Dice Iosu -compañero en lo profesional y amigo en lo personal- que últimamente estoy más místico que nunca. Lo dice guiandose por las últimas entradas del blog, ya que apenas hemos hablado desde que terminase la temporada de playas -quitando una breve conversación el viernes por la mañana, para decirle que el café acordado para esa misma tarde en un lugar secreto del Catábrico quedaba postergado, por encontrarme anclado a Madrid, a la cama y la resaca de una fiesta residencial, y que llegaría a la capital del mundo justo a tiempo para cubrir la guardia de salvamento marítimo-.
Alguna vez he mencionado en estas líneas a Iosu, atado por punzadas del corazón a su bucólica Lekeitio y persona mística por excelencia. Se entrega al kendo, a la meditación y a la extenuante lucha con la reflexión y la introspección contínuamente, con una perseverancia asombrosa y demasiado compleja como para retratar con sus matices en esta página. Quien quiera conocerlo, tendrá que buscar en los rincones inaccesibles de la costa que se pierde entre Bermeo y Motriko, y estar dispuesto a ofrecerle conversación sincera. Advierto, a riesgo de equivocarme frente a terceros, que seguramente se recibirá a cambio más de lo dado.
Y ¿por qué hablo de este compañero de andanzas veraniegas y reflexiones invernales? Primeramente, porque es un claro ejemplo de lo facil que es establecer la frontera clara entre los dos mundos que componen mi vida (Euskadi y Madrid) y lo dificil que resulta no traspasarla. Segundo, porque él forma parte de ese grupo de personas que hoy, en noche de luna pletórica precedida de día marítimo, me vienen a la cabeza.
Hay gente que navega por la vida -figurada o realmente- con calma, sintiendo cómo el buque se mece al vaiven del oleaje, con el viento rolando juguetonamente, centrandose en cada instante sin preocuparse por lo enfermizo del detalle, quedandose con la etérea sensación de un entorno que nos domina, estimulando los sentidos desde tantos ángulos que resulta imposible asimilarlo todo. Sin perder el rumbo, de cualquier manera: manteniendo suave el timón y haciendolo virar sin sentirlo, o brúscamente si las condiciones del entorno lo requieren.
Navegar es muchas cosas. Navegar es, por ejemplo, madrugar cada mañana, mezclarse con el batallón de gérmenes que puebla la atmósfera del metro en hora punta solo para reencontrarse en ese pasillo, ese aula de la facultad con el acento que lo hace enloquecer a uno. Navegar es, cómo no, sentir la fuerza del Cantábrico bajo la cubierta y el esplendor de la luna llena sobre la cabeza, cerrando los ojos y pensando:
- Si esto no es el Nirvana, que me parta un rayo.
(Y el rayo no aparece…)
Hay muchas maneras de navegar por la vida. Puede uno abandonarse a uno mismo o entregarse a los demás, dos extremos del mismo cabo que terminan por entrelazarse en la ilógica lógica de lo terrenal. Se puede navegar en seco o condenarse al dique seco de lo húmedo. Cantar a la chica de ayer es, a mi parecer, una de las más bellas maneras de navegar. Tambien reconocer que se echa de menos a alguien, y abrazar efusivamente a los verdaderos amigos en los desvaríos etílicos varios amparados por la sombra de los rascacielos.
En realidad, todos estamos atados inevitablemente a los caprichos de la navegación. Porque no compramos pasaje alguno ni nos entregamos voluntariamente al plan de viaje: naemos a bordo, sin opción de elegir. Lo que diferencia al común de los mortales de los navegantes es que éstos últimos son conscientes de su situación y se entregan por completo al viaje. Ello no significa, cuidado, considerar el camino un viaje de rosas: cualquiera que conozca el mar sabe que, por mucho que lo ame y allí se cobijen algunos de los mejores momentos, tambien esperan lo más duros y complicados devaneos inesperados.
Pero están ahí, ojo avizor, sonriendo a la adversidad o llorando a la rutina, incomprensibles, enumerables con los dedos de pocas manos y a la par infinítamente inclasificables, incomprensibles, gente de la noche entregada al carnaval de la luz del día, navegantes místicos.
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