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El verano solo termina…
¿Veran(it)o?
Conversación en un parque arrinconando de Leganés, atípicamente tranquilo y bonito. Cantante de boleros. ¿Por qué no? En casa nos criamos con las letras y la voz envolvente de Armando Manzanero; quizás de ahí el romanticismo de patente caducada, quién sabe… La cuestión es que uno se cree los boleros, y el cantante que se cree sus propias letras está condenado al fracaso (si es capaz de salvarse del ridículo…). Así que arrinconamos la vocación a la esquina más húmeda de la ducha.
Los primeros días en casa (sí, resulta que en el fondo, aquella es mi casa…) una vez hemos comenzado la temporada de playas, han sido tristes. Tristes, porque uno se ha acostumbrado a ser no uno mismo, sino parte de, y cuando pasan las horas, currando y con la cabeza entretenida pero con el pensamiento latente, echa de menos las triquiñuelas por conseguir un café, unos minutos, una sonrisa (los días soleados y sin examen cerca…) y, de puro casual, alguna noche de sofá o desayuno a destiempo.
Pero desde el 7 de junio, solo hay talkies que suenan por el canal de zona 6, aperturas de puesto, alguna bronca del jefe. ¿Sol? ¿Chicas guapas en bikin? ¿Kilometros de complicidad en la furgoneta de Cruz Roja, charlando con Nayi y convenciendonos mutuamente de los desagradecido que es el curro de coordinador? Claro que sí. Esos momentos que hacen que cada verano en esto del socorrimos (y vamos camino del lustro) sea un momento irrepetible de nuestras vidas. Pero tambien está el mar. El mar solo. El mar. Sólo.
Capitulación
Acabo de volver de Euskadi, donde he pasado un par de días preparando la temporada de playas que está a la vuelta de la esquina (empezamos el día 7 de junio). El jefe me enseño el nuevo “”juguete” con en el que voy a contar en mi zona, una moto de agua de rescate que llevo dos años pidiendo insistentemente (tengo la sospecha de que me la han concedido por no seguir aguantándome…). Una Bombardier Sea Doo de 130cv y motor de cuatro tiempos con una camilla hawaiana acoplada, perfecta para manejarnos en rompientes y zonas de dificil acceso donde con la zodiac no podíamos operar en cuanto levantaba algo de mar. Lo de juguete lo he entrecomillado, porque es la herramienta de trabajo más util con la que podemos contar en las playas peligrosas, y sé que con ella este año daremos un salto de gigante en el servicio de socorrismo en las playas que tengo el placer de coordinar, Laida y Laga.
Vino a Arriluze Xabi, de la base de salvamento marítimo de Donosti (Cruz Roja del Mar) y nos dió a Asier y a mí unas lecciones magistrales sobre las técnicas de salvamento con moto de agua. Dos días intensos en los que llegamos a recoger a socorrista y victima en ¡8 segundos!. Hay mucho trabajo por delante, muchas horas de entrenamiento, pero se ha abierto ante mí un nuevo mundo en lo que se refiere al salvamento acuático.
Ahora toca estudiar (y esto no es un pretexto para continuar el apagón bloguero, pero tambien). Un capítulo de El Principito narraba cómo éste se encontraba con un borracho que decía beber para olvidar, olvidar que bebía. Yo no necesito beber, pero sí olvidar. Asi que estudiaré para olvidar. Para olvidar que hay una persona a la que tengo que olvidar, por salud emocional. Es curioso cómo convertirmos un juego inocente en ficción creible, la ficción creible en realidad peligrosa, y así, jugando con fuego, empezamos a quemarnos. Nos quemamos y nos importa poco, por el placer de ver el fuego tan de cerca, pero llega un momento en que las heridas son ya tan serias que dejarán inevitablemente herida, por mucho que nos retiremos.
Así que me centro, en los estudios y en el trabajo, esos estudios que me han aburrido y dado satisfacciones intelectuales a partes iguales, ese trabajo que es lo más intenso de mi vida y que a su vez me ha llevado a vivir los disgustos más amargos.
Y digo me centro por no decir que me rindo, aunque el olvido premeditado solo puede ser una forma educada de rendirse, guardando las apariencias, pero rendirse, al fin y al cabo. Es muy dificil dar un paso cuando en el fondo sabes que te estás equivocando, que buscas un equilibro que es imposible y por eso caes. Pero, ¿qué hacer? Cada día estoy más convencido de que la vida es solo una huida hacia adelante, a veces corres más, otras menos, pero siempre escapas. Y un servidor, ahora mismo, si se va, es por escapar, para qué engañarnos. Me rindo.
Que nos quiten lo bailao’
Por motivos de divera índole que no vienen al cuento, hoy estoy triste. Antes de preparar el examen de mañana – Periodismo Social- he rescatado algunas fotos de hace años. Entonces eramos unos críos. Ahora, como hemos superado los 20, nos creemos mayores. Ahora, que somos universitarios, terminando la carrera e inmersos en el mundo laboral, nuestros problemas son ahorrar dinero, colocarnos en un buen puesto, pasar a ser miembros aceptables de la sociedad y tener una familia estable liquidando la hipoteca lo antes posible. Ahora, queremos ser adultos. Ahora, antes de atrevernos a querer a una persona hacemos cálculos complicados del futuro.
Estas fotos son del verano del 2004, que lo pasamos entero recorriendo la columna vertebral de América Latina, los Andes, Perú. Entonces, como no teníamos aún 20 años, nos sabíamos niños. Entonces, que aún estabamos con el bachillerato, que eso de trabajar lo veíamos como un mal menor con el que pagarnos aquel verano y no sabíamos muy bien qué ibamos a estudiar, nuestros problemas eran dónde ibamos a dormir la siguiente noche, cómo ibamos a seguir el viaje si los buses no se atrevían a realizar el viaje por la carretera donde aún había senderistas, qué cojones ibamos a comer al día siguiente si ya no nos quedaba dinero y no queríamos robar (terminamos robando). Entonces, no nos preocupaba ser adultos. Entonces, no hacíamos cálculos antes de querer a nadie, porque en una aldea a 4.000 metros de altura y sin teléfonos es absurdo hacer cálculos del futuro. Y es que entonces, nuestro futuro era dónde nos despertaríamos al día siguiente.
Tengo que creerme que ahora somos personas más maduras? ¿Que hemos vivido más? No, me niego. Decía Oscar Wilde que vivir es lo más raro de este mundo, pues la mayor parte de los hombres no hacemos otra cosa que existir. Y tenía razón.
Pero ahora somos adultos, nos comportamos de un modo racional y llevamos vidas normales. En aquel momento no. Antes eramos solo unos críos incoscientes que no tenían ni idea de qué va la vida… Hay que joderse.
Hay un poema, de un tal Antonio (de apellido, Machado) que consta únicamente de un verso.
Esta tarde, al salir de la piscina, camino de la Residencia, recordé que había olvidado comer. Así que entré en el supermercado, y cuando vivía una apasionante lucha interna para ver si me decantaba por el paquete de galletas de chocolate, el litro de horchata o un racimo de uvas (finalmente compré las uvas, más tres peras dulces y acuosas), me ha venido a la mente dicho poema.
Es de los Proverbios y Cantares (Nuevas Canciones). Es el octavo. Dice así:
Hoy es siempre todavía.
Legendario pensamiento. Lo he recordado porque un amigo al que le gusta mucho eso de tocar la guitarra y hacer vibrar el aire con poemas en forma de onda sonora, ha tenido a bien regalarme, a cambio de mi fugaz visita (tras mucho tiempo) una canción que se llama Ahora. Y que, en concierto, un día, fue presentada con estas palabras:
Crecer recordando aquel verso de Machado: Hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde, ahora.
Mi amigo, un genio a la altura del poeta de aquella generación del 98, con el que comparte incluso cierta similitud física -aunque no tiene la frente, de momento y solo de momento, tan despejada como el autor de Nuevas Canciones- no ha podido atinar mejor a la hora de cantarme una canción que se antoja ridículamente actual. No me resisto a copiar aquí la letra, porque quizás merezca la pena.
Ahora que la adolescencia es un septiembre lejano,
humo de cerveza en un portal, un verano inacabado.
Algunos años en la facultad de ciencias,
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba,
un tren dormido en una vía muerta,
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.
Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú,
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul,
los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos,
la luz de una cafetería, los amores conversos.
Ahora que te cansas y las piscinas cierran,
y apura el último baño la luz de las estrellas.
Ahora que regreso a los lugares a donde quise huir
y nadie me espera allí.
Ahora que casi llego a fin de mes,
que amo a una mujer.
Que amo a una mujer.
Ahora que pago las facturas, que me besé en La Habana,
que sueño con Lacandona, que ya no escribo cartas,
que cumplimos más añós que promesas,
que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia,
que llego tarde a los cines y al fin del planeta,
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena.
Ahora que duelen las resacas y cortan como una navaja.
Ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña,
que pido auxilio, besos y comida por teléfono,
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo.
Ahora que tiemblo como un niño abandonado.
Ahora que viejos amigos nos han traicionado.
Ahora es el momento de volver a empezar, que empiece el carnaval,
la orgía en el Palacio de Invierno, de banderas y besos.
Se cayeron mis alas y yo no me rendí,
así que ven aquí,
brindemos que hoy es siempre todavía,
que nunca me gustaron las despedidas.
(Ismael Serrano)
Pues eso. Pasando de aventurarme en terrenos cenagosos, de escribirle a nadie su guión, de bucear en subconscientes vetados, de luchar contra dragones que vomitan fuego, en castillos perdidos de antemano…, me resisto, como dice la canción, a “ser libre… libre para venderme y caer muerto donde mi libertad prefiera”. Yo solo sé, y no es poco, que porque ayer no lo hicimos, porque mañana será tarde, ahora parece un buen momento.
Soy solo un niño ¿Y bien?
Bonito día el de ayer. Por la mañana, muy pronto, imaginando al librero de barba poblada, sonrisa sincera y catálogo interminable que alguna vez hubo de ocupar aquel local de Getafe donde hoy solo queda un rótulo de madera abandonado al tiempo, una bella dama me acusó -saltándose toda presunción de inocencia- de tener demasiada imaginación. En aquel momento le perdóne la vida porque, en el fondo, aquello era un halago y sobre todo porque sospecho que mi vida mañana supondría más rutina (¡más todavía!) y tendría menos color si ella no estuviera. Además la pobre está ya un poco mayor, y estas cosas, a la gente anciana, hay que perdonarselas.
Luego, a última hora de la tarde, en la cafetería de la Facultad, Clara me advirtió que no soy el único que convive con un pingüino y se atreve a relatarlo. Yo no sabía nada de que alguien hubiese escrito ya su historia con el pingüino, pero me entristeció profundamente saber que incluso cuando creemos estar creando, solo rebuscamos en lo pasado.
A la noche me empaché con galletas napolitanas, nuevamente, y estudié planteamientos raros que llaman problemas (del consumidor, de la empresa, etc.) pero que no son más que una sucesión cuasi-infinita de obviedades formalizadas matemáticamente a las que los economistas se empeñan en denominar “materia de estudio”.
Y todo esto, ¿a qué viene? Bueno, son los argumentos que expongo en mi legítima acusación. Porque si soñar con librerías antiguas en un dulce momento mañanero, convivir con pingüinos fanfarrones y comer cantidades ingentes de galletas supone ser un niño, entonces me declaro culpable, con todas sus consecuencias.
Una sobremesa peliaguda
En la Residencia, el lunes tuvimos la oportunidad de escuchar a María Escudero, diputada socialista por Granada. Es psicóloga especialista en intervención social y tiene una larga trayectoria en lo que respecta a la lucha contra la violencia doméstica, como directora provincial del Instituto Andaluz de la Mujer. No he tenido tiempo para documentarme detalladamente de los logros de su gestión, pero he de decir que es una persona decidida y con una vitalidad envidiable.
Después de la charla, unos cuantos pudimos cenar con ella. Siempre he pensado que en un ambiente distendido, las ideas fluyen mejor si van animadas por algo de comida y un poco de vino. Anoche, la experiencia volvió a demostrarlo.
Tratamos muy diversos temas, desde la prostitución a la violencia de género, pasando por las polémicas cuotas en las listas electorales, consejos de administración, etc. Prevaleció, a lo largo de toda la charla, la peligrosa sensación de que problemas tan diversos se trataban como uno solo. Cierto es que tienen el mismo origen histórico -la discriminación hacia la mujer, la sociedad patriarcal- pero han vivido un desarrollo y evolución diferentes, y como tal deben ser analizados de forma diferente. En la pobreza de los países subdesarrollados hay un cúmulo de circunstancias históricas, pero cada lugar ha evolucionado de un modo diferente, y si se quiere atenuar la pobreza no puede uno quedarse en el análisis de los grandes motivos: tiene que avanzar -evidentemente sin olvidar el origen- hacia las consecuencias concretas y ver cómo solucionarlas. Así, a nadie se le ocurre culpar de las recesiones que ha vivido Bolivia al expolio de plata, minerales y capital humano que sufrió en la invasión española, aunque el origen de muchas de sus desgracias puede que esté ahí. Analizamos las balanzas comerciales, la inflación, la estructura productiva. Ello no quiere decir que olvidemos la historia, pero esa no podemos cambiarla. Lo mismo ocurre con los problemas que afectan a la mujer. Si se tratan como uno solo -y por tanto al mismo nivel- casos de discriminación laboral y otros de maltrato y asesinato, dificilmente podrán solucionarse.
Dicen que para erradicar los problemas hay que arrancarlos de raiz, pero cuando hablamos sobre la discriminación de la mujer, se trata de un árbol tan grande que, si no se le cortan primero las ramas una por una, no hay nadie capaz de arrancarlo desde dicha raiz.
Evidentemente, en el maltrato, la prostitución, la discriminación social, está implícito el desprecio que históricamente han sufrido las féminas. Pero si creemos que por ello hay que tratarlo como un único problema, hablamos de extirpar un lastre social, y ello conlleva varias generaciones. El problema es demasiado grave como para esperar varias generaciones de brazos cruzados, con tímidas lecciones de moralidad en las escuelas y campañas de concienciación estériles.
Me hace gracia la inamovible solución de nuestra clase política a los problemas más diversos: ponencias, y después, más leyes. Una ley de violencia de género, está genial, pero… ¿no sería mejor que tambien -y sobre todo-, el Estado se preocupase de hacer cumplir las leyes ya vigentes, en las que se contemplan como delito la agresión, el secuestro, el acoso, la violación, y en definitiva, todas las manifestaciones de la violencia doméstica? A veces me da la impresión – ojalá me equivoque- de que el Estado se demuestra incompetente a la hora de aplicar las leyes que rigen nuestra sociedad, incapaz de mantener un orden básico, y dado que tal incapacidad alcanza dimensiones vergonzosas -no olvidemos que el Estado es una maquina muy grande, que nos cuesta mucho dinero, y que tiene unos deberes que cumplir- tratan de solucionarlo con parches muy coloridos, llamativos, pero poco eficaces. Lo que la policía no puede o sabe solucionar, se arregla con una votación en el Parlamento y anuncios en televisión-
Bueno, pues resulta que uno trata de plantear esto, otorgando al problema la misma gravedad solo que planteando soluciones alternativas -ante el evidente fracaso de las iniciativas hasta ahora llevadas a cabo, con 70 victimas mortales en España en 2007 frente a las 68 del 2006 o las 62 del 2005- y le llaman machista. Le dicen que, inconscientemente, es machista porque se ha criado en una sociedad machista. Que todos los somos; “incluso yo” – apostilla alguna amiga- “porque la sociedad así me ha hecho”-. Me molesta esto especialmente, porque, partiendo de la base de que identificamos el mismo problema y con las mismas dimensiones, si uno es criticado por buscar otras vías, significa que quien critica se cree en posesión de la verdad universal, una especie de iluminación, y esto, a parte de ser ciertamente improbable, resulta cuanto menos bastante vanidoso.
Tambien me acusa una amiga de teorizar mucho; me dice que ella cuando piensa en violencia de género se acuerda de una familiar suya y de la posibilidad de que el hombre que duerme con ella y es padre de sus hijos la mate cualquier día. Me llamarán cínico, pero sintiendolo mucho, creo que la única manera de estructurar soluciones es manteniendo la cabeza fría. Yo vengo de un lugar donde hay familias divididas por un voto, donde han muerto personas por defender unas ideas. Si en vez de plantearme el problema fríamente, viendo su origen y buscandole soluciones, me dejase llevar por el recuerdo de quien para pasear a su perrita tiene que llamar al escolta, del nudo en el estómago de la humillación que supone agacharse para comprobar que los bajos del coche estén limpios, entonces, probablemente, hace tiempo que hubiese comenzado una guerra civil (aunque he de decir que yo no hubiese luchado, porque ninguna de las causas me es propia). Si dejamos que los impulsos se sobrepongan a la razón, hemos perdido la batalla.
En la cena del lunes, tuve inquietante sensación de que tod@s l@s que participaban en aquella discusión -excepto la propia Escudero y alguna compañera – repetían una cantinela sobre la que no habían reflexionado en profundidad. Saben, su intuición -o la experiencia- les dice que estamos ante un problema inmenso y repulsivo, pero no se han planteado las soluciones más allá de jalear y aplaudir a aquellos políticos que se han autonombrado defensores únicos de las víctimas. No fue dificil escuchar, en boca de universitari@s, frases como “pues no, porque eso está muy mal, porque es así” y respecto a medidas polémicas como las cuotas en las listas electorales “pues porque tiene que ser así, y ya está”.
Por favor. Un poco de rigor. Estamos de acuerdo en el problema -si no lo estuvieramos, entonces sí que sería grave-. Ahora solo falta que nos pongamos de acuerdo en la solución. Pero para eso hace falta escucharse, discutir, reflexionar. No hay tiempo, evidentemente, para debates eternos. Pero tampoco para soluciones que, más que soluciones, son cuentos.
P.D: Sobre las cuotas, la prostitución… Hablamos otro día.
Fechorías compartidas
Hoy no tengo mucho tiempo; estoy redactando una larga entrada sobre la cena que compartimos anoche con lal diputada Escudero. Fue una velada amena, pero tambien polémica. Como no está terminada y las prisas no son buenas (aunque no esté totalmente de acuerdo con esta afirmación) lo dejamos para mañana.
PROLEGÓMENOS:
Día aburrido, estudio sin sobresaltos. Lluvia intermitente. Comedor vacío, una araña que agonizaba en el suelo, patas arriba, mientras desayunabamos por segunda vez. Me acerco y resultaba ser una cucaracha, desesperada, fea.
Al mediodía, empacho de galletas napolitanas. Vuelve a chispear. Gema, compañera del Despacho de Cultura, me regaña por dudar -en un mail- de la capacidad intelectual de la clase política actual.
Por otro lado, en plena negociación decidimos que, como eramos buenas personas y nunca habíamos tomado rehenes, finalmente intercambiariamos fotografías. Así se hizo en un punto indeterminado del cinturón sur de Madrid. Sin cámaras ni taquigrafos.
LA HISTORIA:
EPÍLOGO:
Toda la culpa -y por ello no cabe eximirle de responsabilidad alguna- de este descubrimiento lírico es del no-amigo CaparZo, cómplice de algunas fechorías y salvaguarda de obsesiones ridículas. Así que los créditos “morales” del post son suyos. Los inmorales tambien, pero un poco menos.
Arrivederci.
Por si acaso el colibrí se ahoga en el torrente, y como no me llega para que el notario firme lo que yo le escribo, quede aquí el testimonio antes de entregarnos a la rutina estudiantil que el horario nos impone:
Es un regalo, aunque no vaya envuelto.
Últimamente me he visto invadido por la compleja disyuntiva que supone elegir entre horas de estudio o pasitos de vida. Todo ello, amenizado por rolas de Enanito Verdes, un grupo de rock nacido en Mendoza (Argentina) en 1979 y que aún sigue al pie del cañón. Redescubierto a última hora, por casualidades (o mejor dicho, amistades). He aquí una de mis favoritas (no quisiera despreciar Lamento Boliviano, Tu carcel, Aún sigo cantando, Rebeca, Guitarras Blancas, Amores Lejanos... pero ésta es la mía, aquí y ahora.). Se llama Dame otra oportunidad, y al amigo Marciano Cantero se le nota que realmente está pidiendo otra oportunidad. Y es que todos alguna vez tuvimos que pedir una oportunidad.
Al margen de este arrebato melómano (qué le voy a hacer si me gusta compartir los descubrimientos), unos apuntes cuando enero comienza a despuntar:
- Me gusta el sol acariciendo suavemente la cara en los mediodías claros del invierno.
- Me gusta la sensación de levantarse un poquito (solo un poquito) cansado, vaguear unos minutos entre sábanas y darle los buenos días a una nueva jornada con una ducha refrescante y buen desayuno.
- Me gusta cenar la mejor lasagna del mundo -preparada por la cocinera más dulce- en un piso escondido de Fuenlabrada, dar cuenta de un vino peleón y una botellita de cava en una mesa preparada para pocos y confirmar que con ciertos amigos de ejercicio (los de vocación no los analizamos) el tiempo no pasa, y si lo hace, es para bien.
- Me gusta rebelarme y dejar el árbol de navidad de la Residencia unos cuantos días más, a pesar de que el espíritu navideño brille en mí por su ausencia. Y es que es ridículo, porque lo que la gente considera “espíritu navideño” es lo que yo trato de aplicar siempre (“¿Navidad? Para mí siempre es Navidad”)
- No me gusta la cobardía, pero forma parte de mí.
- No me gustan las convenciones sociales que la historia ha convertido en leyes naturales (algún día lo explico).
- Entusiasmado por algunas rolas (véase comienzo del post) y renegado de ciertas personas.
Ahora mismo, salvando el pequeño margen de movimiento impuesto por el autoritario calendario de examenes, siento curiosidad por la vida. Y esa es la mayor fortuna del desheredado. Porque todos alguna vez tenemos que pedir una oportunidad…











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