Archivos para la Categoría 'Miscelánea'

16
Nov
07

Maneras de entender el mundo

Hay muchas maneras de clasificar a la gente y casi todas ellas ( o todas) son simplistas, burdas e inexactas. A mí hoy solo se me ocurre una manera de clasificar a las personas: los que ven el mundo como un jardín estampado a cuadros, y los que lo ven como una carcel de grueso cristal.

Es muy sencillo. Un día te despiertas con toda la ilusión por extender el viejo mantel sobre el cesped, sacar todos los manjares y disfrutar de la compañía sin miedo alguno a que la noche se te eche encima. Ese día tomas el sol hasta que desaparece, ries despreocupado a pesar del examen que acecha mañana por la mañana. Descubres que la poesía es un virus muy contagioso y que tus amigos han enfermado de él. Ese día estamparías el jardín a cuadros y te quedarías tan tranquilo. Vives en una curiosa y placentera sensación de relatividad en que todo puede ser genial dependiendo de cómo se mire… Esto suele ocurrir, para qué engañarnos, cuando sale el sol, el jardin florece y los examenes son el pretexto perfecto para entregarse al arte de la sobremesa.

Pero están los días de otoño. Entonces un amigo te llama y te cuenta que sigue enamorado y que ella sigue sin hacerle caso. Otro dice que está pensando recoger todo y largarse lejos. Empieza a hacer frío y la calefacción no funciona. No apetece ir a clase. Te despiertas tarde, por la noche no tienes sueño y pasas madrugadas en vela, con lo que al día siguiente amaneces muy tarde y la historia vuelve a empezar. Maldices porque faltan apuntes y porque ¿qué maldita práctica tienes mañana? La chica que sospechas, crees, que podría ser la que llenase todos los huecos de tu vida ha cruzado a lo sumo dos conversaciones sin importancia contigo, coincidiendo con amigos comunes, zonas de paso. Pero está la otra, medio loca, que no te deja en paz: un temporal que no sabes cómo capear. Esos días la vida es una carcel sin patio para el esparcimiento; solo puedes ver los colores a través de un grueso cristal que difumina las formas y lo llena todo de interrogantes, robando las respuestas. Las canciones alegres se vuelven recordatorios del fracaso y la más suave forma de reflexión, una estúpida manera de robarle horas al sueño. Quisieras pasar de puntillas y sin cansarte, pero los carceleros, si mediar palabra, te enganchan por los hombros haciendote entender que te toca quedarte aquí. Ellos, con su indiferencia, se rien de tí.

Y hoy es el día en que esás precisamente en el limbo entre el jardin y la carcel, en el lugar más peligroso de todos, donde el bamboleo es mayor y el mareo impide pensar. En este siglo no hay más faros que los mástiles de publicidad en la entrada del centro comercial, y las sirenas hace tiempo que fueron condenadas a alguna isla cuyo mapa nadie tiene. Así que nos empachamos a sonrisas y lloramos por inercia…

23
Oct
07

La caja de la melancolía o cómo hay palabras que cambiaron nuestras vidas

El título de la entrada es un regalo que me ha hecho Marcos. Él vive a 36 habitaciones de distancia, en la 249. Como estamos en el lado impar, el que da al jardín, al parque, en realidad solo nos separan la mitad de habitaciones, 18, que en la jerga residencial se traduce en pasillo y medio. Relativamente lejos, físicamente cerca.

Acaba de marcharse de este pequeño microcosmos que he creado en Leganés a base de recuerdos, aburrimiento y viajes al Ikea de Alcorcón. Hemos estado charlando unos pocos minutos, él dice que desde hoy mira hacia delante, pero sabe, sabemos, que mirará de reojo a sus espaldas y es posible que vueva sobre sus pasos, por la sencilla razón de que todos lo hacemos. A cabo, le he regalado un discurso (soporífero a estas horas, imagino, te permito corroborarlo en un comentario) sobre la nostalgía que me invadía. Y es que cuando ha llegado, acababa de hablar por teléfono con una voz de niña que está junto a la Alhambra (aunque desde su piso no la vea: solo hay luz natural en el salón). Después, he sacado de la cajonera de la cama escondida tras la mesilla -un lugar recóndito en la geografía de la 213- la caja azul donde guardo, desde hace cuatro años, recuerdos de los muy mejores amigos (¿2, 3?), romances veraniegos, amigas-novias, y toda clase de etiquetas sentimentales que nunca conseguí diferenciar y terminé por depositar en el mismo zurrón: el de personas que se quieren, se aprecian, y no tienen miedo a decirselo.

Tengo allí dentro el recuerdo de una pequeña cerámica que nos regaló una familia de desconocidos tras acogernos en su casa en una isla al norte de Croacia; cartas que llegaron de Madrid (cuando aún yo tenía esta masa de hormigón y asfalto por destino turístico y no hogar itinerante), del interior de Gipuzkoa (allí donde vivía un alma andaluza en cuerpo giputxi, pecas de Zumarraga, okupa de camas y canibal al compas de la cerveza irlandesa), de Granada, siempre terminaban llegando cartas de Granada, punzadas dulces de nostalgia incontrolable y preguntas que nunca -y me temo que es así, categóricamente: nunca- serán respondidas… Hay una carta de un amigo con un poema de Gerediaga en euskera (lo dejamos para mañana), una bandera de Brasil bañada en cachaca, una ikurrina deshilachada y escrita abajo a la izquierda (donde estaba el corazón en los dibujos que nos mostraban las horribles profesoras de primaria) por aquella que se atrevió a romper la burbuja y visitarme cuando los botellones novatos aún sonaban en el parque de Leganés. Una declaración de cariño no pretendida que cómplices pícaros colaron en la 259 -cuando aún el rubio y yo vivíamos allí- bañada en perfume. Se ha perdido el olor, pero queda su recuerdo, los momentos posteriores a desenlazar -venía con lazo rojo- y leer aquellas palabras, sabiendo que se complicaba la historia.

Hay tambien una nota, la carta más breve que nunca me escribieron, una de las pocas que no trajo el cartero. Corría mi primer año de carrera (se ve ya más próximo el final que el comienzo, y da miedo) y una musa -la primera y auténtica, la que sería referente para las demás musas, la única que nunca fue alcanzada por mí más allá de la burbuja, me temo- había venido de visita a Madrid. Despidiendonos en la intermodal de Avenida América, con un inocente abrazo, un beso como el punto de la i más efímera y traviesa y dulce, me dió un papel pequeñito, rasgado po haber sido cortado a mano y doblado en cuatro partes, dos pliegues. Me dijo en silencio:

- No lo abras hasta que me haya ido.

Obedecí porque me incomodan las despedidas, porque nunca supe despedirme y siempre queda todo pendiente y en el aire, como los abrazos que vuelan presurosos y van a chocar contra el cristal del bus que ya se va, que ensucia el asfalto y roba, rodando y sin inmutarse, esa sonrisa que te daba la vida.

Camino del metro, bajando hacia la linea 7, me encontré con Helios, que entonces era para mí otro veterano -aunque ya se intuía que era buena gente- y curiosamente acababa de despedir a su novia. Él lo habrá olvidado, pero yo, mientras leía las diez -no nueve ni once, sino diez- palabras que ella había escrito con un boligrafo pilot negro, y asimilaba que un canario y un euskaldun que prácticamente no se conocían podían compartír vagón y despedidas, casi sin palabras, descubrí lo que era vvir en una residencia, y en una ciudad, y lejos de casa y de la gente que quieres o crees querer. Así las palabras de letra mayúscula y redonda fueron a caer a la caja azul, repasé lo poco que ya había guardado, y la nostalgia -dulce por ser recuerdo de pasado glorioso- abrió veredas para un sentimiento nuevo, que cuando llega es para quedarse y solo puede taparse momentáneamente -por largos que sean los momentos-con euforia bien administrada. Descubrí el significado -con muchos de sus matices- de la palabra melancolía, mientras abrigaba como podía las manos del frío gélido que invade en invierno estas tierras lejanas del mar. Si mal no recuerdo, era noviembre, y fue entonces cuando empecé a hacerme mayor.

13
Oct
07

¿Quién?

¿Quién?

¿Quién no ha probado la fruta del árbol prohibido?

¿Por qué existe árbol prohibido alguno?

¿Quién decide qué está prohibido?

¿Por qué cumplimos lo que nos dicen?

Se habla demasiado…

28
May
07

Lavandas cortadas a motosierra

Son los últimos momentos antes de dedicar la noche al estudio. Estamos en el comedor, hay cuatro personas de las que alguna se dedica a escribir poemas en servilletas de papel para acto seguido tirarlas a la basura (quien desecha poemas debería ser condenado a vivir una soledad multitudinaria).

Acabo de explicarle a Marcos, sin venir a cuento, por qué este blog se llama Poemas de Jabón en el espejo. Creo que nunca se lo había dicho a nadie y aunque no encuentro razones para hacerlo ahora, domino Economía Mundial lo suficiente como para dedicarle una noche entera ahora que termina mayo. Es decir, no encuentro razones para no escribir.

Estabamos una noche perdidos en Donegal, en el norte de Irlanda. Habían volado botellas de diferentes liquidos de dudosa transparencia -Martini Bianco y Vodka barato- y la poesía fluía con demasiada facilidad para cosa buena. Reinvenciones del top manta, peluquería improvisada y otras extravagancias teñidas de tiempo parado. Era una habitación de hotel, muy grande: al hotel le faltaba espacio para las estrellas en la placa de la entrada pero se veían aún más en el cielo de esa Irlanda que hay más allá de Temple Bar.

En uno de esos descansos en los que abandonaba la 238 para ir hasta las 254 (mi habitación, que visitaba para recoger los hielos del minibar) quise escribir el poema más bonito del mundo que -juro- se me había ocurrido. No tenía boligrado ni papel y lo grabé con una pastilla de jabón en el espejo. Era precioso y al fín me sentí orgulloso de haber escrito un poema. Fue la primera y última vez. Regresé a la habitación multicolor, y escribiendo con permanente en la piel de una dama -o musa- de las que ya no encuentro “Plagioaren artea morsak deskribatzean datza” (el arte de plagiar consiste en describir morsas) y otras verdades incofesables, se nos fue la noche.

A la mañana siguiente, cuando regresé, mi compañero de habitación – un ondarrutarra de sonrisa verdadera y permanente,- había borrado el poema. Dijo no haberlo leido porque estaba muy cansado. Él me creyó cuando dije que había sido el mejor poema que escribí y escribiré, y se disculpó sinceramente.

Allí quedaron olvidados los poemas de jabón en el espejo, hasta hoy, que el jardinero ha cortado las lavandas que bordean el comedor con una motosierra.

27
May
07

En tres días

En tres días se puede celebrar el cumpleaños de un amigo regalandole una muñeca hincable, improvisar un “Club del residente” en una Residencia, subir a un avión, reunirse con los mandos de la UHE (Unidad de Helicopteros de la Ertzaintza), seleccionar las plantillas de socorristas de varias playas, subir a otro avión y viajar en él con Acebes, comprobar que la muñeca sigue viva y escribir este post.

Muñeca andante

En solo tres días. Y como dice la canción, el verano ya llegó.

23
May
07

No podeis hundir el arcoiris

No pueden hundir el arcoiris. Suena obvio, pero no lo es. Muchos recordamos que en el año 1985, la noche del 10 de julio, los servicios secretos franceses hundieron en el puerto de Waitemata (Auckland, Nueva Zelanda) el buque insignia de Greenpeace, el Rainbow Warrior (Guerrero del Arcoiris). Estaba allí para participar en las protestas -y tratar de evitar- los ensayos nucleares franceses en el Atolón de Mururoa (a los franceses no se les ocurrió la posibilidad de realizarlos en alguna de las islitas del Sena). Francia, que se presenta como adalid de los Derechos Humanos y modelo para el mundo, asesinó con dos bombas al fotógrafo de 36 años Fernando Pereira, que se demoró en salir del barco. Algunos de los agentes que participaron desaparecieron en alta mar, o en Israel, y los dos que fueron arrestados en Nueva Zelanda, fueron liberados gracias a la presión y el juego sucio francés. Incluso han sido condecorados.

La historia del Rainbow Warrior es larga, pero si te interesa, resulta recomendable “The death of the Rainbow Warrior“, de Michael King.

Años antes, en 1971, comenzó aquella larga aventura que hoy continua. Un pequeño grupo de personas ecologístas y pacifistas que creían en la capacidad de los individuos para cambiar las cosas alquilaron un barquito, el Phyllis Cormack, y enrumbaron hacia Amchitka (Alaska) para protestar poro unos ensayos nucleares subterraneos por parte de EE.UU. Los interceptaron por el camino, pero la opinión pública ya estaba de su parte: la bomba fue detonada, pero los ensayos se paralizaron al de poco tiempo y el lugar es, hoy en día, santuario ornitológico. Así comenzó la historia de Greenpeace (Paz verde), la mayor organización ecologista del mundo -con más de 100.000 socios-.

Personalmente, siempre me han impresionado las campañas oceanicas de Greenpeace. De pequeño flipaba con esos locos que en pequeños botes se enfrentaban a gigantes flotantes metálicos. En casa me explicaban que era para salvar las ballenas, porque los de los barcos grandes querian matarlas. Entonces no entendía que alguien quisiera matar ballenas. A mí me parecían increibles, tan grandes y tranquilas, flotando en el mar. Siguen pareciendomelo. Y de mayor quería estar allí: siendo mojado por chorros a presión de los cañones de los buques balleneros. Ahora puedo llevar “esos botes” que al lado de los balleneros parecen tan pequeños, y quizás no esté tan lejos de ayudar en lo que pueda. Solo puedo decir que pronto me dejaré crecer la barba por si hay que protegerse del frío.

El Rainbow Warrior descansa hoy en el fondo de la bahía albergando vida marina, pero otro barco fue fletado con su nombre. Tambien están el Esperanza, el Artic Sunrise (Amanecer ártico) y el Argus, aparte de las zodiacs. Siguen luchando donde haga falta. Y lo seguirán haciendo.

El nombre del barco se tomó de unos versos de una tribu indígena norteamericana, que dice lo siguiente:

“Llegará un tiempo en el que la Tierra enferme
y cuando así pase, los indígenas recobrarán su espíritu
y reunirán a personas de todas las naciones, colores y creencias,
ellos creerán en los actos y no en las palabras.
Ellos trabajarán para sanar la Tierra…
ellos serán conocidos como los “Guerreros del Arcoiris”

Pues eso. El mundo necesita más Guerreros del Arcoiris.

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04
May
07

La invasión de las baguette cabreadas

Cenando he preguntado a un grupo de ingenieros freaks si alguna vez habían tenido la pesadilla de que hordas enteras de barras de pan armadas con espadas laser invadían su ciudad, y nadie ha comprendido el fondo de la cuestión, porque a todos les ha hecho mucha gracia.

No tengo hijos, pero con un mendrugo de pan, dos aceitunas negras, dos cuchillos, dos cucharillas, un tenedor, un trozo de peladura de naranja y unas peladuras de platano he engendrado un ser similar al de mis pesadillas. Le ha quedado una sonrisa falsa y tenebrósamente angelical:

 Mientras revisaba las fotos que acababa de tomar a mi nuevo engendro, éste ha tratado de atacarme, abalanzandose de un modo gatuno sobre mi pescuezo. Por fortuna, 87 kilos tienen un empuje sustancialmene superior a una masa de 100 gramos de harina, por lo que enseguida he acorralado al bicho y con la ayuda de Felix -compañero de habitación y cómplice en estas correrías- le he dado fin en el encuentro (como Hamlet se planteó hacer con sí mismo en el monólogo más famoso de la historia, y no desvelo cómo termino, es digno de lectura). Felix había diseñado el tocado del pan psicópata, por lo que ha debido sentirse bastante mal cuando lo ha partido por la mitad.

Un servidor en cambio no ha sentido nada: he olvidado qué son los sentimientos.

30
Abr
07

Nuevo trabajo, nuevos aires

Este sábado he estrenado nuevo trabajo: coordinador del servicio de salvamento en playas para Cruz Roja Bizkaia. Me corresponde la tarea de coordinar a los equipos de socorristas de dos de las playas más impresionantes de Vizcaya y el Cantábrico en general: Laida y Laga. Separadas por apenas tres kilómetros de una carretera que se contornea por el filo de acantilados y pinares, jugando remolona con el mar, están ubicadas dentro de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, protegidas por el monte y acariciadas por el amado e incomprensible mar Cantábrico.

He dejado el trabajo -de becario- en la Universidad que tantos disgustos y satisfacciones me ha dado a lo largo del último curso, para poder dedicarme plenamente a los estudios antes de izar el próximo 9 de junio la primera bandera -verde, amarilla, roja- que indique el estado de la mar. Ese día encenderé un walkie-talkie que siempre estará a la escucha de lo que pase en las playas y no se apagará hasta el 30 de septiembre.

Este último sábado realizamos las pruebas de selección de socorristas en la playa de Ereaga, en la que participaron 90 veteranos que ya habían trabajado la temporada anterior. Los compañeros de Laida y Laga no defraudaron y obtuvieron algunos de los mejores tiempos en la prueba combinada de carrera y natación. Va a ser un gran verano.

Y me da miedo, me da miedo porque tendré entre manos el arenal más visitado de Vizcaya, porque en los equipos de socorristas hay gente muy profesional que, sin embargo, son amigos y pueden llegar a confundir jerarquías… Tambien porque el ayuntamiento donde se ubican ambas playas acaba de estrenar una novedosa normativa para sus arenales que nos pondrá en el ojo de muchos huracanes y las críticas no siempre serán buenas. Porque existe una Diputación, la vizcaína, que es quien nos paga y exigirá una profesionalidad que a veces tendremos que conseguir a base de broncas y ajustes de tuercas.

Sin embargo estoy emocionado ante la perspectiva que se abre para estos próximos meses, y no veo el momento de comenzar. Koldo Larrazabal capitaneando y Iosu Martin en la retaguardia, un gigante equipo humano de casi 150 personas, embarcaciones y quads de rescate, Naiara Aurre como coordinadora vecina -compañera de muchos sustos en las orillas de Laida- en las playas de Lea – Artibai… Todo bajo la tutela de la Cruz Roja -que sigo conociendo día a día, después de un año intenso- y auspiciado por la Diputación Foral de Vizcaya, que es quien el año pasado dio el impulso definitivo, tardío pero bueno, hacia la profesionalización de los socorristas en las playas vizcainas.

El 12 de mayo son las pruebas de selección entre gente que no trabajó el año pasado (prometo alguna foto que este sábado no pude sacar). Los días siguientes conformaremos las plantillas definitivas de cada playa, y de ahí al primer día de trabajo no queda nada. Pero que empiece ya. Porque la econometría y demás se me antojan interminables hasta ese día.

09
Abr
07

¿Tienes tiempo para la belleza?

La pregunta no la hago yo, sino el Washington Post.  Y me recuerda a lo que me cuestiono yo mismo cada vez que -como esta mañana- paso por las escaleras mecánicas del metro en Plaza de España y escucho un saxofón al ritmo de Garota de Ipanema. La belleza está ahí, al alcance de la mano, y el estilo de vida que hemos encumbrado a los altares de nuestra sociedad no has hecho inmunes ante ella.

El Washington Post ha hecho un experimento cuanto menos curioso y, dado lo escalofriante de los resultados, demoledor. Ha colocado en vaqueros y camiseta a Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, en la estación de metro L’Enfant Plaza, situada en el corazón administrativo de Washington D.C. (es decir, un hervidero de funcionarios acomodados) a las ocho menos cuarto de la mañana. Durante casi una hora ha ofrecido, con un Stradivarius entre manos, un repertorio formado por seis piezas maestras.

¿Tiene la gente tiempo para la belleza? Opino que no.

Y el Washington Post lo ha demostrado (merece la pena el artículo entero y los videos)

07
Abr
07

En Leganés con el hipopótamo y el perrito.

Regreso anticipado a la vida madrileña, aunque solo sea por seis días.  Traigo un montón de posts para colgar, y caeran a lo largo del día, mañana. Mientras tanto, una pista acerca de lo que hacemos aquí quienes no sabemos bailar y tratamos de aprender:




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