Hoy todo está gris y mojado. Mientras tomabamos el café en los sofás del comedor, les he dicho a Apolo y Marquitos:
- Ey, hay una canción que dice…
Gravity is working against me
and gravity wants to bring me down…
Oh I’ll never know what makes this man
With all the love that his heart can stand
Dream of ways to throw it all away
Como no querían seguir escuchando, me he fijado en el jardín, a través de la cristalera. Se veían gotitas de agua resistiendose a caer cristal abajo, charcos en el cesped, ahora mismo veo dos viandantes parapetados bajo sus paraguas negros.
Y me recuerda un poquito a los días de invierno en Euskadi, cuando aita traía bollos de Ayarza y nos tapabamos con las mantas para no hacer nada en toda la tarde… O cuando ama, armandose de todo valor, nos llevaba a mi hermano y a mí (por aquel entonces, imberbes sin carnet de conducir) a Laga para que pillasemos unas olas, y terminaba la mañana con un chocolate con tostadas en el bar de Merche… Aquellos días que tenían como espectador omnipresente a la lluvia, sin que nos importase demasiado.
Hoy llueve en Leganés, y aunque no vea descampados, ovejas y bosque desde la ventana, me siento un poco más cerca de casa, del norte, de esa muralla de bosque y roca que choca contra el mar. No son unas fronteras: son unos colores, unos recuerdos, unas sensaciones. Puedo ir a Ortigueira, a Llanes, y quedarme allí para siempre, porque los días de invierno -y de verano- serían los mismos. Pero, ¿Leganés? ¿Madrid? Serán siempre lugares de paso…
Ayer, de cualquier modo, el día fue más claro. Al anochecer, desde esta ventana se veía, sin artificio posible, el siguiente espectaculo:
Y es que tal y como dice mi colega Bill, “There’s Treasure everywhere“. Solo hay que mirar bien-






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