… todos mis castillos son de arena, todo lo que sueño es tan fragil, todo lo que bebo es tu ausencia”
Se terminaron los examenes. A pesar de que en los últimos cinco días he tenido que enfrentarme a cuatro examenes, y que mi cuerpo pide a gritos un descanso que en cuanto termine estas palabra
s voy sin duda a concederle, lo cierto es que ahora mismo me siento algo huerfano y perdido. Siempre he sostenido que los exámenes, viviendo en un Colegio Mayor, son una época bonita. Porque se conviven más horas, porque se arriman más los hombros y llega un momento en que los aprobados y suspensos son compartidos, y uno espera las notas de los amigos con una ansiedad similar a la que espera la sentencia propia. Si un amigo regresa de la Universidad con cara de derrota y diciendo que ha hecho un examen pésimo, el fracaso es, hasta cierto punto, compartible y compartido por todos. Son ya casi legendarias las noches en vela sentados en las incómodas sillas del comedor, los descansos que -no exagero- superan en horas al tiempo dedicado al estudio. Son muchas horas de cafés, de charlas intrascendentes, o charlas profundas y sinceras. Son horas en las que un amigo, cuando le confiesas ese secreto que guardabas como tesoro único, te dice:
- Pues la verdad, yo tambien tengo que contarte algo…
Académicamente, el toro de los suspensos ha empitonado a la mayoría y los ánimos del grupo vuelan a ras del suelo, y sin embargo, llegando marzo, estamos mucho más unidos que antes de irnos a nuestras casas en Navidades. Quizás yo lo vea así porque finalmente conseguí evitar el arrebato academicida de muchos profesores incapaces de comprender el espíritu juvenil y creativo del que somos depositarios más allá de las puertas de la Facultad, pero lo cierto es que el balance no puede ser negativo, porque juntos hemos llorado sin lágrimas y hemos reido a mandíbula batiente, y somos, posiblemente, más nosotros y menos yo.
Hay quien dice que la amistad y el amor nos vuelven más débiles, y probablemente tenga razón, pero tambien nos hacen más felices, y si ese es el precio a pagar, un servidor está más que dispuesto a asumirlo.
Y todo esto lo digo aunque en realidad, estos examenes han sido lo más diferente posible a una típica época de examenes. Por diferentes motivos -en realidad, para qué engañarnos, por un único motivo con nombres y apellidos- he pasado bastantes menos horas entre estas paredes y cuando lo he hecho ha sido sin que la concentración se atreviera a invadir mi masa cerebral. Hay momentos de la vida en que unos minutos compartidos so pretexto de un café se convierten, paradójicamente, en una lucha contra el mismo tiempo, y aún siendo plenamente consciente de que la derrota es el único destino posible, seguimos jugando peligrosamente, hacia adelante. Al final, voy a terminar creyendome aquello de que lo importante no es la meta sino el camino. Y lo cierto es que el camino, diga lo que diga la razón, el sentido común, las convenciones sociales, y todos los pretextos que el entorno nos sirve en bandeja para excursanos, ha sido muy bonito. Y espero que siga siendolo, más bonito, cada día, con cada café, y cada bola de migas de pan que se estrelle contra terceras personas inocentes, y con cada minuto robado al día o a la noche.
Es curioso, porque de repente uno descubre, como suele comentar el colega Fito – que en Mugica vive cerca de las vías- que la alegría y la tristeza viajan en el mismo tren. Desmenuzaría aquí cada miedo y cada ilusión, pero en el punto de inflexión en el que me encuentro, uno de los cambios propuestos es no traspasar en este blog, sentimentalmente hablando, los límites de intangible. Antes, revisando las estadísticas, he visto por sorpresa que en pocos días, y tras año y medio de vida, la página está a punto de alcanzar 50.000 visitas. Y tantas visitas que entran sin llamar son demasiadas para desgranar cualquier cosa que, aparte de a un servidor, afecten a otra persona. Así que me llevo la incomprensión, el amor, la rabia, la esperanza y los buenos recuerdos como parte del equipaje para mi próximo viaje, no vaya a ser que algún desaprensivo me los robe antes de que regrese.
Porque me voy. Mañana a estas horas estaré en el aeropuerto, esperando para subirme a un avión que me llevará a Bucarest, esa ciudad que Ceaucescu destrozó y reconstruyó como si de su jardín particular se tratara. Rumanía, hogar y patria abandonada de muchos de nuestros vecinos. Nos vamos una docena larga -muy larga- de amig@s de clase, mochila al hombro y kilómetros de vía por delante. El plan de viaje es patearnos Rumanía, para de allí plantarnos en un salto en Budapest, y en otro salto, atravesando Hungría, llegar hasta Viena. Desde Viena mis compañeros se vuelven a casa, pero un servidor va a alargar unos pocos días el periplo para llegar hasta Berlin, donde se ha exiliado voluntariamente a través de ese invento burocrático denominado “beca Erasmus” un buen amigo, el que fuera mi compañero de aventuras y desventuras en los años anteriores que pasé en el Colegio Mayor: Felix Coloma, un rubio que tiene la boca casi tan grande como el corazón. Y esto lo digo en sentido metafórico, pero solo un poquito.
Hace tiempo escribí en estas páginas:
Yo seguiré defendiendo nuestro derecho a dormirnos al sol en cualquier playa a la que el mar pueda llevarnos, en cualquier lugar donde podamos seguir inventando historias de naufragos de arena sin más pasaporte que nuestros miedos e ilusiones.
Miedo, en esta vida, solo tengo a dos cosas, y una de ellas es la muerte -cuando ésta llegue, me temo, no tendré mucho tiempo para asustarme-. Ilusiones, sin embargo, tengo a toneladas, como para compartirlas a granel. Por lo que creo que, estas semanas que viene por delante, cruzaré muchas fronteras, y no todas ellas dibujadas en un mapa.
En un plano más material, he tenido que enfrentarme a la dificil realidad de configurar la mochila que será mi única y fiel compañera desde el primer hasta el último día. Es la misma mochila verde de Panama Jack que tengo desde el día que nos reunimos en Indautxu los vizcainos que ibamos a participar en Ruta Quetzal, hace ya cinco años. Aquel día el padre de Laura nos repartió unas mochilas que, al menos en mi caso, no debían ser muy conscientes del camino que les quedaba por hacer. Con el monigote de Panama Jack a la altura del culo y el escudo del Athletic cosido en la seta, este saco de 60 litros ha recorrido lugares tan diferentes como Escocia, República Dominicana, Bosnia, Brasil, Polonia, Alemania, Grecia, Perú, Italia, Irlanda, Puerto Rico… Y los que le quedan. Hace tiempo que, con la complicidad de mi madre, reforzamos las costuras con silicona y zurzimos los pequeños agujeros. Desde entonces, ese zurrón repleto de cremalleras, bolsillos y enganches se ha convertido en visitante privilegiado de algunos de los más increibles rincones del planeta. Ha descansado en el Hotel Balmoral de Edimburgo, en casas okupas, en playas caribeñas, en trenes de tercera y en autobuses que se parecían más a naves espaciales que a vehículos con ruedas. Esta mochila, en definitiva, ha seguido una vida paralela a la mía. Ha aceptado con la misma facilidad las cinco estrellas de un hotel y las infinitas estrellas de dormir al aire libre. Y sigue haciendolo.
Nuestra madre, seguramente, no era muy consciente de las implicaciones que tenía convertir la mochila en un saco irrompible cuando decidió ayudarme a hacerlo.
Y hoy vuelvo a rellenarla, en ese ritual mágico. La composición de la mochila será aproximadamente la que sigue:
- Equipo fotográfico: 55% de la mochila.
- Saco de dormir: 15%
- Útiles de higiene: 5 %
Con lo que queda un 25% de la mochila para ropa y otras cosas secundarias. Un colega de viajes me dijo en cierta ocasión que si llevas los calzoncillos limpios y los calcetines secos, entonces es que estás limpio, y todo lo demás da igual. Como ese amigo es un gran viajero, en Perú me salvó de varios líos y en la selva me demostró su sabiduria, qué otra opción tengo que hacerle caso. Como calzado, el que lleve puesto. Pantalones, lo mismo. Anoche me inquirían: ¿y si se te rompen los pantalones? Bueno, en ese caso, entro al primer supermercado y me compro otros. Así de facil. Camisetas las justitas y ropa de abrigo -que en Bucarest para mañana se preven máximas de 1º grado y mínimas de -4º) de montaña, que ocupa poco y calienta mucho.
He decidido prescindir, para este viaje, de utensilios secundarios como maquinilla de afeitar o reloj, con lo que viajaré previsiblemente más ligero.
Llevo, como equipaje obligado, un cuaderno y varios boligrafos -lleve los que lleve, nunca sobrevive más de un boligrafo, nunca- y un par de libros para cuando me quede solo y necesite compañía en las horas de tren. Los elegidos han sido Paz y Guerra, de Lev Tolstoi, y Rayuela, de Julio Cortazar.
Así que me despido, si es que no lo hice ya de alguna de las personas de quien debía hacerlo, con la siguiente recomendación. Es una lista de rolas imprescindibles (no me hago responsable de si alguna gran canción va acompañada de un pésimo video):
- Copa rota (Los Rodriguez)
- New Shoes (Paolo Nutini)













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