
La distancia, sin florituras, es esto. Se han terminado los examenes, empaqueto los últimos apuntes y ya todo es verano.

La distancia, sin florituras, es esto. Se han terminado los examenes, empaqueto los últimos apuntes y ya todo es verano.
Recien regresado de Madrid; no sé si porque el curso se acaba o porque hoy ha sido un día con una despedida educada que no debía serlo, pero cuando el autobús medio vacío llegaba a Bilbao, de noche, me sentí como en muchas otras ciudades a las que llegaba viajando solo: desamparado, perdido y con el temor -irracional, incontrolable- que me nace en el estómago cuando sé que nadie espera allí donde estoy llegando. Con la diferencia de que ésta, se supone, es mi casa.
Al llegar y chequear el correo electrónico… un colega… un video… Sí, yo de mayor quiero ser como él:
No todo son despedidas. No todo son puertas que se cierren sin saber si volverán a abrirse. Tambien resulta que aparecen nuevos horizontes…
Suenan palabras de Molotov, y sobre la mesa, una carta de aceptación del Tecnológico de Monterrey para estudiar allí el próximo curso. Así que…
¡ Viva México cabrones!
Conversación en un parque arrinconando de Leganés, atípicamente tranquilo y bonito. Cantante de boleros. ¿Por qué no? En casa nos criamos con las letras y la voz envolvente de Armando Manzanero; quizás de ahí el romanticismo de patente caducada, quién sabe… La cuestión es que uno se cree los boleros, y el cantante que se cree sus propias letras está condenado al fracaso (si es capaz de salvarse del ridículo…). Así que arrinconamos la vocación a la esquina más húmeda de la ducha.
Los primeros días en casa (sí, resulta que en el fondo, aquella es mi casa…) una vez hemos comenzado la temporada de playas, han sido tristes. Tristes, porque uno se ha acostumbrado a ser no uno mismo, sino parte de, y cuando pasan las horas, currando y con la cabeza entretenida pero con el pensamiento latente, echa de menos las triquiñuelas por conseguir un café, unos minutos, una sonrisa (los días soleados y sin examen cerca…) y, de puro casual, alguna noche de sofá o desayuno a destiempo.
Pero desde el 7 de junio, solo hay talkies que suenan por el canal de zona 6, aperturas de puesto, alguna bronca del jefe. ¿Sol? ¿Chicas guapas en bikin? ¿Kilometros de complicidad en la furgoneta de Cruz Roja, charlando con Nayi y convenciendonos mutuamente de los desagradecido que es el curro de coordinador? Claro que sí. Esos momentos que hacen que cada verano en esto del socorrimos (y vamos camino del lustro) sea un momento irrepetible de nuestras vidas. Pero tambien está el mar. El mar solo. El mar. Sólo.
Tengo demasiado apego al presente como para mirar al futuro, pero lo cierto es que, cuando el presente no da más de sí y el pasado resulta demasiado confuso para detenerse en él, la única opción viable es levantar la vista y decir:
Se nos ha escapado de entre las manos otro año, un año bonito, un año con sobresaltos, con alguna lágrima, con ocasiones desperdiciadas que no sé si alguna vez seremos capaces de perdonarnos. Pero eso es ya agua pasada, a pocas horas de alejarme varios cientos de kilómetros de distancia esta ciudad que me ha visto crecer (habrá que decir madurar…).
Aquí vivimos las borracheras más sucias junto a los amigos más fieles, a quienes contamos las aventuras más oscuras. Aquí cubrimos de silencio complicidades, camuflamos en miradas compartidas aquello que solo era pensamiento indiscreto. En Madrid, ciudad que concuerda, sin problemas, con las palabras examen, sudor, calor, otoño, mojito, frío, apuntes, jardín, museo, contaminación, amante, ensayo, locura, tedio, taxi, euforia, café, noche, día, más noche y otro día.
Supongo que llegará el día en que nos reprochemos no haber salido aquel martes, no haber comenzado a estudiar antes, no haber ido a tal museo, no haber pedido perdón a aquel amigo, no haber sabido dar el paso antes, o después, no haber…. Supongo. Llegará. La cuestión es que cuando uno cree haberlo dado todo, da igual cuánto haya recibido a cambio, porque es un juguete del destino, un juguete roto sin demasiada utilidad.
Entrar en una cafetería con la secreta esperanza de que te dejen allí encerrado para siempre. Pero cuando se hace de noche y terminan de recoger las mesas de alrededor, una amable señora viene a pediros que os vayais. Luego te comentan que eso es la vida, y no te queda más remedio que creerlo. Que todo tiene hora y nombre y límites y un por qué, aunque no te lo den, y si no te gusta, te vas a a otro lugar.
No sé, la verdad, dónde estaré cuando septiembre acabe. Sí sé dónde y con quíen me gustaría estar. Aunque eso no importe.
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