Archivos para la Categoría 'Universidad'

25
May
08

Capitulación

Vista de la banda de estribor de la Sea Doo GTi 2008Acabo de volver de Euskadi, donde he pasado un par de días preparando la temporada de playas que está a la vuelta de la esquina (empezamos el día 7 de junio). El jefe me enseño el nuevo “”juguete” con en el que voy a contar en mi zona, una moto de agua de rescate que llevo dos años pidiendo insistentemente (tengo la sospecha de que me la han concedido por no seguir aguantándome…). Una Bombardier Sea Doo de 130cv y motor de cuatro tiempos con una camilla hawaiana acoplada, perfecta para manejarnos en rompientes y zonas de dificil acceso donde con la zodiac no podíamos operar en cuanto levantaba algo de mar. Lo de juguete lo he entrecomillado, porque es la herramienta de trabajo más util con la que podemos contar en las playas peligrosas, y sé que con ella este año daremos un salto de gigante en el servicio de socorrismo en las playas que tengo el placer de coordinar, Laida y Laga.

Vino a Arriluze Xabi, de la base de salvamento marítimo de Donosti (Cruz Roja del Mar) y nos dió a Asier y a mí unas lecciones magistrales sobre las técnicas de salvamento con moto de agua. Dos días intensos en los que llegamos a recoger a socorrista y victima en ¡8 segundos!. Hay mucho trabajo por delante, muchas horas de entrenamiento, pero se ha abierto ante mí un nuevo mundo en lo que se refiere al salvamento acuático.

Ahora toca estudiar (y esto no es un pretexto para continuar el apagón bloguero, pero tambien). Un capítulo de El Principito narraba cómo éste se encontraba con un borracho que decía beber para olvidar, olvidar que bebía. Yo no necesito beber, pero sí olvidar. Asi que estudiaré para olvidar. Para olvidar que hay una persona a la que tengo que olvidar, por salud emocional. Es curioso cómo convertirmos un juego inocente en ficción creible, la ficción creible en realidad peligrosa, y así, jugando con fuego, empezamos a quemarnos. Nos quemamos y nos importa poco, por el placer de ver el fuego tan de cerca, pero llega un momento en que las heridas son ya tan serias que dejarán inevitablemente herida, por mucho que nos retiremos.

Así que me centro, en los estudios y en el trabajo, esos estudios que me han aburrido y dado satisfacciones intelectuales a partes iguales, ese trabajo que es lo más intenso de mi vida y que a su vez me ha llevado a vivir los disgustos más amargos.

Atardecer en Leganés

Y digo me centro por no decir que me rindo, aunque el olvido premeditado solo puede ser una forma educada de rendirse, guardando las apariencias, pero rendirse, al fin y al cabo. Es muy dificil dar un paso cuando en el fondo sabes que te estás equivocando, que buscas un equilibro que es imposible y por eso caes. Pero, ¿qué hacer? Cada día estoy más convencido de que la vida es solo una huida hacia adelante, a veces corres más, otras menos, pero siempre escapas. Y un servidor, ahora mismo, si se va, es por escapar, para qué engañarnos. Me rindo.

20
May
08

Pijadas matutinas

Curioso, cuanto menos. Iba hoy caminando solo por la Universidad (sí… que voy a hacer si me abandonan por una clase cualquiera), al encuentro de mi compadre Sergi y su venerable esposa (casi) cuando dos niñas de primer o segundo curso, potenciales estudiantes de LADE/Derecho, se han quedado mirandome , aparéntemente atónitas.

Por un instante pensé:

- Vaya, al fin alguna mujer que valora las horas de piscina.

Pero en unas milésimas de segundo, replanteé la cuestión desde la base:

Espantapajaros del CM-RE Fernando Abril Martorell disfrazados.- No, tampoco soy tan guapo (en realidad pensé: “soy un poquito feo como para desatar tanta admiración”, pero claro, como soy de los que no se consuelan con la dicha de que los feos somos más, tiendo a omitir las apreciaciones estéticas sobre mi persona).

Así que ajusté la mirada miópe y enseguida resolví el problema. Las estudiantes observaban, con estupor, mis preciosos pies desnudos, caminando alegres sobre unas chancletas azules y blancas que compré en el colmado allí cuando escribía, leía y reía en Sao Miguel do Gostoso, Rio Grande de Norte, Brasil.

No entienden que alguien, a 25 grados, casi en junio, pueda caminar por la calle en chancletas. Ellas, abanderadas del maquillaje matutino, reinas del glamour universitario. Espantapájaros disfrazados.

23
Abr
08

Aprovechando el descuido

Ahora que se acaba de marchar, que el café despierta los sentidos y con la prisa oportuna por si decidiera regresar, declaro:

El silencio no es ni mejor ni peor que el ruido, ni tan siquiera resulta más facil. La inercia tiende a empujarnos hacia torrentes de palabras, conversaciones vacías, excusas no pretendidas y pretextos que más tarde, revisados en la distancia, resultan inevitablemente ridículos. Si me he callado, si sigo callado, si no vuelvo a hablar, es porque he llegado a la conclusión -triste quizás, abrumadora sin duda- de que no tengo nada que decir.

Estos últimos meses han sido meses extraños. Hubo un día fatal, indeterminado, a lo largo del otoño en que se cruzó esa piedra que nos hace humanos: la piedra sobre la que uno tropieza una y otra vez.

La vida desde que abandoné el norte hace ya unos cuantos años, viniendo a Madrid en busca de no-sé-qué, parece estar siendo un viaje contínuo. De la capital a la costa, de la costa a la capital, sin una meta concreta y dejandome llevar por los caprichos de un calendario que no se ajusta, desde luego, al calendario que mi cuerpo lleva de serie. Uno se plantea los años de estudio como algo temporal. El después queda muy lejos. Al fin y al cabo, siempre queda el hogar, se dice. Pero pasan los años, las asignatura van siendo incorporadas -con mayor o menor gloria- al expediente académico, y entonces viene el “y ahora qué”.

Pues resulta que estaba yo empezando a intuir esos conflictos existenciales, cuando me pilló el final de verano. Dije hasta luego al trabajo, la familia, los amigos. Dije hasta luego a la sonrisa, la complicidad femenina y la paciencia de quien supo aguantarme amaneciendo, trabajando y anocheciendo, quien exprimió al verano los mejores momentos y me los regaló, sin pedir nada a cambio. Unos días disfrutando de las noches veraniegas de principios de octubre de Madrid, un abrazo en el intercambiador de Avenida América y hasta luego. Siempre digo hasta luego, que solo es una manera educada de decir adiós.

Entre cervezas, patatas bravas, noches de jolgorio, resacas académicas y alguna que otra pequeña locura, el curso avanzó. Los amigos, cada vez más amigos. La educación, cada vez menos educativa. El amor, cada vez menos amable.

Hasta un encuentro mañanero en un pasillo, hasta una asignatura elegida en mal momento. Ahí de repente todo se va al garete. La estabilidad del no pensar más a largo plazo que este fin de semana, de las confidencias poco rigurosas con los amigotes. Y es que, así sin pretenderlo ni desearlo, me enamoré. Entiendase, mi estado natural es el enamoramiento. Diariamente confieso mi devoción por alguna musa. No tengo miedo a enamorarme ni lo evito, más bien lo busco. El problema es que, jugando a enamorarme, terminé enamorandome a diario.

Y enamorarse todos los días es algo precioso, pero yo me enamoré -sospecho que sigo haciendolo- mañana tras mañana de la misma mujer.

Así que un buen -mal día- digo “vamos a hacer balance” y miro hacia atrás. Ves que la costa ya quedó lejos y que el mar en el que temerariamente te has adentrado no es navegable. Hay tormenta, corrientes confusas, calmas ecuatoriales, vientos alíseos, olas, pero ya no se puede volver hacia atrás. He soltado amarras, para bien o para mal. Y me entra el miedo, pero ¿qué hacer?

Así que en esas andamos, navegando sin rumbo. Ya he abandonado el sueño de alcanzar la otra orilla, pero quien sabe, lo mismo en medio de la tormenta aparece alguna islilla y permite clemencia por un tiempo, hasta hacer acopio de víveres y poder seguir huyendo, siempre huyendo, siempre hacia adelante, cada vez más lejos, cada vez más perdido, cada vez más solo, más hueco, más confuso, más, más, más, más… hasta que al final ya no queda nada, porque la inercia te lleva a olvidar que estas luchando, y por descuido, te rindes.

Y entonces, cuando el tiempo haya terminado de ganarnos esta batalla que le estamos permitiendo conquistar a pesar de poder pararla facilmente, (¿por qué coño le estamos regalando minutos preciosos, voluntades ocultas?) seremos solo una ilusión pasada, un recuerdo vago y dulce, una melancolía que se cura con lágrimas o chocolate o mar, seremos solo el sueño de una noche de verano.

Y si me estoy equivocando y siempre fue un sueño, entonces, permiteme decirte: yo no quiero despertar.

19
Abr
08

Itxaropena

(Astiro-astiro bueltako bidean… itxaropena galdu barik)

17
Feb
08

“Todo se derrumba y es tan facil…

… todos mis castillos son de arena, todo lo que sueño es tan fragil, todo lo que bebo es tu ausencia”

Se terminaron los examenes. A pesar de que en los últimos cinco días he tenido que enfrentarme a cuatro examenes, y que mi cuerpo pide a gritos un descanso que en cuanto termine estas palabras voy sin duda a concederle, lo cierto es que ahora mismo me siento algo huerfano y perdido. Siempre he sostenido que los exámenes, viviendo en un Colegio Mayor, son una época bonita. Porque se conviven más horas, porque se arriman más los hombros y llega un momento en que los aprobados y suspensos son compartidos, y uno espera las notas de los amigos con una ansiedad similar a la que espera la sentencia propia. Si un amigo regresa de la Universidad con cara de derrota y diciendo que ha hecho un examen pésimo, el fracaso es, hasta cierto punto, compartible y compartido por todos. Son ya casi legendarias las noches en vela sentados en las incómodas sillas del comedor, los descansos que -no exagero- superan en horas al tiempo dedicado al estudio. Son muchas horas de cafés, de charlas intrascendentes, o charlas profundas y sinceras. Son horas en las que un amigo, cuando le confiesas ese secreto que guardabas como tesoro único, te dice:

- Pues la verdad, yo tambien tengo que contarte algo…

Académicamente, el toro de los suspensos ha empitonado a la mayoría y los ánimos del grupo vuelan a ras del suelo, y sin embargo, llegando marzo, estamos mucho más unidos que antes de irnos a nuestras casas en Navidades. Quizás yo lo vea así porque finalmente conseguí evitar el arrebato academicida de muchos profesores incapaces de comprender el espíritu juvenil y creativo del que somos depositarios más allá de las puertas de la Facultad, pero lo cierto es que el balance no puede ser negativo, porque juntos hemos llorado sin lágrimas y hemos reido a mandíbula batiente, y somos, posiblemente, más nosotros y menos yo.

Hay quien dice que la amistad y el amor nos vuelven más débiles, y probablemente tenga razón, pero tambien nos hacen más felices, y si ese es el precio a pagar, un servidor está más que dispuesto a asumirlo.

Y todo esto lo digo aunque en realidad, estos examenes han sido lo más diferente posible a una típica época de examenes. Por diferentes motivos -en realidad, para qué engañarnos, por un único motivo con nombres y apellidos- he pasado bastantes menos horas entre estas paredes y cuando lo he hecho ha sido sin que la concentración se atreviera a invadir mi masa cerebral. Hay momentos de la vida en que unos minutos compartidos so pretexto de un café se convierten, paradójicamente, en una lucha contra el mismo tiempo, y aún siendo plenamente consciente de que la derrota es el único destino posible, seguimos jugando peligrosamente, hacia adelante. Al final, voy a terminar creyendome aquello de que lo importante no es la meta sino el camino. Y lo cierto es que el camino, diga lo que diga la razón, el sentido común, las convenciones sociales, y todos los pretextos que el entorno nos sirve en bandeja para excursanos, ha sido muy bonito. Y espero que siga siendolo, más bonito, cada día, con cada café, y cada bola de migas de pan que se estrelle contra terceras personas inocentes, y con cada minuto robado al día o a la noche.

Es curioso, porque de repente uno descubre, como suele comentar el colega Fito – que en Mugica vive cerca de las vías- que la alegría y la tristeza viajan en el mismo tren. Desmenuzaría aquí cada miedo y cada ilusión, pero en el punto de inflexión en el que me encuentro, uno de los cambios propuestos es no traspasar en este blog, sentimentalmente hablando, los límites de intangible. Antes, revisando las estadísticas, he visto por sorpresa que en pocos días, y tras año y medio de vida, la página está a punto de alcanzar 50.000 visitas. Y tantas visitas que entran sin llamar son demasiadas para desgranar cualquier cosa que, aparte de a un servidor, afecten a otra persona. Así que me llevo la incomprensión, el amor, la rabia, la esperanza y los buenos recuerdos como parte del equipaje para mi próximo viaje, no vaya a ser que algún desaprensivo me los robe antes de que regrese.

Porque me voy. Mañana a estas horas estaré en el aeropuerto, esperando para subirme a un avión que me llevará a Bucarest, esa ciudad que Ceaucescu destrozó y reconstruyó como si de su jardín particular se tratara. Rumanía, hogar y patria abandonada de muchos de nuestros vecinos. Nos vamos una docena larga -muy larga- de amig@s de clase, mochila al hombro y kilómetros de vía por delante. El plan de viaje es patearnos Rumanía, para de allí plantarnos en un salto en Budapest, y en otro salto, atravesando Hungría, llegar hasta Viena. Desde Viena mis compañeros se vuelven a casa, pero un servidor va a alargar unos pocos días el periplo para llegar hasta Berlin, donde se ha exiliado voluntariamente a través de ese invento burocrático denominado “beca Erasmus” un buen amigo, el que fuera mi compañero de aventuras y desventuras en los años anteriores que pasé en el Colegio Mayor: Felix Coloma, un rubio que tiene la boca casi tan grande como el corazón. Y esto lo digo en sentido metafórico, pero solo un poquito.

Hace tiempo escribí en estas páginas:

Yo seguiré defendiendo nuestro derecho a dormirnos al sol en cualquier playa a la que el mar pueda llevarnos, en cualquier lugar donde podamos seguir inventando historias de naufragos de arena sin más pasaporte que nuestros miedos e ilusiones.

Miedo, en esta vida, solo tengo a dos cosas, y una de ellas es la muerte -cuando ésta llegue, me temo, no tendré mucho tiempo para asustarme-. Ilusiones, sin embargo, tengo a toneladas, como para compartirlas a granel. Por lo que creo que, estas semanas que viene por delante, cruzaré muchas fronteras, y no todas ellas dibujadas en un mapa.

En un plano más material, he tenido que enfrentarme a la dificil realidad de configurar la mochila que será mi única y fiel compañera desde el primer hasta el último día. Es la misma mochila verde de Panama Jack que tengo desde el día que nos reunimos en Indautxu los vizcainos que ibamos a participar en Ruta Quetzal, hace ya cinco años. Aquel día el padre de Laura nos repartió unas mochilas que, al menos en mi caso, no debían ser muy conscientes del camino que les quedaba por hacer. Con el monigote de Panama Jack a la altura del culo y el escudo del Athletic cosido en la seta, este saco de 60 litros ha recorrido lugares tan diferentes como Escocia, República Dominicana, Bosnia, Brasil, Polonia, Alemania, Grecia, Perú, Italia, Irlanda, Puerto Rico… Y los que le quedan. Hace tiempo que, con la complicidad de mi madre, reforzamos las costuras con silicona y zurzimos los pequeños agujeros. Desde entonces, ese zurrón repleto de cremalleras, bolsillos y enganches se ha convertido en visitante privilegiado de algunos de los más increibles rincones del planeta. Ha descansado en el Hotel Balmoral de Edimburgo, en casas okupas, en playas caribeñas, en trenes de tercera y en autobuses que se parecían más a naves espaciales que a vehículos con ruedas. Esta mochila, en definitiva, ha seguido una vida paralela a la mía. Ha aceptado con la misma facilidad las cinco estrellas de un hotel y las infinitas estrellas de dormir al aire libre. Y sigue haciendolo.

Nuestra madre, seguramente, no era muy consciente de las implicaciones que tenía convertir la mochila en un saco irrompible cuando decidió ayudarme a hacerlo.

Y hoy vuelvo a rellenarla, en ese ritual mágico. La composición de la mochila será aproximadamente la que sigue:

- Equipo fotográfico: 55% de la mochila.

- Saco de dormir: 15%

- Útiles de higiene: 5 %

Con lo que queda un 25% de la mochila para ropa y otras cosas secundarias. Un colega de viajes me dijo en cierta ocasión que si llevas los calzoncillos limpios y los calcetines secos, entonces es que estás limpio, y todo lo demás da igual. Como ese amigo es un gran viajero, en Perú me salvó de varios líos y en la selva me demostró su sabiduria, qué otra opción tengo que hacerle caso. Como calzado, el que lleve puesto. Pantalones, lo mismo. Anoche me inquirían: ¿y si se te rompen los pantalones? Bueno, en ese caso, entro al primer supermercado y me compro otros. Así de facil. Camisetas las justitas y ropa de abrigo -que en Bucarest para mañana se preven máximas de 1º grado y mínimas de -4º) de montaña, que ocupa poco y calienta mucho.

He decidido prescindir, para este viaje, de utensilios secundarios como maquinilla de afeitar o reloj, con lo que viajaré previsiblemente más ligero.

Llevo, como equipaje obligado, un cuaderno y varios boligrafos -lleve los que lleve, nunca sobrevive más de un boligrafo, nunca- y un par de libros para cuando me quede solo y necesite compañía en las horas de tren. Los elegidos han sido Paz y Guerra, de Lev Tolstoi, y Rayuela, de Julio Cortazar.

Así que me despido, si es que no lo hice ya de alguna de las personas de quien debía hacerlo, con la siguiente recomendación. Es una lista de rolas imprescindibles (no me hago responsable de si alguna gran canción va acompañada de un pésimo video):

- Someday (The Strokes)
- Corazón oxidado (Fito&Fitipaldis) (es la versión en vivo del concierto de la Aste Nagusia 2004, INOLVIDABLE).
- Copa rota (Los Rodriguez)
- New Shoes (Paolo Nutini)
- My stupid mouth (John Mayer)
- Landing in London (3 doors down)
- He can only hold her (Amy Winehouse)
- Riot Van (Arctic Monkeys)
- Bigger than me (Rob Clydesdale)
- Urepel (Gatibu)
- Wish I (Jem)
- Wishful thinking ( The Ditty Bops)
- If I had eyes (Jack Johnson)
- Bueltatzen (Berri Txarrak)
- Plan A (The Dandy Warhols)
- Revolución (Amaral)
- Caminito del almendro (Los Delinquentes)
- Por mi tripa (Pereza)
- Fidelity (Regina Spektor)
- Somebody told me (The Killers)
- I wan to hold your hand (The Beatles)
- Surfin’ USA (Beach Boys)
- Blowin’ in the wind (Bob Dylan)
- Turnedo (Ivan Ferreiro)
- Tu carcel (Enanitos Verdes)
- Take me out (Franz Ferdinand)
- Honk Kong (Gorillaz)
- Contigo (Joaquin Sabina)
- The Sea (Morcheeba)
- Everybody knows (Ryan Adams)
- Concrete bed (Nada Surf)
- X- ray (The Maccabees)
Si escuchais un par de estas joyas cada día, para cuando termineis -y mucho antes- ya estaré de vuelta. Porque aunque ésta vaya a ser una experiencia única, y vayamos a descubrir buenos tesoros (en todas partes los hay), lo mejor se queda aquí.
Hasta pronto.
03
Feb
08

Días de invierno

Hoy todo está gris y mojado. Mientras tomabamos el café en los sofás del comedor, les he dicho a Apolo y Marquitos:

- Ey, hay una canción que dice…

Gravity is working against me
and gravity wants to bring me down…
Oh I’ll never know what makes this man
With all the love that his heart can stand
Dream of ways to throw it all away

Como no querían seguir escuchando, me he fijado en el jardín, a través de la cristalera. Se veían gotitas de agua resistiendose a caer cristal abajo, charcos en el cesped, ahora mismo veo dos viandantes parapetados bajo sus paraguas negros.

Y me recuerda un poquito a los días de invierno en Euskadi, cuando aita traía bollos de Ayarza y nos tapabamos con las mantas para no hacer nada en toda la tarde… O cuando ama, armandose de todo valor, nos llevaba a mi hermano y a mí (por aquel entonces, imberbes sin carnet de conducir) a Laga para que pillasemos unas olas, y terminaba la mañana con un chocolate con tostadas en el bar de Merche… Aquellos días que tenían como espectador omnipresente a la lluvia, sin que nos importase demasiado.

Hoy llueve en Leganés, y aunque no vea descampados, ovejas y bosque desde la ventana, me siento un poco más cerca de casa, del norte, de esa muralla de bosque y roca que choca contra el mar. No son unas fronteras: son unos colores, unos recuerdos, unas sensaciones. Puedo ir a Ortigueira, a Llanes, y quedarme allí para siempre, porque los días de invierno -y de verano- serían los mismos. Pero, ¿Leganés? ¿Madrid? Serán siempre lugares de paso…

Ayer, de cualquier modo, el día fue más claro. Al anochecer, desde esta ventana se veía, sin artificio posible, el siguiente espectaculo:

Y es que tal y como dice mi colega Bill, “There’s Treasure everywhere“. Solo hay que mirar bien-

30
Ene
08

Poesía en el supermercado (AHORA)

Hay un poema, de un tal Antonio (de apellido, Machado) que consta únicamente de un verso.

Esta tarde, al salir de la piscina, camino de la Residencia, recordé que había olvidado comer. Así que entré en el supermercado, y cuando vivía una apasionante lucha interna para ver si me decantaba por el paquete de galletas de chocolate, el litro de horchata o un racimo de uvas (finalmente compré las uvas, más tres peras dulces y acuosas), me ha venido a la mente dicho poema.

Es de los Proverbios y Cantares (Nuevas Canciones). Es el octavo. Dice así:

Hoy es siempre todavía.

Legendario pensamiento. Lo he recordado porque un amigo al que le gusta mucho eso de tocar la guitarra y hacer vibrar el aire con poemas en forma de onda sonora, ha tenido a bien regalarme, a cambio de mi fugaz visita (tras mucho tiempo) una canción que se llama Ahora. Y que, en concierto, un día, fue presentada con estas palabras:

Crecer recordando aquel verso de Machado: Hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde, ahora.

Mi amigo, un genio a la altura del poeta de aquella generación del 98, con el que comparte incluso cierta similitud física -aunque no tiene la frente, de momento y solo de momento, tan despejada como el autor de Nuevas Canciones- no ha podido atinar mejor a la hora de cantarme una canción que se antoja ridículamente actual. No me resisto a copiar aquí la letra, porque quizás merezca la pena.

Ahora que la adolescencia es un septiembre lejano,
humo de cerveza en un portal, un verano inacabado.
Algunos años en la facultad de ciencias,
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba,
un tren dormido en una vía muerta,
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.

Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú,
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul,
los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos,
la luz de una cafetería, los amores conversos.

Ahora que te cansas y las piscinas cierran,
y apura el último baño la luz de las estrellas.
Ahora que regreso a los lugares a donde quise huir
y nadie me espera allí.
Ahora que casi llego a fin de mes,
que amo a una mujer.

Que amo a una mujer.

Ahora que pago las facturas, que me besé en La Habana,
que sueño con Lacandona, que ya no escribo cartas,
que cumplimos más añós que promesas,
que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia,
que llego tarde a los cines y al fin del planeta,
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena.

Ahora que duelen las resacas y cortan como una navaja.
Ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña,
que pido auxilio, besos y comida por teléfono,
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo.
Ahora que tiemblo como un niño abandonado.
Ahora que viejos amigos nos han traicionado.

Ahora es el momento de volver a empezar, que empiece el carnaval,
la orgía en el Palacio de Invierno, de banderas y besos.
Se cayeron mis alas y yo no me rendí,
así que ven aquí,
brindemos que hoy es siempre todavía,
que nunca me gustaron las despedidas.

(Ismael Serrano)

Pues eso. Pasando de aventurarme en terrenos cenagosos, de escribirle a nadie su guión, de bucear en subconscientes vetados, de luchar contra dragones que vomitan fuego, en castillos perdidos de antemano…, me resisto, como dice la canción, a “ser libre… libre para venderme y caer muerto donde mi libertad prefiera”. Yo solo sé, y no es poco, que porque ayer no lo hicimos, porque mañana será tarde, ahora parece un buen momento.

28
Ene
08

Aquel rincón

Bueno, aquí estoy: el inevitable exilio se consumó, y esta habitación 213 vuelve a sentirse un poco huerfana. Ya nadie acaricia los cojines, ni dobla cuidadosamente la manta de colores que yo descuidadamente había tirado al sofá. Imposible, por más que busque y rebusque en los pocos rincones de este habitáculo, encontrar dos ojos que remolonean y se cierran, entregandose al sueño vago. No queda nada, más que hueco y silencio.

Flor en un balcón de MadridAsí que, después de unos ejercicios de microeconomía, y antes del paseito a la piscina, llegó el momento de contar una historia. ¿Alguien, siquiera aquella anciana a la que afortunadamente perdoné la vida, recuerda el librero de barba poblada, el rótulo abandonado, la librería misteriosa?

La semana pasada, volviendo una noche por aquellas calles de Getafe, paré a observarla. Dice el rótulo, madera reseca, mal sujeta por clavos que indudablemente sucumbirán mas pronto que tarde:

LIBRERÍA SILVERIO LANZA

Las estrechas ventanas de la librería miran a las tapias de lo que antes era el Cuartel de Artillería y hoy es nuestra universidad. Tengo entendido que en la parte más cercana a la librería, donde ahora se levanta la biblioteca y se ubican las pistas de tenis, era donde estaban las pocilgas. Todo eso da igual, porque hoy solo queda una entrada trasera a la universidad, una callejuela llena de coches mal aparcados y donde a duras penas pasan los autobuses verdes de la EMT.

En aquel rincón se constituyó un templo de la sabiduría, y ninguno de los alumnos que pasan a toda prisa camino de la copistería parece saberlo. He tratado de buscar algo más sobre aquel lugar, con las lógicas limitaciones impuestas por las exigencias académicas, y apenas un nombre, alguna referencia. El librero se llamaba (¿se llama?) Emilio García Gómez -como el arabista- y en aquel bajo de un edificio simple y vetusto dió alas a un movimiento cultural que, posiblemente, no tenga equiparables hoy en la zona, aunque varios miles de estudiantes nos enclaustremos diariamente a su vera.

Cuando pasen los examenes, cuando regrese de Rumanía, intentaré contactar con alguna de las personas que desde allí se sumergió en el revuelto y cálido mundo de la literatura. Intentaré conseguir la llave de aquel lugar, echar un vistazo.

De momento, me voy a la piscina. A ver si ahogo la morriña.

25
Ene
08

Política de sobremesa

Hace tres horas era un ignorante; ahora, pasada la una de la madrugada, me atrevo a encender el ordenador porque sé que soy un hombre más sabio.

Sé lo que es un intervalo de confianza, un contraste de hipótesis. Y ello me da otra visión del mundo, con matices más sublimes, más completa.

Como las horas y horas de discusión de sobremesa que comenzaron a despuntar anoche y que hoy, entre ensalada -tomate, queso fresco y albahaca- y entrecott, han confirmado que nos encontramos en exames. No sé por qué, pero las discusiones más entretenidas y apasionadas nacen en estas fechas. Todo ha empezado con una tranquila charla con Diego, compañero del Despacho de Cultura, reprochandole que quiera traernos a la Residencia a ciertos personajillos oscuros del panorama política nacional. Hemos terminado con quince personas atendiendo a una lucha de titanes (Diego, Tomás, Vellisca y un servidor, con Miki como invitado estrella) sobre la universidad y el equipo rectoral, entre otras muchas muchísimas cosas. Si no hemos discutido sobre el color del cielo no ha sido porque nos resultase obvia la solución; con algo más de tiempo, hubiesemos llegado a pelearnos por lo azul del mismo (personalmente opino que, si alguien en Madrid se atreve a calificar el cielo de azul, es porue no conoce el mar cantábrico el día después de una tormenta de verano).

Hablar, rebatir, gritar, y de vez en cuando, lanzar algún trozo de pan. (Escuchar alguna burrada tambien, pero esas las ahorro, no son necesarias profanaciones de tal índole en este templo).

Me encanta la época de examenes. Y a efectos prácticos, ha comenzado hoy.

P.D.: Feliz, a pesar de que nadie sabía quien fue Kropotkin…

23
Ene
08

Confundido

Así va la vida, entre apuntes y mensajes, piscina y cafes,  correos y canciones, charlas y clases:

 

Optimista, porque esta tarde encontré un disco de Tracy Chapman (Crossroads, 1989) que daba por perdido. Pesimista, porque un tío cultivado como Caparso no la conocía.

Optimista, porque  acabo de llegar de la piscina y vuelvo a recuperarle el gusto al líquido elemento. Pesimista, porque mi corazón late al ritmo que le da la gana: acelera de 50 a 120 en segundos, pero luego no hay quien lo haga frenar. Como dijo el maestro (aunque con diferente sentido…) ¿Podrido de latir?

Optimista, porque empiezo a entender las asignaturas. Pesimista, porque no termino de entenderlas.

Optimista, porque me ofrecieron mentir y decidí no hacerlo. Pesimista, porque la honestidad sale cara.

Optimista, porque hay mucho camino por recorrer. Pesimista, porque sigue siendo un camino lleno de fronteras, pasaportes y visados.

Optimista, porque esta mañana, al despertarme, la luna llena estaba dando golpecitos al cristal de mi ventana. Pesimista, porque me hubiese gustado que una mujer pudiese ver aquello desde el mismo colchón, y ella estaba a kilómetros.




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