Hay muchas maneras de clasificar a la gente y casi todas ellas ( o todas) son simplistas, burdas e inexactas. A mí hoy solo se me ocurre una manera de clasificar a las personas: los que ven el mundo como un jardín estampado a cuadros, y los que lo ven como una carcel de grueso cristal.
Es muy sencillo. Un día te despiertas con toda la ilusión por extender el viejo mantel sobre el cesped, sacar todos los manjares y disfrutar de la compañía sin miedo alguno a que la noche se te eche encima. Ese día tomas el sol hasta que desaparece, ries despreocupado a pesar del examen que acecha mañana por la mañana. Descubres que la poesía es un virus muy contagioso y que tus amigos han enfermado de él. Ese día estamparías el jardín a cuadros y te quedarías tan tranquilo. Vives en una curiosa y placentera sensación de relatividad en que todo puede ser genial dependiendo de cómo se mire… Esto suele ocurrir, para qué engañarnos, cuando sale el sol, el jardin florece y los examenes son el pretexto perfecto para entregarse al arte de la sobremesa.
Pero están los días de otoño. Entonces un amigo te llama y te cuenta que sigue enamorado y que ella sigue sin hacerle caso. Otro dice que está pensando recoger todo y largarse lejos. Empieza a hacer frío y la calefacción no funciona. No apetece ir a clase. Te despiertas tarde, por la noche no tienes sueño y pasas madrugadas en vela, con lo que al día siguiente amaneces muy tarde y la historia vuelve a empezar. Maldices porque faltan apuntes y porque ¿qué maldita práctica tienes mañana? La chica que sospechas, crees, que podría ser la que llenase todos los huecos de tu vida ha cruzado a lo sumo dos conversaciones sin importancia contigo, coincidiendo con amigos comunes, zonas de paso. Pero está la otra, medio loca, que no te deja en paz: un temporal que no sabes cómo capear. Esos días la vida es una carcel sin patio para el esparcimiento; solo puedes ver los colores a través de un grueso cristal que difumina las formas y lo llena todo de interrogantes, robando las respuestas. Las canciones alegres se vuelven recordatorios del fracaso y la más suave forma de reflexión, una estúpida manera de robarle horas al sueño. Quisieras pasar de puntillas y sin cansarte, pero los carceleros, si mediar palabra, te enganchan por los hombros haciendote entender que te toca quedarte aquí. Ellos, con su indiferencia, se rien de tí.
Y hoy es el día en que esás precisamente en el limbo entre el jardin y la carcel, en el lugar más peligroso de todos, donde el bamboleo es mayor y el mareo impide pensar. En este siglo no hay más faros que los mástiles de publicidad en la entrada del centro comercial, y las sirenas hace tiempo que fueron condenadas a alguna isla cuyo mapa nadie tiene. Así que nos empachamos a sonrisas y lloramos por inercia…


Acabo de explicarle a Marcos, sin venir a cuento, por qué este blog se llama Poemas de Jabón en el espejo. Creo que nunca se lo había dicho a nadie y aunque no encuentro razones para hacerlo ahora, domino Economía Mundial lo suficiente como para dedicarle una noche entera ahora que termina mayo. Es decir, no encuentro razones para no escribir.

Personalmente, siempre me han impresionado








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