pasan los autobuses verdes de la EMT.
En aquel rincón se constituyó un templo de la sabiduría, y ninguno de los alumnos que pasan a toda prisa camino de la copistería parece saberlo. He tratado de buscar algo más sobre aquel lugar, con las lógicas limitaciones impuestas por las exigencias académicas, y apenas un nombre, alguna referencia. El librero se llamaba (¿se llama?) Emilio García Gómez -como el arabista- y en aquel bajo de un edificio simple y vetusto dió alas a un movimiento cultural que, posiblemente, no tenga equiparables hoy en la zona, aunque varios miles de estudiantes nos enclaustremos diariamente a su vera.
Cuando pasen los examenes, cuando regrese de Rumanía, intentaré contactar con alguna de las personas que desde allí se sumergió en el revuelto y cálido mundo de la literatura. Intentaré conseguir la llave de aquel lugar, echar un vistazo.
De momento, me voy a la piscina. A ver si ahogo la morriña.





Que triste abandonar los libros.
Casi un epitafio tipo “él nunca lo haría”
¿Rumanía?
Success with the exams!
Nice!!!!…por cierto, ¡holaaaaaa!Con lo mucho que escribes y todavía estoy esperando algún e-mail…