Archivos para la Categoría 'Amigos'

04
Jun
08

La vida real, mañana…

Tengo demasiado apego al presente como para mirar al futuro, pero lo cierto es que, cuando el presente no da más de sí y el pasado resulta demasiado confuso para detenerse en él, la única opción viable es levantar la vista y decir:

Ositos de gominola mirando por la ventana- ¿Y mañana?

Se nos ha escapado de entre las manos otro año, un año bonito, un año con sobresaltos, con alguna lágrima, con ocasiones desperdiciadas que no sé si alguna vez seremos capaces de perdonarnos. Pero eso es ya agua pasada, a pocas horas de alejarme varios cientos de kilómetros de distancia esta ciudad que me ha visto crecer (habrá que decir madurar…).

Aquí vivimos las borracheras más sucias junto a los amigos más fieles, a quienes contamos las aventuras más oscuras. Aquí cubrimos de silencio complicidades, camuflamos en miradas compartidas aquello que solo era pensamiento indiscreto. En Madrid, ciudad que concuerda, sin problemas, con las palabras examen, sudor, calor, otoño, mojito, frío, apuntes, jardín, museo, contaminación, amante, ensayo, locura, tedio, taxi, euforia, café, noche, día, más noche y otro día.

Supongo que llegará el día en que nos reprochemos no haber salido aquel martes, no haber comenzado a estudiar antes, no haber ido a tal museo, no haber pedido perdón a aquel amigo, no haber sabido dar el paso antes, o después, no haber…. Supongo. Llegará. La cuestión es que cuando uno cree haberlo dado todo, da igual cuánto haya recibido a cambio, porque es un juguete del destino, un juguete roto sin demasiada utilidad.

Entrar en una cafetería con la secreta esperanza de que te dejen allí encerrado para siempre. Pero cuando se hace de noche y terminan de recoger las mesas de alrededor, una amable señora viene a pediros que os vayais. Luego te comentan que eso es la vida, y no te queda más remedio que creerlo. Que todo tiene hora y nombre y límites y un por qué, aunque no te lo den, y si no te gusta, te vas a a otro lugar.

No sé, la verdad, dónde estaré cuando septiembre acabe. Sí sé dónde y con quíen me gustaría estar. Aunque eso no importe.

17
Feb
08

“Todo se derrumba y es tan facil…

… todos mis castillos son de arena, todo lo que sueño es tan fragil, todo lo que bebo es tu ausencia”

Se terminaron los examenes. A pesar de que en los últimos cinco días he tenido que enfrentarme a cuatro examenes, y que mi cuerpo pide a gritos un descanso que en cuanto termine estas palabras voy sin duda a concederle, lo cierto es que ahora mismo me siento algo huerfano y perdido. Siempre he sostenido que los exámenes, viviendo en un Colegio Mayor, son una época bonita. Porque se conviven más horas, porque se arriman más los hombros y llega un momento en que los aprobados y suspensos son compartidos, y uno espera las notas de los amigos con una ansiedad similar a la que espera la sentencia propia. Si un amigo regresa de la Universidad con cara de derrota y diciendo que ha hecho un examen pésimo, el fracaso es, hasta cierto punto, compartible y compartido por todos. Son ya casi legendarias las noches en vela sentados en las incómodas sillas del comedor, los descansos que -no exagero- superan en horas al tiempo dedicado al estudio. Son muchas horas de cafés, de charlas intrascendentes, o charlas profundas y sinceras. Son horas en las que un amigo, cuando le confiesas ese secreto que guardabas como tesoro único, te dice:

- Pues la verdad, yo tambien tengo que contarte algo…

Académicamente, el toro de los suspensos ha empitonado a la mayoría y los ánimos del grupo vuelan a ras del suelo, y sin embargo, llegando marzo, estamos mucho más unidos que antes de irnos a nuestras casas en Navidades. Quizás yo lo vea así porque finalmente conseguí evitar el arrebato academicida de muchos profesores incapaces de comprender el espíritu juvenil y creativo del que somos depositarios más allá de las puertas de la Facultad, pero lo cierto es que el balance no puede ser negativo, porque juntos hemos llorado sin lágrimas y hemos reido a mandíbula batiente, y somos, posiblemente, más nosotros y menos yo.

Hay quien dice que la amistad y el amor nos vuelven más débiles, y probablemente tenga razón, pero tambien nos hacen más felices, y si ese es el precio a pagar, un servidor está más que dispuesto a asumirlo.

Y todo esto lo digo aunque en realidad, estos examenes han sido lo más diferente posible a una típica época de examenes. Por diferentes motivos -en realidad, para qué engañarnos, por un único motivo con nombres y apellidos- he pasado bastantes menos horas entre estas paredes y cuando lo he hecho ha sido sin que la concentración se atreviera a invadir mi masa cerebral. Hay momentos de la vida en que unos minutos compartidos so pretexto de un café se convierten, paradójicamente, en una lucha contra el mismo tiempo, y aún siendo plenamente consciente de que la derrota es el único destino posible, seguimos jugando peligrosamente, hacia adelante. Al final, voy a terminar creyendome aquello de que lo importante no es la meta sino el camino. Y lo cierto es que el camino, diga lo que diga la razón, el sentido común, las convenciones sociales, y todos los pretextos que el entorno nos sirve en bandeja para excursanos, ha sido muy bonito. Y espero que siga siendolo, más bonito, cada día, con cada café, y cada bola de migas de pan que se estrelle contra terceras personas inocentes, y con cada minuto robado al día o a la noche.

Es curioso, porque de repente uno descubre, como suele comentar el colega Fito – que en Mugica vive cerca de las vías- que la alegría y la tristeza viajan en el mismo tren. Desmenuzaría aquí cada miedo y cada ilusión, pero en el punto de inflexión en el que me encuentro, uno de los cambios propuestos es no traspasar en este blog, sentimentalmente hablando, los límites de intangible. Antes, revisando las estadísticas, he visto por sorpresa que en pocos días, y tras año y medio de vida, la página está a punto de alcanzar 50.000 visitas. Y tantas visitas que entran sin llamar son demasiadas para desgranar cualquier cosa que, aparte de a un servidor, afecten a otra persona. Así que me llevo la incomprensión, el amor, la rabia, la esperanza y los buenos recuerdos como parte del equipaje para mi próximo viaje, no vaya a ser que algún desaprensivo me los robe antes de que regrese.

Porque me voy. Mañana a estas horas estaré en el aeropuerto, esperando para subirme a un avión que me llevará a Bucarest, esa ciudad que Ceaucescu destrozó y reconstruyó como si de su jardín particular se tratara. Rumanía, hogar y patria abandonada de muchos de nuestros vecinos. Nos vamos una docena larga -muy larga- de amig@s de clase, mochila al hombro y kilómetros de vía por delante. El plan de viaje es patearnos Rumanía, para de allí plantarnos en un salto en Budapest, y en otro salto, atravesando Hungría, llegar hasta Viena. Desde Viena mis compañeros se vuelven a casa, pero un servidor va a alargar unos pocos días el periplo para llegar hasta Berlin, donde se ha exiliado voluntariamente a través de ese invento burocrático denominado “beca Erasmus” un buen amigo, el que fuera mi compañero de aventuras y desventuras en los años anteriores que pasé en el Colegio Mayor: Felix Coloma, un rubio que tiene la boca casi tan grande como el corazón. Y esto lo digo en sentido metafórico, pero solo un poquito.

Hace tiempo escribí en estas páginas:

Yo seguiré defendiendo nuestro derecho a dormirnos al sol en cualquier playa a la que el mar pueda llevarnos, en cualquier lugar donde podamos seguir inventando historias de naufragos de arena sin más pasaporte que nuestros miedos e ilusiones.

Miedo, en esta vida, solo tengo a dos cosas, y una de ellas es la muerte -cuando ésta llegue, me temo, no tendré mucho tiempo para asustarme-. Ilusiones, sin embargo, tengo a toneladas, como para compartirlas a granel. Por lo que creo que, estas semanas que viene por delante, cruzaré muchas fronteras, y no todas ellas dibujadas en un mapa.

En un plano más material, he tenido que enfrentarme a la dificil realidad de configurar la mochila que será mi única y fiel compañera desde el primer hasta el último día. Es la misma mochila verde de Panama Jack que tengo desde el día que nos reunimos en Indautxu los vizcainos que ibamos a participar en Ruta Quetzal, hace ya cinco años. Aquel día el padre de Laura nos repartió unas mochilas que, al menos en mi caso, no debían ser muy conscientes del camino que les quedaba por hacer. Con el monigote de Panama Jack a la altura del culo y el escudo del Athletic cosido en la seta, este saco de 60 litros ha recorrido lugares tan diferentes como Escocia, República Dominicana, Bosnia, Brasil, Polonia, Alemania, Grecia, Perú, Italia, Irlanda, Puerto Rico… Y los que le quedan. Hace tiempo que, con la complicidad de mi madre, reforzamos las costuras con silicona y zurzimos los pequeños agujeros. Desde entonces, ese zurrón repleto de cremalleras, bolsillos y enganches se ha convertido en visitante privilegiado de algunos de los más increibles rincones del planeta. Ha descansado en el Hotel Balmoral de Edimburgo, en casas okupas, en playas caribeñas, en trenes de tercera y en autobuses que se parecían más a naves espaciales que a vehículos con ruedas. Esta mochila, en definitiva, ha seguido una vida paralela a la mía. Ha aceptado con la misma facilidad las cinco estrellas de un hotel y las infinitas estrellas de dormir al aire libre. Y sigue haciendolo.

Nuestra madre, seguramente, no era muy consciente de las implicaciones que tenía convertir la mochila en un saco irrompible cuando decidió ayudarme a hacerlo.

Y hoy vuelvo a rellenarla, en ese ritual mágico. La composición de la mochila será aproximadamente la que sigue:

- Equipo fotográfico: 55% de la mochila.

- Saco de dormir: 15%

- Útiles de higiene: 5 %

Con lo que queda un 25% de la mochila para ropa y otras cosas secundarias. Un colega de viajes me dijo en cierta ocasión que si llevas los calzoncillos limpios y los calcetines secos, entonces es que estás limpio, y todo lo demás da igual. Como ese amigo es un gran viajero, en Perú me salvó de varios líos y en la selva me demostró su sabiduria, qué otra opción tengo que hacerle caso. Como calzado, el que lleve puesto. Pantalones, lo mismo. Anoche me inquirían: ¿y si se te rompen los pantalones? Bueno, en ese caso, entro al primer supermercado y me compro otros. Así de facil. Camisetas las justitas y ropa de abrigo -que en Bucarest para mañana se preven máximas de 1º grado y mínimas de -4º) de montaña, que ocupa poco y calienta mucho.

He decidido prescindir, para este viaje, de utensilios secundarios como maquinilla de afeitar o reloj, con lo que viajaré previsiblemente más ligero.

Llevo, como equipaje obligado, un cuaderno y varios boligrafos -lleve los que lleve, nunca sobrevive más de un boligrafo, nunca- y un par de libros para cuando me quede solo y necesite compañía en las horas de tren. Los elegidos han sido Paz y Guerra, de Lev Tolstoi, y Rayuela, de Julio Cortazar.

Así que me despido, si es que no lo hice ya de alguna de las personas de quien debía hacerlo, con la siguiente recomendación. Es una lista de rolas imprescindibles (no me hago responsable de si alguna gran canción va acompañada de un pésimo video):

- Someday (The Strokes)
- Corazón oxidado (Fito&Fitipaldis) (es la versión en vivo del concierto de la Aste Nagusia 2004, INOLVIDABLE).
- Copa rota (Los Rodriguez)
- New Shoes (Paolo Nutini)
- My stupid mouth (John Mayer)
- Landing in London (3 doors down)
- He can only hold her (Amy Winehouse)
- Riot Van (Arctic Monkeys)
- Bigger than me (Rob Clydesdale)
- Urepel (Gatibu)
- Wish I (Jem)
- Wishful thinking ( The Ditty Bops)
- If I had eyes (Jack Johnson)
- Bueltatzen (Berri Txarrak)
- Plan A (The Dandy Warhols)
- Revolución (Amaral)
- Caminito del almendro (Los Delinquentes)
- Por mi tripa (Pereza)
- Fidelity (Regina Spektor)
- Somebody told me (The Killers)
- I wan to hold your hand (The Beatles)
- Surfin’ USA (Beach Boys)
- Blowin’ in the wind (Bob Dylan)
- Turnedo (Ivan Ferreiro)
- Tu carcel (Enanitos Verdes)
- Take me out (Franz Ferdinand)
- Honk Kong (Gorillaz)
- Contigo (Joaquin Sabina)
- The Sea (Morcheeba)
- Everybody knows (Ryan Adams)
- Concrete bed (Nada Surf)
- X- ray (The Maccabees)
Si escuchais un par de estas joyas cada día, para cuando termineis -y mucho antes- ya estaré de vuelta. Porque aunque ésta vaya a ser una experiencia única, y vayamos a descubrir buenos tesoros (en todas partes los hay), lo mejor se queda aquí.
Hasta pronto.
08
Feb
08

Momentos legendarios (II)

Estabamos en Tarapoto (departamento de San Martín, puerta del Amazonas) y queriamos ir a Moyobamba. Para ir del punto A al punto B, sin gastar mucho dinero, y aplicando los principios de optimización que he aprendido en las clases de Microeconomía…

Se alquilan dos camiones de ganado, y se acabó el problema.

Detalles a tener en cuenta: la carretera estaba asfaltada, pero solo unos kilómetros. Duración aproximada del viaje, entre seis y siete horas. Lluvias amazónicas, diluvios universales: solo la segunda mitad del trayecto.  Pertrechos disponibles: lonas de plástico azul. Música: la ambiental de la selva.

Importante, en la foto: la ikurriña ha viajado a rincones insospechados, pero en aquella ocasión, alguien que yo me sé la dejó en el camión tal y como se ve en la foto. Cuenta la leyenda que desde entonces vaga, errante, por todos los rincones de la selva.

En ese camión, en esta foto, estaban (están) tres amigos que me dan la vida, y una mujer que me la dió y quitó cada día, dependiendo del humor que se levantase (o se acostase). Hace bastante tiempo que ya no arponea mi corazón -de eso ya se encarga alguna otra, y con qué arte, pardiez- y solo me regala sensaciones bonitas, aunque sea con la complicidad del cartero. Es una musa y no quiere saberlo.

Aquellos días Javi se travestió, me bañé de noche en una charca llena de peces comefango de dos metros (¡lo juro!), aprendí a dormir en una hamáca, (“recuerdo la primera vez que hablamos… en aquel comedor de la escuela militar”), subimos al morro, acompañé a Penélope a dejar que una santera le compusiese el tobillo (para mí que era un esguince, pero la señora dijo que se lo había “machucado”, y ciertamente se lo curó al instante…). Y tal y tal y tal.

Sí, para nosotros aquellos días fueron un momento legendario. Lo que digan los demás, pues eso, está de más.

06
Feb
08

Que nos quiten lo bailao’

Campamento en CuzcoPor motivos de divera índole que no vienen al cuento, hoy estoy triste. Antes de preparar el examen de mañana – Periodismo Social- he rescatado algunas fotos de hace años. Entonces eramos unos críos. Ahora, como hemos superado los 20, nos creemos mayores. Ahora, que somos universitarios, terminando la carrera e inmersos en el mundo laboral, nuestros problemas son ahorrar dinero, colocarnos en un buen puesto, pasar a ser miembros aceptables de la sociedad y tener una familia estable liquidando la hipoteca lo antes posible. Ahora, queremos ser adultos. Ahora, antes de atrevernos a querer a una persona hacemos cálculos complicados del futuro.

Estas fotos son del verano del 2004, que lo pasamos entero recorriendo la columna vertebral de América Latina, los Andes, Perú. Entonces, como no teníamos aún 20 años, nos sabíamos niños. Entonces, que aún estabamos con el bachillerato, que eso de trabajar lo veíamos como un mal menor con el que pagarnos aquel verano y no sabíamos muy bien qué ibamos a estudiar, nuestros problemas eran dónde ibamos a dormir la siguiente noche, cómo ibamos a seguir el viaje si los buses no se atrevían a realizar el viaje por la carretera donde aún había senderistas, qué cojones ibamos a comer al día siguiente si ya no nos quedaba dinero y no queríamos robar (terminamos robando). Entonces, no nos preocupaba ser adultos. Entonces, no hacíamos cálculos antes de querer a nadie, porque en una aldea a 4.000 metros de altura y sin teléfonos es absurdo hacer cálculos del futuro. Y es que entonces, nuestro futuro era dónde nos despertaríamos al día siguiente.

Grupo en Moquegua

Tengo que creerme que ahora somos personas más maduras? ¿Que hemos vivido más? No, me niego. Decía Oscar Wilde que vivir es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir. Y tenía razón.

En Chiclayo

Pero ahora somos adultos, nos comportamos de un modo racional y llevamos vidas normales. En aquel momento no. Antes eramos solo unos críos incoscientes que no tenían ni idea de qué va la vida… Hay que joderse.

FOTOS DEL VERANO EN PERÚ

25
Ene
08

Política de sobremesa

Hace tres horas era un ignorante; ahora, pasada la una de la madrugada, me atrevo a encender el ordenador porque sé que soy un hombre más sabio.

Sé lo que es un intervalo de confianza, un contraste de hipótesis. Y ello me da otra visión del mundo, con matices más sublimes, más completa.

Como las horas y horas de discusión de sobremesa que comenzaron a despuntar anoche y que hoy, entre ensalada -tomate, queso fresco y albahaca- y entrecott, han confirmado que nos encontramos en exames. No sé por qué, pero las discusiones más entretenidas y apasionadas nacen en estas fechas. Todo ha empezado con una tranquila charla con Diego, compañero del Despacho de Cultura, reprochandole que quiera traernos a la Residencia a ciertos personajillos oscuros del panorama política nacional. Hemos terminado con quince personas atendiendo a una lucha de titanes (Diego, Tomás, Vellisca y un servidor, con Miki como invitado estrella) sobre la universidad y el equipo rectoral, entre otras muchas muchísimas cosas. Si no hemos discutido sobre el color del cielo no ha sido porque nos resultase obvia la solución; con algo más de tiempo, hubiesemos llegado a pelearnos por lo azul del mismo (personalmente opino que, si alguien en Madrid se atreve a calificar el cielo de azul, es porue no conoce el mar cantábrico el día después de una tormenta de verano).

Hablar, rebatir, gritar, y de vez en cuando, lanzar algún trozo de pan. (Escuchar alguna burrada tambien, pero esas las ahorro, no son necesarias profanaciones de tal índole en este templo).

Me encanta la época de examenes. Y a efectos prácticos, ha comenzado hoy.

P.D.: Feliz, a pesar de que nadie sabía quien fue Kropotkin…

15
Ene
08

Fechorías compartidas

Hoy no tengo mucho tiempo; estoy redactando una larga entrada sobre la cena que compartimos anoche con lal diputada Escudero. Fue una velada amena, pero tambien polémica. Como no está terminada y las prisas no son buenas (aunque no esté totalmente de acuerdo con esta afirmación) lo dejamos para mañana.

PROLEGÓMENOS:

Día aburrido, estudio sin sobresaltos. Lluvia intermitente. Comedor vacío, una araña que agonizaba en el suelo, patas arriba, mientras desayunabamos por segunda vez. Me acerco y resultaba ser una cucaracha, desesperada, fea.

Al mediodía, empacho de galletas napolitanas. Vuelve a chispear. Gema, compañera del Despacho de Cultura, me regaña por dudar -en un mail- de la capacidad intelectual de la clase política actual.

Por otro lado, en plena negociación decidimos que, como eramos buenas personas y nunca habíamos tomado rehenes, finalmente intercambiariamos fotografías. Así se hizo en un punto indeterminado del cinturón sur de Madrid. Sin cámaras ni taquigrafos.

LA HISTORIA:

EPÍLOGO:

Toda la culpa -y por ello no cabe eximirle de responsabilidad alguna- de este descubrimiento lírico es del no-amigo CaparZo, cómplice de algunas fechorías y salvaguarda de obsesiones ridículas. Así que los créditos “morales” del post son suyos. Los inmorales tambien, pero un poco menos.

Arrivederci.

13
Ene
08

Bailando la vida al ritmo de los Enanitos Verdes

Últimamente me he visto invadido por la compleja disyuntiva que supone elegir entre horas de estudio o pasitos de vida. Todo ello, amenizado por rolas de Enanito Verdes, un grupo de rock nacido en Mendoza (Argentina) en 1979 y que aún sigue al pie del cañón. Redescubierto a última hora, por casualidades (o mejor dicho, amistades). He aquí una de mis favoritas (no quisiera despreciar Lamento Boliviano, Tu carcel, Aún sigo cantando, Rebeca, Guitarras Blancas, Amores Lejanos... pero ésta es la mía, aquí y ahora.). Se llama Dame otra oportunidad, y al amigo Marciano Cantero se le nota que realmente está pidiendo otra oportunidad. Y es que todos alguna vez tuvimos que pedir una oportunidad.

 

Al margen de este arrebato melómano (qué le voy a hacer si me gusta compartir los descubrimientos), unos apuntes cuando enero comienza a despuntar:

  • Me gusta el sol acariciendo suavemente la cara en los mediodías claros del invierno.
  • Me gusta la sensación de levantarse un poquito (solo un poquito) cansado, vaguear unos minutos entre sábanas y darle los buenos días a una nueva jornada con una ducha refrescante y buen desayuno.
  • Me gusta cenar la mejor lasagna del mundo -preparada por la cocinera más dulce- en un piso escondido de Fuenlabrada, dar cuenta de un vino peleón y una botellita de cava en una mesa preparada para pocos y confirmar que con ciertos amigos de ejercicio (los de vocación no los analizamos) el tiempo no pasa, y si lo hace, es para bien.
  • Me gusta rebelarme y dejar el árbol de navidad de la Residencia unos cuantos días más, a pesar de que el espíritu navideño brille en mí por su ausencia. Y es que es ridículo, porque lo que la gente considera “espíritu navideño” es lo que yo trato de aplicar siempre (“¿Navidad? Para mí siempre es Navidad”)
  • No me gusta la cobardía, pero forma parte de mí.
  • No me gustan las convenciones sociales que la historia ha convertido en leyes naturales (algún día lo explico).
  • Entusiasmado por algunas rolas (véase comienzo del post) y renegado de ciertas personas.

Ahora mismo, salvando el pequeño margen de movimiento impuesto por el autoritario calendario de examenes, siento curiosidad por la vida. Y esa es la mayor fortuna del desheredado. Porque todos alguna vez tenemos que pedir una oportunidad…

12
Ene
08

Dulce verano…

Acaba de pasarme Abel unas cuantas fotos del verano. Y entre una y otra, he recordado todo lo que nos hemos reido y lo bonitos que son esos cuatro meses… Entre ejercicio y ejercicio de microeconomía, he elegido definitivamente ésta:

Jon y yo en el puesto de Laga

Es de algún día a mediados de agosto. La foto es de pronto, por la mañana, antes de abrir el puesto de socorro y empezar elservicio (eso ocurre a las 11:00). Habíamos salido por Bilbao la noche antes (era la Aste Nagusia, Semana Grande) pero por requerimientos femeninos, cada uno terminamos a una hora y en un lugar diferentes. Yo había ido prontito a Laida (la otra playa que coordino) a recoger el quad y marcharme a empezar la jornada con un bañito en Laga (donde está tomada la foto) antes de abrir el servicio. Según estaba abriendo el puesto, apareció Abel -que al parecer tenía similares planes-. Apenas habíamos comenzado a hablar sobre la noche anterior, cuando llegó Jon con la margarita en la oreja y bailando. Nos reimos mucho aquella mañana.

Pues eso. Felicidad en su estado natural. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y en este caso me lo creo. Ahora, de vuelta al análisis de externalidades.

(P.D.: Gracias Abel por las fotos…)

10
Ene
08

Perú, Perú…

Descubierto a la altura de Orcasitas, en el último Cercanias de vuelta a Leganés:

Hay mañanas en que me levanto, miro por la ventana, veo la cara del día y me niego terminantemente a recibirlo. Hay algo en él de turbio, de solapado, de mezquino, de hipócrita que me impide darle cabida. Son los días acreedores, los que llegan para llevarse algo y no para dejarnos algo. Les tiro entonces las puertas en las narices, como a cualquier vendedor de pacotilla o como a esos viejos conocidos que nos caen de improviso para que les firmemos un manifiesto o para reavivar una amistad ya extinguida. Días sellados, muertos, transcurren fuera de nuestra vida y nos confinan a la cavilación y al silencio. Pero a ellos les debemos quizás lo mejor de nosotros.

(147, Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro)

El libro me lo regaló Sergi, un buen amigo, a su regreso de Perú, donde se fue para unos meses. El texto ha tenido una doble función: por un lado, reconfortarme al saber que hay ciertos días en los que no soy sencillamente un holgazán, sino un escritor. Por otra parte, el separador del libro desvela que éste fue comprado en La Casa Verde. Ésta es una librería que, al menos cuando yo estaba en Lima, tenía un local muy centrico en la Avenida Larco, en Miraflores. Recuerdo mi primer día de libertad en aquella ciudad gris invadida por la garua, tras salir del hospital, cuando fuí con Antonio, María y Lucía a Miraflores -nos habíamos instalado en San Borja, y queríamos ver el mar-. Apenas sé nada de ninguno de los tres desde hace años, pero recuerdo aquel día con todo detalle. Lucía tambien había salido del hospital, ella lo había pasado mucho peor. Fuimos a pasear por Miraflores y tomar algo en alguna terraza del Larcomar. Esa no era quizás la Lima auténtica en sí, pero sí desde luego una parte de ella: la parte más grotesca (por ecléctica y barroca en su capitalismo). Y era lo que nos pedía el cuerpo, muy a pesar de nuestros bolsillos acostumbrados a los soles desde hacía mucho.

Camino a Larcomar, bajamos por la Avenida Larco y María quiso entrar en una bonita librería: La Casa Verde. Ojeamos libros mientras Antonio nos apresuraba: se iba por patas. Para cuando salimos y llegamos al paseo que bordeada los precipicios sobre los que caía la ciudad hasta la playa, ya no podía aguantarse más y se escondió tras un arbusto en pleno paseo. La cara de la niña bien de Miraflores que le descubrió aliviando sus necesidades nos hizo reir durante mucho tiempo. Tambien aquel dependiente mariposón de una agencia de viajes ubicada en la planta primera del Larcomar, mientras nos explicaba con una goma de borrar -simulando que ésta era un turista- cómo estaba organizado el camino inka, sus controles y puentes, y porque debíamos contratar por 300 dólares su paquete -incluía acceso, porteador, avituallamiento- y ni modo intentar colarnos en la ruta sagrada. Desde que conocimos los 210 dólares que costaba el permiso de acceso teníamos claro que no haríamos el camino y que, en caso de hacerlo, sería clandestinamente. Sin embargo, le dejamos explayarse a aquel limeño rollizo y de gafas redondas. Fue una tarde agradable.

Y todo esto lo recuerdo ahora, tres años y medio después, gracias a un pasaje de un libro que me regala un amigo, con el que coincidí muy lejos de aquel país que -me temo- a los dos nos ha cambiado, aunque rodeasemos sus cuadras, montasemos sus combis y saborearamos sus ceviches y pacaes en momentos y con ritmos diferentes. Gran parte de lo que soy es “por culpa de” y “gracias a” Perú y a quienes allí conocí.

Y ahora me acuerdo, y quiero volver. Pero el Atlántico está muy frío para nadarlo a estas alturas del año, y los billetes de avión, caros. Al menos disfruto con cada anécdota, cada recuerdo, cada apreciación del setabense, y es como si estuviera allí, de vuelta.

04
Ene
08

Gabonak Euskal Herrian

Decoración navideña en Lekeitio

Esta foto  es de Lekeitio, un lugar donde hacen el mejor helado de chocolate negro del mundo entero, donde se puede disfrutar de charlas místicas al atardecer sentados en el rompeolas, un lugar donde Naiara dudó de mi capacidad como patrón justo en el momento más tenso de nuestra lucha contra olas de tres o cuatro metros que se cruzaban y chocaban entre sí (y a punto estuvo de costarle un chapuzón aquella osadía).

Un lugar que conocí con el mejor anfitrión y que después me ha regalado, sin pedir nada a cambio, grandes momentos.La navidad ha llegado hasta aquí, hasta ese rinconcito de la costa, nuestra costa, y quería compartiroslo. Solo eso. Hacedme el favor de imaginar, mientras veis la foto, que podeis oler el puerto y escuchar las olas, las campanas de la iglesia, y a Iosu hablando de la vida social de Lekeitio. Así vamos entrando en situación para explicaros otro día lo que significa la palabra nostalgia cuando miro desde mi ventana de Leganés.




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