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El verano solo termina…
Pero lo nuestro es pasar…
“It was the lark, the herald of the morn,
No nightingale: look, love, what envious streaks
Do lace the severing clouds in yonder east:
Night’s candles are burnt out, and jocund day
Stands tiptoe on the misty mountain tops.
I must be gone and live, or stay and die.”
(Romeo and Juliet, Act III, William Shakespeare)
¿Veran(it)o?
Conversación en un parque arrinconando de Leganés, atípicamente tranquilo y bonito. Cantante de boleros. ¿Por qué no? En casa nos criamos con las letras y la voz envolvente de Armando Manzanero; quizás de ahí el romanticismo de patente caducada, quién sabe… La cuestión es que uno se cree los boleros, y el cantante que se cree sus propias letras está condenado al fracaso (si es capaz de salvarse del ridículo…). Así que arrinconamos la vocación a la esquina más húmeda de la ducha.
Los primeros días en casa (sí, resulta que en el fondo, aquella es mi casa…) una vez hemos comenzado la temporada de playas, han sido tristes. Tristes, porque uno se ha acostumbrado a ser no uno mismo, sino parte de, y cuando pasan las horas, currando y con la cabeza entretenida pero con el pensamiento latente, echa de menos las triquiñuelas por conseguir un café, unos minutos, una sonrisa (los días soleados y sin examen cerca…) y, de puro casual, alguna noche de sofá o desayuno a destiempo.
Pero desde el 7 de junio, solo hay talkies que suenan por el canal de zona 6, aperturas de puesto, alguna bronca del jefe. ¿Sol? ¿Chicas guapas en bikin? ¿Kilometros de complicidad en la furgoneta de Cruz Roja, charlando con Nayi y convenciendonos mutuamente de los desagradecido que es el curro de coordinador? Claro que sí. Esos momentos que hacen que cada verano en esto del socorrimos (y vamos camino del lustro) sea un momento irrepetible de nuestras vidas. Pero tambien está el mar. El mar solo. El mar. Sólo.
La vida real, mañana…
Tengo demasiado apego al presente como para mirar al futuro, pero lo cierto es que, cuando el presente no da más de sí y el pasado resulta demasiado confuso para detenerse en él, la única opción viable es levantar la vista y decir:
Se nos ha escapado de entre las manos otro año, un año bonito, un año con sobresaltos, con alguna lágrima, con ocasiones desperdiciadas que no sé si alguna vez seremos capaces de perdonarnos. Pero eso es ya agua pasada, a pocas horas de alejarme varios cientos de kilómetros de distancia esta ciudad que me ha visto crecer (habrá que decir madurar…).
Aquí vivimos las borracheras más sucias junto a los amigos más fieles, a quienes contamos las aventuras más oscuras. Aquí cubrimos de silencio complicidades, camuflamos en miradas compartidas aquello que solo era pensamiento indiscreto. En Madrid, ciudad que concuerda, sin problemas, con las palabras examen, sudor, calor, otoño, mojito, frío, apuntes, jardín, museo, contaminación, amante, ensayo, locura, tedio, taxi, euforia, café, noche, día, más noche y otro día.
Supongo que llegará el día en que nos reprochemos no haber salido aquel martes, no haber comenzado a estudiar antes, no haber ido a tal museo, no haber pedido perdón a aquel amigo, no haber sabido dar el paso antes, o después, no haber…. Supongo. Llegará. La cuestión es que cuando uno cree haberlo dado todo, da igual cuánto haya recibido a cambio, porque es un juguete del destino, un juguete roto sin demasiada utilidad.
Entrar en una cafetería con la secreta esperanza de que te dejen allí encerrado para siempre. Pero cuando se hace de noche y terminan de recoger las mesas de alrededor, una amable señora viene a pediros que os vayais. Luego te comentan que eso es la vida, y no te queda más remedio que creerlo. Que todo tiene hora y nombre y límites y un por qué, aunque no te lo den, y si no te gusta, te vas a a otro lugar.
No sé, la verdad, dónde estaré cuando septiembre acabe. Sí sé dónde y con quíen me gustaría estar. Aunque eso no importe.
Capitulación
Acabo de volver de Euskadi, donde he pasado un par de días preparando la temporada de playas que está a la vuelta de la esquina (empezamos el día 7 de junio). El jefe me enseño el nuevo “”juguete” con en el que voy a contar en mi zona, una moto de agua de rescate que llevo dos años pidiendo insistentemente (tengo la sospecha de que me la han concedido por no seguir aguantándome…). Una Bombardier Sea Doo de 130cv y motor de cuatro tiempos con una camilla hawaiana acoplada, perfecta para manejarnos en rompientes y zonas de dificil acceso donde con la zodiac no podíamos operar en cuanto levantaba algo de mar. Lo de juguete lo he entrecomillado, porque es la herramienta de trabajo más util con la que podemos contar en las playas peligrosas, y sé que con ella este año daremos un salto de gigante en el servicio de socorrismo en las playas que tengo el placer de coordinar, Laida y Laga.
Vino a Arriluze Xabi, de la base de salvamento marítimo de Donosti (Cruz Roja del Mar) y nos dió a Asier y a mí unas lecciones magistrales sobre las técnicas de salvamento con moto de agua. Dos días intensos en los que llegamos a recoger a socorrista y victima en ¡8 segundos!. Hay mucho trabajo por delante, muchas horas de entrenamiento, pero se ha abierto ante mí un nuevo mundo en lo que se refiere al salvamento acuático.
Ahora toca estudiar (y esto no es un pretexto para continuar el apagón bloguero, pero tambien). Un capítulo de El Principito narraba cómo éste se encontraba con un borracho que decía beber para olvidar, olvidar que bebía. Yo no necesito beber, pero sí olvidar. Asi que estudiaré para olvidar. Para olvidar que hay una persona a la que tengo que olvidar, por salud emocional. Es curioso cómo convertirmos un juego inocente en ficción creible, la ficción creible en realidad peligrosa, y así, jugando con fuego, empezamos a quemarnos. Nos quemamos y nos importa poco, por el placer de ver el fuego tan de cerca, pero llega un momento en que las heridas son ya tan serias que dejarán inevitablemente herida, por mucho que nos retiremos.
Así que me centro, en los estudios y en el trabajo, esos estudios que me han aburrido y dado satisfacciones intelectuales a partes iguales, ese trabajo que es lo más intenso de mi vida y que a su vez me ha llevado a vivir los disgustos más amargos.
Y digo me centro por no decir que me rindo, aunque el olvido premeditado solo puede ser una forma educada de rendirse, guardando las apariencias, pero rendirse, al fin y al cabo. Es muy dificil dar un paso cuando en el fondo sabes que te estás equivocando, que buscas un equilibro que es imposible y por eso caes. Pero, ¿qué hacer? Cada día estoy más convencido de que la vida es solo una huida hacia adelante, a veces corres más, otras menos, pero siempre escapas. Y un servidor, ahora mismo, si se va, es por escapar, para qué engañarnos. Me rindo.
Un poco de chocolate
Y si no tenemos plan, lo inventamos… Anoche, bonitos momentos y sonoras carcajadas, con las croquetas de Casa Julio y las idas de olla de los compañeros de Sexpeare en el teatro Alfil, respectivamente… Ahora por delante unos días de asueto y estudio.
¿Y al regresar? Madrid puede resultar abrumadoramente gris, insensible y rutinaria si uno no se marca pequeñas aventuras. Como a estas alturas de lo académico, uno se resigna a las grandes epopeyas, solo queda abandonarse a las pequeñas alegrías.
Y una de ellas, sospecho, va a ser encerrarme en una sala de cine para ver la opera prima del ondarrutarra Aitzol Aramaio, “Un poco de chocolate“. Basada en el libro de Unai Elorriaga “SPrako tranbia” (de lo mejor que se ha escrito en euskera en los últimos años, sin duda) y con la interpretación de pesos pesados de la pantalla como Hector Alterio, Julieta Serrano, Ramon Barea… el resultado solo puede un bombón cinematográfico. Cuenta, además, con las figuras emergentes Daniel Bruhl (Salvador) y la bellísima donostiarra Bárbara Goenaga.
Lucas y María son dos hermanos ancianos, Marcos un okupa frustrado y Roma una joven enfermera, pintora de vocación. Si alguien quiere disfrutar la historia ahora mismo, que corra a comprar SPrako tranbia (Desconozco el título de la traducción al castellano, creo recordar que lo tradujeron como “Un tranvía en SP”. Si sois capaces de esperar, pasado mañana se estrena en toda España. Muy recomendable. Yo trataré de embaucar a alguna princesa que ande perdida en la ciudad; si no lo consigo, iré solo. Os dejo un teaser.
Aprovechando el descuido
Ahora que se acaba de marchar, que el café despierta los sentidos y con la prisa oportuna por si decidiera regresar, declaro:
El silencio no es ni mejor ni peor que el ruido, ni tan siquiera resulta más facil. La inercia tiende a empujarnos hacia torrentes de palabras, conversaciones vacías, excusas no pretendidas y pretextos que más tarde, revisados en la distancia, resultan inevitablemente ridículos. Si me he callado, si sigo callado, si no vuelvo a hablar, es porque he llegado a la conclusión -triste quizás, abrumadora sin duda- de que no tengo nada que decir.
Estos últimos meses han sido meses extraños. Hubo un día fatal, indeterminado, a lo largo del otoño en que se cruzó esa piedra que nos hace humanos: la piedra sobre la que uno tropieza una y otra vez.
La vida desde que abandoné el norte hace ya unos cuantos años, viniendo a Madrid en busca de no-sé-qué, parece estar siendo un viaje contínuo. De la capital a la costa, de la costa a la capital, sin una meta concreta y dejandome llevar por los caprichos de un calendario que no se ajusta, desde luego, al calendario que mi cuerpo lleva de serie. Uno se plantea los años de estudio como algo temporal. El después queda muy lejos. Al fin y al cabo, siempre queda el hogar, se dice. Pero pasan los años, las asignatura van siendo incorporadas -con mayor o menor gloria- al expediente académico, y entonces viene el “y ahora qué”.
Pues resulta que estaba yo empezando a intuir esos conflictos existenciales, cuando me pilló el final de verano. Dije hasta luego al trabajo, la familia, los amigos. Dije hasta luego a la sonrisa, la complicidad femenina y la paciencia de quien supo aguantarme amaneciendo, trabajando y anocheciendo, quien exprimió al verano los mejores momentos y me los regaló, sin pedir nada a cambio. Unos días disfrutando de las noches veraniegas de principios de octubre de Madrid, un abrazo en el intercambiador de Avenida América y hasta luego. Siempre digo hasta luego, que solo es una manera educada de decir adiós.
Entre cervezas, patatas bravas, noches de jolgorio, resacas académicas y alguna que otra pequeña locura, el curso avanzó. Los amigos, cada vez más amigos. La educación, cada vez menos educativa. El amor, cada vez menos amable.
Hasta un encuentro mañanero en un pasillo, hasta una asignatura elegida en mal momento. Ahí de repente todo se va al garete. La estabilidad del no pensar más a largo plazo que este fin de semana, de las confidencias poco rigurosas con los amigotes. Y es que, así sin pretenderlo ni desearlo, me enamoré. Entiendase, mi estado natural es el enamoramiento. Diariamente confieso mi devoción por alguna musa. No tengo miedo a enamorarme ni lo evito, más bien lo busco. El problema es que, jugando a enamorarme, terminé enamorandome a diario.
Y enamorarse todos los días es algo precioso, pero yo me enamoré -sospecho que sigo haciendolo- mañana tras mañana de la misma mujer.
Así que un buen -mal día- digo “vamos a hacer balance” y miro hacia atrás. Ves que la costa ya quedó lejos y que el mar en el que temerariamente te has adentrado no es navegable. Hay tormenta, corrientes confusas, calmas ecuatoriales, vientos alíseos, olas, pero ya no se puede volver hacia atrás. He soltado amarras, para bien o para mal. Y me entra el miedo, pero ¿qué hacer?
Así que en esas andamos, navegando sin rumbo. Ya he abandonado el sueño de alcanzar la otra orilla, pero quien sabe, lo mismo en medio de la tormenta aparece alguna islilla y permite clemencia por un tiempo, hasta hacer acopio de víveres y poder seguir huyendo, siempre huyendo, siempre hacia adelante, cada vez más lejos, cada vez más perdido, cada vez más solo, más hueco, más confuso, más, más, más, más… hasta que al final ya no queda nada, porque la inercia te lleva a olvidar que estas luchando, y por descuido, te rindes.
Y entonces, cuando el tiempo haya terminado de ganarnos esta batalla que le estamos permitiendo conquistar a pesar de poder pararla facilmente, (¿por qué coño le estamos regalando minutos preciosos, voluntades ocultas?) seremos solo una ilusión pasada, un recuerdo vago y dulce, una melancolía que se cura con lágrimas o chocolate o mar, seremos solo el sueño de una noche de verano.
Y si me estoy equivocando y siempre fue un sueño, entonces, permiteme decirte: yo no quiero despertar.
Itxaropena
(Astiro-astiro bueltako bidean… itxaropena galdu barik)
Soy un soldado, y como tal, nunca obedeceré a mi oficial. Lucharé contra nuestras fronteras, odiaré mi fusil.
Defenderé el manifiesto colorista y me declararé hombre caleidoscópico, objetor de todo lo gris. Venderé nuestros tanques al peor postor, y con las divisas, organizaremos misiones secretas al salón de casa para encender la chimenea y desde la atalaya, observar el mar y el mundo que queda más allá.
Y si una vez realizados todos los preparativos, los jefes deciden declarar la guerra, juro solemnemente que daré media vuelta y escaparé lejos, al cielo si es preciso, para no hacer dicha guerra.
je pense a toi
Si no he escrito estos últimos días no ha sido por falta de ganas: los días entre semana los dediqué por entero a recuperar las horas perdidas en el trabajo de la Universidad (mucho tiempo de vacaciones…) y el viernes, nada más llegar a Euskadi, agarré un traje de baño, toalla y el uniforme. El carro me plantó en la base de salvamento marítimo en cuestión de minutos. Un bonito fin de semana de guardia, incluyendo la cobertura de una de las regatas más emblemáticas de todo el año, la Ingenieros-Deusto (algo así como la versión bilbaina de la Oxford-Cambridge).
Aprovechando que había quedado una bonita tarde (terminamos la mañana de regatas a eso de las tres de la tarde) y que estaba patroneando una increible moto de agua de rescate, salí al Abra exterior a practicar unos minutos con las olas que el mar nos regalaba, retazos de un temporal que amainaba. Y ahí, saboreando la espuma del Cantábrico, volando por segundos, notando el mar levantarse gallardo o retraerse precavido, dejandome acariciar por el sol de invierno que el agua refleja suave, recordé una canción que un amigo -conato de abogado- exiliado en Barcelona me descubrió hace ya demasiado tiempo.
Si la vida tuviese Banda Sonora (como Peter Griffin le pidió a un genio que había de concederle tres deseos) ésta sería la rola que mi vida tendría en estos momentos (y espero que las clases de frances te sirvieran…).
Certains t’ont promis la terre
D’autres promettent le ciel
Il y en a qui t’ont promis la lune
Et moi je n’ai rien que ma pauvre guitare









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